Martes, Noviembre 19 2019

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Sí, negros

Pasan los días y crecen la represión y el desabastecimiento. Pasan los años y crecen las regalías y la corrupción. Pasan los siglos y la mirada sobre los negros es en lontananza. Sí, negros.

Sí, negros
Crédito de foto: Especial para 90minutos.co

Cada que los medios de comunicación bogotanos se dan una vuelta por cualquier punto de lo que con desdén la academia centralista llamó el andén pacifico colombiano, es por una tragedia o por un carnaval. Una matazón perpetrada por fusiles de cualquier color o una colorida fiesta de negros. Sí, negros. O porque apareció otra mal llamada “casa de pique” en Buenaventura o se celebra otro San Pacho en Quibdó. Por una veda de camarón en Tumaco o unos náufragos en Timbiquí, correos humanos de los narcos. Por una masacre en Bojayá o en Barbacoas. O un paro cívico, como el que pareciera estarse saliendo de madre.

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Y lo hacen a través de sus corresponsales, por lo regular periodistas caleños -o radicados en Cali- que se han convertido en intermediarios y no en mediadores de la realidad. Enviados del centralismo. Suelen despachar en sus informes lo que les piden y no aquello que le permita al país entender la situación de los negros colombianos. Sí, negros. No hacen cubrimiento sino encubrimiento. Cubren. Jamás descubren. Y lo peor, lo hacen obedeciendo y no pensando. No mencionan causas sino consecuencias. No hay repasos ni siquiera someros de la historia. Solo inmediatez condensada. Espectacularizada.

Pasan los días y crecen la represión y el desabastecimiento. Pasan los años y crecen las regalías y la corrupción. Pasan los siglos y la mirada sobre los negros es en lontananza. Sí, negros. A los que el país mira no solo por encima del hombro, sino de toda la cordillera occidental, una inmensa barrera azul que divide al país de sus territorios. De su riqueza, que es tanta, que más de 400 años de explotación no han podido acabarla. Fueron traídos a América en 1520, pero huyeron a la manigua después, siguiendo las rutas de la libertad.

Y esos mismos medios, que no recorren los remedos de carreteras del andén pacífico, que registran con sus cámaras formas de vida que despachan como pobreza histórica, que no se cansan de rayar el disco de la miseria, no dicen nada -o muy poco- de la responsabilidad que tienen quienes están convencidos de que los negros son culpables de su realidad. Sí, negros. Esclavos. Que hace apenas 166 años dejaron de serlo -en teoría, prueban las evidencias sociales-, porque todos los bisabuelos de quienes hoy protestan fueron esclavos.

Los medios se deleitan con su cocina, con su música y su folclore. Todo lo reducen. Tal vez por eso el andén, no visto ya como espacio para el embarque y el desembarque, sino como ese lugar fuera de la casa que tampoco es del todo la calle. Tal vez por eso carreteras perpendiculares al centro del país y no paralelas a sus costas. Que los conducen a los focos de poder y no a la unión de sus pueblos que reafirme su identidad.

Fresco está aún el cuadro mediático hecho a Odín Sánchez Montes de Oca. Ex congresista que se canjeó por su hermano Patrocinio -ex alcalde de Quibdó, ex gobernador del Chocó-, ante el secuestro extorsivo por parte de ELN. Aseguró tras su liberación en Noamaná, un remoto punto de la selva chocoana, que en Colombia existe el Cuarto Mundo. El país aplaudió en pleno, acaso sin saber que estos dos personajes han empujado la nación allá. A ese inframundo.

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Si el país no lo sabe es porque los medios no lo cuentan. Y la escuela, claro. La precariedad extrema y las ausentes condiciones de vida en Noamaná, y en todo el andén pacífico, la crisis humanitaria permanente de los más pobres de la nación, es culpa de la corrupción, no del abandono estatal. Que podría darse no en definición de políticas públicas y destinación de recursos, sino en la no vigilancia y control de los mismos. Colombia, cuya economía y cultura giró siglos en torno del Atlántico Norte, ha mirado el Pacífico y requiere inscribirse allí.

Tres alcaldes de Buenaventura en la cárcel, destituciones, inhabilidades, elecciones atípicas, etc. configuran la democracia en el andén pacífico nacional. Negros a los que no se les reconoce su aporte a la historia, al lenguaje, a la falsa lucha independentista, a la economía, a la fundación de territorios, al desarrollo de la Hacienda, del sistema ferroviario, del trapiche y el Ingenio, de la navegación, de tantas cosas y ahora también, de su derecho a protestar por tanta ignominia.

Los políticos -todos deberíamos saberlo ya- son una manifestación pública, el síntoma de una enfermedad que somos nosotros, la sociedad. No son los políticos negros -sí, negros- diferentes a los políticos de la Guajira o de Yopal, de Bogotá o Cundinamarca. No son los ciudadanos negros, distintos a los ciudadanos indígenas o mestizos. O a los blancos, si los hubiere puros en Colombia. Hay claro unas raíces culturales diferenciales, pero la única salvación posible para todos es la educación y la cultura. Y los medios deben aportar en esa dirección y desplazar la mirada acostumbrada al horror -tanto de las audiencias como de los periodistas-, para volver sobre las complejidades de la verdad. A través del género que prefieran, para fortalecer así los escenarios de paz y reconciliación, de construcción de una mejor nación.

Costará tiempo y recursos, reparar el daño social que causa la ignorancia aliada con la corrupción y el poder desmedido y violento. Mucho más ahora que la sociedad se informa a través del WhatsApp, pero es preciso que los medios se convenzan de que decirle afros a los negros, no es lo más incluyente y respetuoso que hacen en sus informes. Sí, negros. Con afecto y sin agresión alguna. Con la cercanía que nace de compartir una nacionalidad y las mismas ilusiones.

 

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Acerca del Autor

Lizandro Penagos

Nací en San Antonio Abad del Páramo de Nuestra Señora de los Dolores. Un pueblecito del Tolima que produce café, ganado y mucha lástima. Hizo parte de La Cortina, un muro imaginario de las guerrillas liberales, gérmenes de las FARC-EP. Allí nací, sietemesino. Allí mataron a mi padre hace más de 20 años. Allí vive aun mi madre, sola. Y allí pienso escribir literatura. Mientras tanto, hago y enseño periodismo en la UAO. Hice televisión y una hija. Publico donde me dejan y sobre cómo leo la existencia.

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