Viernes, Diciembre 14 2018

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Selfie Kids

Vivimos en un reality pero en un constante déficit de realidad. Perdimos la capacidad de asombro. No sabemos lo que es belleza porque ésta aparece distorsionada por toda clase de filtros.

Ryan McKenna (más conocido como Selfie Kid) es un chico de séptimo grado que al parecer no tenía idea de quién es Justin Timberlake hasta que por su causa se volvió famoso. Gracias a su despiste y a la selfie que se tomó con la estrella que hacía su espectáculo en el medio tiempo del Super Bowl, se convirtió en “meme”, se volvió “viral” y a sus 13 años fue el “man of the hour”. Y digo “man of the hour” (el hombre del momento) porque su fama morirá tan rápido como nació.

El chico, que fue entrevistado en espacios tan renombrados como Good Morning América solo atinaba a decir justo después del suceso: “Tengo 150 nuevas peticiones de amistad en Instagram, 21 mensajes directos y 36 snapchats”. ¡Ha sido todo tan loco! No se ni qué pensar. Todos mis amigos me han mandado textos y cosas. Es una locura!”


Y yo no alcanzo a imaginar a qué nivel exponencial llegó todo eso… y se fue.

¿Y se puede saber de qué manera cambió eso al mundo? Tranquilo Ryan, tranquilo. Mañana nadie te recordará. Porque hoy en día las cosas pasan tan rápido, que apenas son noticia se ven opacadas por otro suceso.

Esa necesidad enfermiza de “Me gusta”, esa sed ansiosa de convertirse en tendencia, esa manía de ser #hashtag es el día a día de una generación que sufrió destete prematuro de los cuidados de sus padres, por lo tanto viven literalmente desesperados por atención. Hacen lo que sea –literalmente- por conseguirla. Desde cosas increíbles hasta tamañas estupideces. Viven estrellados porque todo el mundo quiere ser estrella.

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No se si hayan notado esto, pero es una pregunta que me hago desde hace mucho: ¿Por qué SIEMPRE tiene que haber al aire un reality y si no “no es televisión”?

Esa manía de exponer la vida privada nació hace más o menos dos décadas. Y se ha convertido en el pan de cada día. Hasta los cantantes son lo que son hoy gracias a las redes. Y no precisamente por su talento para cantar. Sino por “el bailecito sensual” de cada día, la foto en el gimnasio, la selfie ligeritos de ropas, la constante petición de votos para que tal o cual revista diga que es el mejor… -Si tu público no sabe que eres el mejor, ¿quién eres tú para pedir reafirmación?-.

La gente feliz, exitosa y satisfecha no busca reconocimiento: lo otorga.

Esta generación, -parafraseando a un amigo- se la pasa como si tuviera permanentemente inyectada una bolsa de suero con cafeína. Viven a toda máquina. Compartiendo todo. Opinando acerca de lo inopinable. Indignados todo el tiempo. Coronando bufones a los que destronarán de forma inmisericorde a los dos o tres días. Aturdidos por la cantidad de información basura que aparece por todos lados. Muchos apoyando causas ecológicas virtuales, pero actuando de manera inconsecuente.

Información. Sí. Pero enseñanza, poca. Sobre todo paterna. Esos desconocidos que llegan a las 7 u 8 de la noche destruidos por un trabajo extenuante para pagar cosas, cosas y más cosas que no llenan vacíos, le dejan la responsabilidad de la crianza a la niñera –en el mejor de los casos- o en el peor a Facebook, Twitter, Snapchat, Whatsapp, Youtube y la lista sigue.

Tan cierto es, que uno como niño a veces quiere emular a los padres… y ahora la profesión de moda es ¡YOUTUBER! Probablemente usted está criando un selfie kid y ni se entera.

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Hasta ser criminal se puso de moda. El matoneo en línea abunda y provoca hasta suicidios. Y los jóvenes que crecen sin valores ni reglas, se regodean filmando peleas entre sus compañeros que por supuesto van a parar a las redes, pero que nadie osa interrumpir. Algunas con desenlaces fatales.

“La mejor preparación para el mundo online es el mundo offline”. La crisis educativa no es otra cosa que una crisis de atención. Esa crisis que viven los muchachos todos los días. Perdidos y sin brújula. Catherine L’Ecuyer, autora del libro Educar en la realidad, sostiene que en un mundo en el que las pantallas están cada vez más presentes, los niños padecen un exceso de información irrelevante.

Vivimos en un reality pero en un constante déficit de realidad. Perdimos la capacidad de asombro. No sabemos lo que es belleza porque ésta aparece distorsionada por toda clase de filtros. Se nos olvidó mirar hacia las estrellas, porque las tenemos a la mano en un fondo de pantalla.

Mi conclusión es que debemos rescatar lo real. El contacto con la naturaleza y las relaciones interpersonales, comenzando por la familia. Usted no tiene que matarse trabajando para comprarle a su hijo el juguete de moda. Usted tiene algo más valioso qué regalarle a su selfie kid: Tiempo de calidad. ¡Rescate también a sus amigos! ¡Invítelos a tener encuentros en 3D! Cuando se comparte en familia o entre amigos ese tipo de tiempo, no hay tiempo para tomar fotos.

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Acerca del Autor

Diana Serna

Hija de periodista y madre con mucho talento musical. Estudié Comunicación Social en la Universidad Autónoma de Occidente. Soy Adicta al cine y la tecnología. A los siete años, un locutor me sugirió dedicarme a otra cosa porque cantaba muy “pasito”. Efecto: he cantado con algunos de los más grandes y tengo una mención de Grammy Americano en la pared. El nuevo reto es este blog. Imposible no existe. Solo hay gente incapaz.

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