Martes, Mayo 22 2018

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Sobre Verbos, por Lisandro Penagos

"El periodismo es libre o es una farsa." Jorge Rodolfo Walsh, periodista argentino. (Desaparecido desde el 25 de marzode 1977)    (Es el autor de Operación Masacre, la primera obra periodística que en 1957 acudió a la literatura para relatar un hecho real. Se adelantó una década a Truman Capote, que en 1967 escribió  A …

Sobre Verbos, por Lisandro Penagos

"El periodismo es libre o es una farsa."

Jorge Rodolfo Walsh, periodista argentino.

(Desaparecido desde el 25 de marzode 1977

 

(Es el autor de Operación Masacre, la primera obra periodística que en 1957 acudió a la literatura para relatar un hecho real. Se adelantó una década a Truman Capote, que en 1967 escribió  A sangre fría, el libro a menudo citado como iniciador de un género que tiene tantos nombres como ventajas. Los viejos le decían: Nuevo Periodismo. Los nuevos le dicen: Periodismo Literario. Yo le digo: Periodismo Narrativo).

 

AUTORREGULACIÓN PERIODÍSTICA: RESPONSABILIDAD, PERO NO AUTOCENSURA.

No nos llamemos a engaños, entre los principios que definen una democracia, aunque aparece y se pregona la libertad de expresión, o de prensa, o de información, ésta no existe sino en teoría y de manera muy parcial y restringida en la práctica. El poder, que se disfraza de mil formas, acecha en todo momento. La tiranía se agazapa en la censura que ahora tiene máscaras sutiles y mecanismos para alinear con fuertes mordazas, que -debe decirse- solo en casos excepcionales, recurre a la violencia física para acallar del todo.Cada vez amenazan y matan menos periodistas, dicen los gobiernos, es cierto. Es que cada vez hay menos, dice Alfredo Molano, con su mirada infinitamente triste. Y añade, que por cuenta del temor, a la larga la literatura ha ganado lo que ha perdido el periodismo. Con mucha cautela, los periodistas hemos aprendido a escribir con metáforas y alegorías en las revistas y con mucha retórica y simples alusiones en los periódicos, a opinar con recato y anonimato en la radio, y a mostrar con moderación y sutileza en la televisión, para no ir en detrimento de la pauta cuando menos y de tantos poderes, legales e ilegales, cuando más. Sabemos que hay límites, que hay cosas que no se pueden remover porque con la sacudida caen, cuando menos actos de corrupción, y cuando más, cadáveres de muchas personas, casi todas valientes que se atrevieron a decir algo. Hay que auto-regularse, cuando menos, y acaso ¿auto-censurarse, cuando más? La autorregulación es necesaria porque la regulación es imposible. ¿Deben los periodistas publicar todo lo que saben? ¿Y qué saben?

Pero ahí están los medios, esos negocios privados con fines de lucro proveyendo un derecho: la comunicación,y las nuevas tecnologías, y debemos aprovechar los primeros y  valernos de las segundas con responsabilidad. Eso es autorregulación. Los medios no son la Caja de Pandora de donde emergieron todos los males de la humanidad y tampoco son la panacea. Sus dueños piensan que la información es demasiado importante como para dejarla en manos de los periodistas, entonces –como a un ingenuo gatito- nos dejan jugar con lo urgente, pero no con lo importante, con el ovillo de lana, pero no con la manta que lo cubre todo: el supremo poder económico. Todos los días se denuncian cosas graves que no cambian nada y que aun así son impactantes, pero intrascendentes para el colectivo. Se anclan en la miseria y la tragedia para construir sus mensajes, en el consumo para atraer audiencias, y en las nuevas estéticas y valores culturales equívocos, para empoderarse de un discurso basado en el unanimismo y no en la posibilidad de disentir, en últimas, son a la vez máquinas y productos de la manipulación.

Vemos entonces cómo algunos colegas no se miden para acosar con un micrófono a una viuda afligida. Cómo un camarógrafo arriesga su vida para lograr las tomas de una balacera, de un hostigamiento. Cómo se emplazan las cámaras para cubrir una protesta, una manifestación, pero no se agudiza en el análisis de sus causas. Cómo una presentadora sonríe –a veces antes, a veces después- de registrar un atentado o el asesinato de una familia completa a manos de un borracho al volante. Y el trago, los cigarrillos y los juegos de azar, siguen financiando la salud y la educación. Cómo un editorialista esquiva sin vergüenza las críticas por el cambio de posición sin argumentos y por conveniencias y amiguismos. Cómo un columnista difama en nombre de la libertad de expresión. Cómo los juicios se trasladaron de los estrados a las cámaras y los sets de televisión. Con las nuevas tecnologías, los diversos poderes parecen haber perdido el manejo absoluto de la comunicación que arropa a las masas y el acceso a la información se ha multiplicado, y las restricciones, diseminado. Los medios masivos luchan, más que por sus audiencias, por el control de la información. Igual los gobiernos. Cada vez se filtran más datos, se opina con mayor libertad, se comunica sin restricciones. La cuestión es simultaneidad, globalización y libre acceso. Si necesitamos un periodismo que construya ciudadanía y sociedad y no más perturbación y desequilibrio, las nuevas tecnologías pueden ser una poderosa herramienta, que depende como todas, de su correcta utilización. Autorregulación. Como las armas, pueden defender la vida, o acabar con ella. Es probable que estemos ante un fenómeno cultural del que no sabemos sus consecuencias, pero del que no nos podemos sustraer y en ese sentido, es necesario educar y orientar a las nuevas generaciones.

En medio del trasegar conceptual y profesional en el que se debate el periodista,  entre el callar para salvaguardar la vida o la de sus familias, o mínimo el trabajo, debemos creer en ese periodismo que tiene el valor de proponer con argumentos, de autorregularse pero no para callar, sino para ejercer ese derecho que debería ser universal: el derecho al pataleo. Periodistas que a través de un blog o de la opinión libre y sin mordazas del espacio virtual, reivindiquen la singularidad de su estilo con base en el rigor de una investigación y la precisión en la entrega de información. Que trasciendan la mirada simple y se detengan en la observación, que cuenten buenas historias, pero sobretodo, que se fundamenten en la independencia de sus criterios y la firmeza de sus principios, en suma, como dijera William Ospina, periodistas que no se resignen a escribir para el olvido. Necesitamos un periodismo que se sostenga con el público y con la información y no con los anunciantes y con el poder político. Algo en apariencia utópico, que ya se explora. El periodismo sin fines de lucro.

Si hemos aprendido a decir las cosas importantes de tal forma que no incomoden a nadie, por lo menos no a quienes deciden quién debe morir o quién perder su trabajo, es porque la autorregulación ha sido mal entendida. La tarea del periodista, escribió Horacio Verbitsky, “es difundir aquello que alguien no quiere que se sepa, el resto es propaganda. Su función es poner a la vista lo que está oculto, dar testimonio y, por lo tanto, molestar. Tiene fuentes, pero no amigos. Lo que los periodistas pueden ejercer, y a través de ellos la sociedad, es el mero derecho al pataleo, lo más equitativo y documentado posible. Criticar todo y a todos. Echar sal en la herida y guijarros en el zapato. Ver y decir el lado malo de cada cosa, que del lado bueno se encarga la oficina de prensa; de la neutralidad, los suizos; del justo medio, los filósofos, y de la justicia, los jueces. Y si no se encargan, ¿qué culpa tiene el periodismo?”.

De modo pues que hoy gobiernos y medios del mundo se encuentran en una gran encrucijada: atender el advenimiento de las nuevas tecnologías o no perder el control del manejo de la información. Son varios los intentos de una regulación estatal que parece poco probable por la magnitud y los volúmenes de información que se manejan, por las infinitas posibilidades de subir información a la red, por la movilidad de la súper autopista a pesar de tanta congestión. El camino es la autorregulación, la educación, el manejo responsable de la tecnología y la información que por ella fluye y habrá de fluir como un torrente imparable cuya fuerza debe aprovecharse.También se sube a la red –hay que decirlo- basura, pornografía y contra información. ¿Qué regula la familia, qué el estado, los medios?

De ahí que cualquier farsante sienta temor, porque los nuevos medios están abiertos y dispuestos para cualquiera, porque la tecnología ha abierto no una puerta, sino un boquete inmanejable que está cerrando la brecha. Si tuvo razón Oscar Wilde hace más de un siglo cuando dijo que leer los periódicos es comprobar que sólo lo ilegible sucede, hoy podríamos parafrasearlo y decir que acceder a la Internet es comprobar que todo cuanto sucede puede ser contado. El secreto tambalea y la maniobra de distracción de los grandes medios vacila.Hay muchas alternativas. Las reglas han cambiado. También el paradigma de la comunicación. No hay fronteras en Internet. Tampoco jefes o editores. Millones de personas que trabajan sin horario ni salario, estudian, analizan, reflexionan y proveen a un número mayor de receptores anónimos, una considerable cantidad de información sobre materias que resultan incómodas para el poder, como la ecología y los derechos humanos, y las que suponen bajo rating a los medios, como la cultura y la educación. Eso es independencia, una condición que escasea tanto como la sinceridad, en un mundo donde lo que abunda es la inequidad y la corrupción. Es a lo que le temen quienes siempre han manejado la información y el acceso a ella a su antojo.

Y finalizo con otra frase memorable, ésta de Gilbert Keith Chesterton: “Periodista es el sujeto encargado de gritar que ¡Lord Jones ha muerto! a una multitud que no sabía que Lord Jones estaba vivo.” Señores y señoras: la manipulación de la información está herida, no de muerte, es mutante, se salvará. Sus padres buscan remedios y prueban antídotos. O los compran. La mayoría, patalea. Me cuento allí y digo: sí a la autorregulación periodística, pero no a la autocensura.

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