sábado, octubre 24 2020

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Sala 19

Fluye tanta información que consumirla y digerirla es imposible; y el cálculo es que se necesitarían varias vidas para poder hacerlo y que no se produzca más.

Sala 19
Crédito de foto: Especial para 90minutos.co

Otra de la infinidad de fenómenos socio humanísticos que ha puesto al descubierto la situación que hoy nos tiene confinados, es la tremenda desinformación que genera el avasallador volumen de información al que nos vemos sometidos y la consecuente imposibilidad de poder asimilarla toda, lo que resulta agobiante. Hay mucha más comida que comensales, para utilizar una metáfora sin sal. No hay otra alternativa que no sea dejarnos guiar por las barreras con las que cada uno cuente, que pueden ser ideológicas, culturales, económicas, filosóficas, profesionales, tecnológicas, e incluso, familiares. En apariencia no nos enfrentamos ni siquiera a un dilema, pues de lo que decidamos consumir en términos informativos no depende nuestra vida, aunque sí las condiciones para la mayoría. Y eso incluye todas las especies. Sirven de poco la malicia indígena o el olfato periodístico, dos imaginarios con algo de fundamento, pero con poco de método científico, para enfrentarnos a esa mesa desbordada que es como invitar a un famélico abstemio a una bacanal.

Fluye tanta información que consumirla y digerirla es imposible; y el cálculo es que se necesitarían varias vidas para poder hacerlo y que no se produzca más. Toda sin excepción con algún grado de razón y cierto volumen de especulación, con alguna fisura en la comprobación, con fuentes controvertibles y sin contrastación, con datos erróneos o amañadas interpretaciones, con cifras que cambian después de cada ocaso, con datos que arrojan otra luz cada mañana, con lineamientos y parámetros que se desprenden del lugar de enunciación de la disciplina desde la que emana; de ahí entonces que el buen ejercicio periodístico sea hoy -como ha debido ser siempre- más importante que el mismo acceso a la información y la capacidad de distribuirla. Son los periodistas los mediadores entre los hechos y una sociedad que hoy busca informarse, como anhelan los náufragos la tierra, como rebuscan los pordioseros el alimento o los harapientos ropajes, ante un volumen de información que nos ofrece una tierra que está en manos de unos pocos, unos alimentos procesados y una ropa en la que vale más la marca, pero sobre todo donde la oferta se torna ilimitada, casi infinita.

Ya era complicado el aprendizaje del periodismo antes de la pandemia. Sus controvertidos postulados de independencia y libertad; las acérrimas críticas a sus paradigmas, a sus criterios de noticiabilidad, a su estrecha relación con el poder político y su absoluta dependencia del poder económico; el rancio debate ante la manoseada percepción social de ser un oficio y no una profesión; las polémicas diferencias entre los empíricos consagrados y los recién egresados a los que les cuesta redactar un párrafo; los profesores que renuncian abatidos por la indiferencia y el facilismo de los estudiantes que la escogen para huir de las matemáticas; la  presión del mercado y las trampas del consumo donde se venden ilusiones como profesiones y carreras como jabones; con sus facultades como pasarelas y sus escenografías como trampolines para lanzarse a un mar de incertidumbres; y esa idea cada vez más generalizada de que son fábricas de presentadoras de farándula y de periodistas deportivos que parlotean sin parar.

Y bajo este sombrío panorama, se cierne el nubarrón que por el momento parece haberlo cambiado todo: la pandemia más mediática en la historia de la humanidad, que, dicho sea, no será la más letal. (Ha matado, mata y matará más personas el hambre, producto primero del modelo económico imperante; segundo, de las hipócritas medidas para reducirla, pues poco se habla de erradicarla del planeta; y luego, de la tremenda recesión que sobrevendrá). La superan la tuberculosis, la hepatitis B, el SIDA, la malaria, el dengue, el cólera, el cáncer o las guerras. Y ahí está el periodismo, nutriéndose de la situación, tal vez su privilegio sea su condena. Esa movilidad, aunque hoy restringida, que le permite salir para adentrarse en cada hogar y llevar -gracias a la mediación tecnológica- el plato de información a la mesa de todos sus huéspedes. El menú es amplio y variado, incluye platos a la carta, delicias bien elaboradas, presentadas con decoro, ingredientes en su punto, postres suculentos, corrientazos, mortecina y servidos de mierda, pero qué le vamos a hacer, hay carroñeros y coprofágicos anónimos y confesos.

El asunto es que el periodismo enfrenta uno de sus mayores desafíos: seguir atendiendo la lógica de sus dueños o cumplir su papel histórico para que las sociedades tengan más y mejores herramientas para tomar decisiones. No solo en este momento histórico sino en los duros tiempos que se avecinan y que como siempre afectarán a los más desvalidos. Pero hoy ese eje sobre el que gira una de las ruedas de la democracia funciona mal. Incluso algunas dictaduras han demostrado más honestidad con el tratamiento de la información, pues a nadie aterra que la manipulen o que con ella restrinjan libertades o limiten derechos, pues son regímenes, al fin y al cabo. La cuestión es que, en las supuestas democracias, los medios se ciñan al poder y se alejen de sus audiencias y las confinen a la ignorancia sobre lo que deben saber y entender. Sigue siendo grande la brecha entre piensa libre y prensa libre, pues en ella más que democracia hay demagogia y más que periodismo, cinismo pagado, una gran farsa orquestada.

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De ahí que ser profesor de periodismo en medio de estas circunstancias es una gran encrucijada. Si se cumple la misión, es como haber sido instructor de potenciales kamikazes. Apasionados y abnegados profesionales que bordean el sacrifico para informar. Y si no, el líder de un safari cuyos cazadores apenas son turistas de zoológico. Un crítico de toros seguro de que su audiencia jamás saltará al ruedo. Un decepcionado chef que no pudo comunicar que el secreto es la recursividad y los tiempos, no solo los ingredientes. Un desencuentro con impostores que oyen la prédica y no aplican nada. Un herrero que no pudo romper los eslabones de la cadena de mentiras. Una mera aproximación insensible al ejercicio que trabaja con el mismo material que los profesionales: la información.

En Sala de periodismo, una de las asignaturas prácticas más afectadas por el confinamiento y las clases virtuales en la UAO, 19 personas nos la estamos jugando (15 estudiantes, dos asesores y dos profesores), para reivindicar que el buen periodismo es posible aún en las peores circunstancias. Es un pequeño universo, una muestra aleatoria de comunidad universitaria, una prueba de humanidad y de sociedad: una española de intercambio que vino a practicar y ahora su mayor ventaja es estar aquí encerrada. Una joven madre de familia a la que su hijo se le volvió fuente. Una chica suertuda con una amiga en la China. Un muchacho con nombre raro y una madurez que asombra. Otra pelada trabajadora y una más crítica y juiciosa. Una comprometida con la calidad y otra con visión de género. Un sardino humilde que estudia con esfuerzo, pero aprende con esmero. Nos aventaja. Alguien de quien puede decirse poco porque es una persona huraña. Y un puñado reducido de silentes camarones dormidos en la corriente. Dos egresados que ratifican que enseñar es aprender y compartir el conocimiento, una muestra de solidaridad absoluta. Un profesor excepcional y yo, que no hago más que cuestionarlo todo. No pudimos imprimir los dos periódicos ni emitir los dos programas de televisión proyectados. Ya compartiremos la propuesta que ha supuesto un reto que esperamos no repita los yerros que se han detenido más en el conteo de víctimas, que en la proyección de una situación que debe servir para que cambiemos ese algo que no nos permite pensar y actuar sin individualismos mezquinos.

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Acerca del Autor

Lizandro Penagos

Nací en San Antonio Abad del Páramo de Nuestra Señora de los Dolores. Un pueblecito del Tolima que produce café, ganado y mucha lástima. Hizo parte de La Cortina, un muro imaginario de las guerrillas liberales, gérmenes de las FARC-EP. Allí nací, sietemesino. Allí mataron a mi padre hace más de 20 años. Allí vive aun mi madre, sola. Y allí pienso escribir literatura. Mientras tanto, hago y enseño periodismo en la UAO. Hice televisión y una hija. Publico donde me dejan y sobre cómo leo la existencia.

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