Jueves, Diciembre 12 2019

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Retroceso

Hoy hay más teléfonos y menos comunicación. Más gritos y menos diálogo. Más sexo y menos amor. Más alboroto y menos música. Más políticos y menos estadistas. Más timadores y menos profesores.

Retroceso
Crédito de foto: Especial para 90minutos.co

Allá los optimistas consumados y los motivadores empresariales de profesión, que siempre están viendo el lado bueno de las cosas y cobrando por eso, pero Colombia -fiel a su signo- va para atrás en muchos aspectos. Es decir, los colombianos, pues una nación es sobre todo su gente, no su cemento, su PIB o aquello que con acierto se define como el territorio. Refunfuñarán los primeros y argumentarán que Colombia está hoy mejor que hace 20 o 50 años. Y tienen razón, está mejor, pero podría estar mucho, muchísimo mejor. Una cosa es bueno y otra es excelente. Una cosa es bola plena y otra, retroceso, en el billar, en el cuerpo o en la vida. Una, golpe seco y otra, golpe corrido. Y si de algo sabemos los colombianos es de jugadas a tres y más bandas.

Hoy, demos por caso, hay más carros en las vías y menos conductores al volante. Hay mejores vías y menos buenas personas. Más multas y menos pedagogía. Más motos y menos guardas de tránsito. Cada vez son más frecuentes los accidentes, no producto de la imprudencia, sino de la inconciencia y la estrechez, de vías y de mente. Las ciudades crecen hacia arriba y la razón de para abajo. Hay más semáforos y cámaras; y menos individuos concientes de que su accionar, es la vida en la vía. Más atarbanes y menos solidarios. Más muertos y heridos; y menos auxilios ciudadanos. Más carros fantasmas y menos ayuda. Más realidades abrumadoras y menos conciencia ciudadana. De hecho, hay más iglesias y menos fe. Más estados del WhatsApp y menos estados de conciencia.

Hoy hay más teléfonos y menos comunicación. Más gritos y menos diálogo. Más sexo y menos amor. Más alboroto y menos música. Más políticos y menos estadistas. Más timadores y menos profesores. Más clientes y menos alumnos. Más bandidos y menos policías. Más medios y menos periodismo. Más leyes y menos libertad. Más hambre y menos comida. Más cultivos y menos cosechas. Más botellas y menos agua. Más contaminación y menos petróleo. Más bancos y menos rentabilidad. Más trabajo y menos empleo. Más metas y menos salarios. Más aparatos y menos memoria. Más astucia y menos inteligencia. Más exigencias y menos responsabilidades.  Más pretensiones y menos compromisos. Más accidentes y menos, mucha menos, solidaridad.

¿Qué puede pasar por la mente de alguien que atropella a un ser humano con su vehículo y no le presta ayuda? Es más, que ni siquiera se detiene o informa de lo ocurrido. Que huye sin saber sobre la suerte de quien pudo haber perdido la vida o a quien le cambió la misma, desde ese instante y para siempre. El miedo es la respuesta y el linchamiento, social o físico, el argumento. A los dos les cabe la razón, pero también la inconciencia y la cobardía. En un accidente llueven más curiosos y oportunistas, que solidarios y colaboradores. Estamos al frente de ese tipo de decisiones que deben tomarse en un segundo, pero cuyos desenlaces pueden durar toda la vida. Frenar, acelerar, detenerse o huir.

Aterroriza la idea de matar a otro ser humano, tanto como la de ser asesinado. Ni el peor asesino se acostumbra a ello. Tal vez por eso los noticieros no dejan de ponerle adjetivos a los asesinatos, como brutal o tenebroso, como si hubiera alguno lindo y enternecedor. A Sangre fría es solo una buena novela de no ficción, en la que Truman Capote se pone de ambos lados, para decirnos, por ejemplo, que es imposible que un hombre que goza de libertad imagine lo que representa estar privado de ella. Bien nos recuerda Hernando Téllez, con la sentencia del capitán Torres en las últimas líneas de su cuento magistral, Espuma y nada más, que el miedo ha hecho más estragos que el valor: “Me habían dicho que usted me mataría. Vine para comprobarlo. Pero matar no es fácil. Yo sé porque se lo digo”.

Un accidente, cualquiera que sea, es un acto involuntario. Claro que hay timadores lanzándose al asfalto para arañar algunos pesos de conductores asustadizos, pero los accidentes verdaderos son espontáneos, deliberados y muchas veces, producto del inconsciente, de la rutina y esa propensión tan humana a caminar de la mano de la confianza. Nadie choca su carro porque sí o hace daño a otro en la vía, incitado por la maldad. No, los accidentes son producto de la impericia, la irresponsabilidad, el descuido o los teléfonos inteligentes, que vuelven estúpidas a las personas. De modo que el miedo a ser presa de una turba enardecida o un de un policía con vocación de extorsionista, sumado a la incapacidad de aceptar y asumir los errores, llevan a una persona a huir del sitio de un accidente.

¿Y de dónde nos viene esa inhabilidad para asumir las faltas? ¿De dónde esa devoción a no arrogarse las culpas? ¿De una justicia corrupta? ¿De una educación sin principios? Si los deportistas son héroes porque en ellos reconocemos trabajo, disciplina, perseverancia, compromiso, etc. la cultura narco nos ha trastocado los valores: la trampa, el soborno, la riqueza rápida, el dinero como fin supremo, el poder criminal de la ostentación, el esguince jurídico, etc. Y allí se inscriben muchos actores sociales. El conductor es solo otra faceta del ciudadano, del colombiano que toma el atajo, que huye de la justicia, que no se preocupa por el otro. El mismo al que la vida de sus semejantes no le preocupa, no la valora, porque no es consciente de que el destino de todos, depende de la conducta de cada uno.

Ese es el cáncer que ha hecho metástasis en Colombia. Que haya guerra para que se maten los hijos de los otros. Que se incrementen los impuestos a los más pobres, para que las elites se perpetúen. Que se castigue al raponero y se proteja al político corrupto. Una jugada aquí para una repercusión allá. Efectos mariposa que revolotean un país en retroceso. Auxiliar a alguien en un accidente no es caridad ni misericordia, es una obligación ética y moral. Parar y ayudar a quien hemos arrollado, es un ejercicio de íntegra honestidad, de humana fortaleza y de evolución.

Ojalá tu hija se recupere Magnolia. Y que ese carro fantasma, solo vuelva a asustar a quién por poco se lleva tu alegría, pero jamás ni un ápice de tu inquebrantable fe.

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Acerca del Autor

Lizandro Penagos

Nací en San Antonio Abad del Páramo de Nuestra Señora de los Dolores. Un pueblecito del Tolima que produce café, ganado y mucha lástima. Hizo parte de La Cortina, un muro imaginario de las guerrillas liberales, gérmenes de las FARC-EP. Allí nací, sietemesino. Allí mataron a mi padre hace más de 20 años. Allí vive aun mi madre, sola. Y allí pienso escribir literatura. Mientras tanto, hago y enseño periodismo en la UAO. Hice televisión y una hija. Publico donde me dejan y sobre cómo leo la existencia.

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