Jueves, Junio 21 2018

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Del amor 2.0 y otros demonios

La tecnología ha invadido tanto nuestro día a día que nos hemos acostumbrado a que las relaciones interpersonales que entablamos dependan de qué tanto contacto tengamos en internet -por ejemplo- en las redes sociales.

Amor, relaciones y tecnología una combinación muy usada actualmente que no  siempre sabemos manejar.

La tecnología ha invadido tanto nuestro día a día que nos hemos acostumbrado a que  las relaciones interpersonales que entablamos dependan de qué tanto contacto  tengamos en internet -por ejemplo- en las redes sociales.

Y aquí entran a jugar factores como la necesidad de aparentar, de demostrar a los  demás, de lucir nuestra vida y hasta buscar likes ocultando una necesidad casi  inconsciente de aprobación por parte de los demás. Nos hemos convertido en un  número, ya sea el de likes por fotos en Instagram, amigos en Facebook, número de  retuits en Twitter o cuanta popularidad obtiene lo que difundimos.

Hemos llenado más de etiquetas nuestras vidas al punto de que el buen manejo de una  relación sentimental dependa de que tan aprobada esté en Facebook y que tan  presente en las otras redes sociales. Así, hemos olvidado la vida antes del boom 2.0:  las llamadas, el nerviosismo cuando decidíamos marcar el número de alguien, cuando  los emoticones o emojis no reemplazaban el discurso que habíamos planeado decir  durante horas en nuestra cabeza.

Los malos entendidos de pareja eran sobre ¿cual película ver? o sobre si alguno se  había demorado en salir a una cita; no tenían nada que ver con situaciones tan  aparentemente simples como likes, personas que seguiste o etiquetas que ignoraste.

Peor aún, mientras tomamos un café y tenemos varias personas alrededor  descargamos aplicaciones para conocerlas; ya no se intercambian miradas, ahora  hacemos Match basados en apariencia, una corta descripción y la posibilidad de que  el mundo virtual nos ofrezca lo que el real tiene a nuestro alcance y que hemos perdido  por estar inmersos en una realidad que no es nuestra y que cada día nos convierte en  seres más desprendidos y lejanos.

Qué magnífico sería volver a compartir un café, un helado en un parque, olvidarnos de  la tecnología por un rato, abrazarnos, escribir cartas de nuevo, admirar la naturaleza,  los pequeños detalles, dedicarnos canciones por teléfono en lugar de mandar el link por  Facebook y poder expresarnos con palabras y no con cadenas por Whatsapp en las  fechas especiales.

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