Jueves, Abril 9 2020

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Sin mucho para celebrar

Y en Colombia asistimos impávidos a la crisis de unos medios alejados de cualquier intención de cimentación social.

Sin mucho para celebrar
Crédito de foto: Especial para 90minutos.co

Y de nuevo las modernas credenciales inundaron las redes con cartelitos descontextualizados con frases de García Márquez o Ryszard Kapuściński, para conmemorar el Día del periodista. Unas líneas bonitas arrancadas de cualquier portal, repetidas hasta el cansancio para pregonar aquello que el periodismo ya no es y acaso nunca haya sido. Para decirlo en el argot periodístico, unos refritos sin interpretación o contexto, que ponen en evidencia que sus emisores no han leído tres párrafos completos del autor de las mismas. Con honestidad debe reconocerse, que el periodismo nacional –por lo menos el mediático- es un fiasco, una caja de resonancia del poder y un ejercicio de espaldas a la realidad del país.

Todo el periodismo, incluso el mal hecho, permite sondear la sociedad a la que pertenece y los niveles de construcción o devastación de la misma. Y en Colombia asistimos impávidos a la crisis de unos medios alejados de cualquier intención de cimentación social; y preocupados exclusivamente por la reputación y el bolsillo de sus propietarios. El modelo de negocio cambió y arrasó con la ética, porque libertad e independencia no ha habido nunca. Estamos ante la reproducción de información cuyo fondo es la manipulación, donde la repetición incesante de mentiras intrascendentes son mostradas como novedades de suma importancia que solo intentan perpetuar nuestra profundos abismos sociales.

La doctrina de la derecha tradicionalista, enmarañada de corrupción y dominio, se propaga por los medios como un coronavirus nacional que lo debilita todo, con saña e iniquidad. La mayoría de los medios nacionales no atienden el país y sus regiones. Aquí los noticieros de televisión se regodearon con la muerte de Kobe Bryant y apenas reseñan la de cada líder social. Se solidarizaron con el positivo de Robert Farah y después con su absolución, pero apenas nombraron a la treintena de deportistas nacionales que en la misma situación no tienen una familia adinerada que pueda pagar un abogado. Se alarman por los muertos en Wuhan y no dicen nada por los que mata la malaria todos los días.

Tal vez sea el problema de lo viral, de todo aquello que se masifica en un instante, eso que el mundo virtual pide como un heroinómano encabronado, ese tremendo mal de lo inmediato que nos corroe célula a célula, el mismo que de una noche para otra nos convierte en orgullosos caleños porque Cali Pachanguero suena de fondo en la ceremonia del cine desde el que se nos impone casi todo, pero no hablan de esa Cali matadero. Los mismos que como los cinéfilos de ocasión no se han visto ninguna de las películas nominadas, pero en la noche de los Oscar se unen al coro de cineastas que impone Hollywood, para pontificar sobre lo que les han dictado en las redes. La cuestión es no quedarse por fuera del concierto de likes y figurar en este mundo.

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¡Ya ni medios!

A ningún colombiano o latino le debe ser indiferente que Shakira y J.Lo actúen en Super Bowl y que ritmos hasta hace muy poco vistos como obscenos y del populacho, como el mapalé o la champeta, esa noche junto con los acordes negros del Bronx, hayan destacado. Lo grave es desconocer la virulenta realidad de quienes con su trabajo soportan el peso del imperio. Y más aún, que en Colombia, que en Valle del Cauca, que en Cali, quienes hacen música y arte se mueran de la manera más miserable, como Oliva Arboleda Cuero o Samuel Caicedo Portocarrero, que lo entregaron todo y no tuvieron nada, no dejaron nada, ni siquiera con qué brindarse un sepelio digno.

Y los medios registraron las noticias de sus muertes, pero por ningún lado emergieron para denunciar el abandono estatal ante sus enfermedades, las precarias formas de contratación que nos les permitieron seguridad social, las difíciles situaciones que enfrentan en su patria los que enarbolan su bandera por el mundo. Solo la caridad y un evento en la Cevichería Guapi, permitió recolectar fondos para despedir a quienes desde la danza hicieron de este un mejor vividero. Algo similar ocurrió con Washington Cabezas, de Washington y sus latinos, tal vez la más importante orquesta salsera de Colombia antes de que nos vendieran productos como Maluma.

En La Topa Tolondra y en Zaperoco, los músicos caleños -o radicados en Cali, pues hay de todo el Pacífico y el país- hicieron dos maratones salseras con el mismos fin, ayudar a quienes tocados por el infortunio, no tienen más apoyo que el de sus colegas, un conjunto de hombres y mujeres solidarias, que cantan para subsistir, que tocan para ganarse la vida y alegrar la existencia. Todos al unísono para apoyar también al bajista Mike Arango, que además de gran músico, es abogado y dicta clases de matemáticas a los hijos de sus colegas sin cobrar un peso. Y ayudar a Wencer Aguilar, un gran bongosero caído en desgracia. Todos bajo la batuta del maestro Tarry Garcés, un hombre con dos cualidades que de a poco se pierden: la honestidad y el buen humor. El mismo que al ser contactado para participar del documental sobre Jairo Varela, respondió: “Yo no tengo nada qué decir de ese granh…”. Y ahí lo dijo todo.

Historias que se pierden en el mar de babas en el que flotan los medios. Historias que cambian vidas, que hacen patria, que construyen nación. No pantomimas como las de Guaidó o Duque, o detenerse en el traje de Aida Merlano y no en sus denuncias. O en el futuro y no el pasado de cada Fiscal. Que ayudarían a levantar este país de sus ruinas éticas y morales, donde a casi nadie le gusta escuchar la verdad. Que rinden homenaje al periodismo serio. A ese que cuando se hace bien, con fundamentos éticos e investigación, cimentado en los principios que rigen el deber ser social, anclado en los valores humanos y en sus derechos, el buen periodismo es el faro desde donde se guía a la sociedad y se enciende la luz bajo cuyo amparo se escribe la historia.

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Acerca del Autor

Lizandro Penagos

Nací en San Antonio Abad del Páramo de Nuestra Señora de los Dolores. Un pueblecito del Tolima que produce café, ganado y mucha lástima. Hizo parte de La Cortina, un muro imaginario de las guerrillas liberales, gérmenes de las FARC-EP. Allí nací, sietemesino. Allí mataron a mi padre hace más de 20 años. Allí vive aun mi madre, sola. Y allí pienso escribir literatura. Mientras tanto, hago y enseño periodismo en la UAO. Hice televisión y una hija. Publico donde me dejan y sobre cómo leo la existencia.

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