miércoles, octubre 28 2020

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Realismo trágico

Volvamos a la carroña, a la pútrida manera de hacer periodismo que se ha contagiado en nuestro país con el Covid-19.

Realismo trágico
Crédito de foto: Especial para 90minutos.co

“…el cadáver de Polinice lo dejen para sabrosa
presa de las aves que se abalancen a devorarlo”.
Fragmento de Antígona – Sófocles.

“Es lo único que necesito para que no me coman los gallinazos”
Fragmento de La Hojarasca – García Márquez.

En Estados Unidos les dicen buitres, en México zopilotes, en Argentina jotes, en España alimoches, en Italia buzzards, en Venezuela guaraguaos, en los Llanos Orientales zamuros, en Bogotá chulos y en Cali gallinazos. En Colombia deberían decirles: periodistas. Son carroñeros de la muerte. Vuelan en redondo con el argumento falaz de contar lo que pasa y en medio de la infección provocada por el virus inefable, son simples necrófagos de la información. Como en un cuento de García Márquez, los periodistas en nuestro país se han dedicado a esperar que mueran contagiados para contarlos. Es una tarea de aritmética macabra. Y a generar pánico desde la oficialidad. Con sus conciencias oscuras se sitúan -de forma virtual claro-, cuales porteros de morgue en clínicas y hospitales miserables, a esperar que llegue la parca y enganche con su guadaña a los desdichados. Todo lo han contado así: la guerra, la pobreza, el fútbol, la corrupción, todo. Como si un muerto fuera un gol y el desfalco del erario un orgasmo. Solo reaccionan a la muerte, a la sangre, al escándalo. Les importa el rating no la humanidad. Su conciencia social es limitada, obtusa.

Colombia pareciera ser el set de grabación de El infierno de la prensa, una campaña publicitaria en televisión del periódico uruguayo Últimas Noticias, que hace más de una década se convirtió en resumen y cita obligada cuando se trata de comunicar lo que es el periodismo y lo que debería ser. En siete capas del averno muestra a los condenados. A los superficiales, a los que escriben sin sentido. Una buena parte. Después a los inexactos, los que no contrastan fuentes. Una abrumadora mayoría. Luego a los tendenciosos, los que van para donde va todo el mundo. A dónde va Vicente, adonde va la gente. A los intocables y altaneros, los que abusan de esa migaja de poder que otorga el oficio. Un puñado donde Luis Carlos Vélez y su papá sobresalen. Los sensacionalistas, liderados por RCN y Caracol Noticias. Los serviles de intereses. Todos sin excepción, hay dueños. Los calculadores, los mercaderes, a los que solo les importa el dinero y los negocios. Con su más reciente portada a Duque, Semana confirma lo que es un secreto a voces: en sus consejos de redacción se habla más de plata que de noticias.

Pero volvamos a la carroña, a la pútrida manera de hacer periodismo que se ha contagiado en nuestro país con el Covid-19. No sin antes contar que el periódico arriba mencionado ya no existe, del impreso pasó a digital y de allí a la desaparición. En periodismo lo bueno no siempre es rentable. En la era de los clics y los me gusta, la banalidad ha puesto la posta en lo más alto de la estupidez humana. Los tips están por encima de los análisis y los rumores por encima de las noticias. Como en el bestiario garciamarquino, los gallinazos del periodismo despliegan sus alas y agudizan su vista y olfato para desempeñar su papel dramático en la tragicomedia. Su función, apenas simbólica de informar, la desempeñan con tapabocas que no les sirven sino a los enfermos y al personal médico; y sus micrófonos envueltos en papel strech transparente, comprueban que los medios se preocupan más por las apariencias que por la información y la propagación del virus. Para que un presentador de set salga en directo desde su casa y comunique la idea de confinamiento, se necesita un equipo de personas en la calle. Estamos infoxicados y la vacuna, que es el buen criterio de noticiabilidad, escasea.

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No todos los periodistas son iguales claro. Parafraseando el magnífico slogan de la quijotesca emisora HJKC, de don Álvaro Castaño Castillo, los íntegros son una inmensa minoría. El oxímoron no puede ser más preciso. Se cuentan con los dedos de una mano los medios -todos alternativos, no hay ninguno independiente- que en estos momentos ejerzan con respeto la tarea de informar y expliquen con criterio y fundamentos de investigación, lo que está pasando, sus causas y consecuencias. La mayoría cuenta cadáveres y siembra miedo para cosechar audiencia. Nada más. Los regionales optimizan sus exiguos recursos y sus periodistas trabajan desde casa con todas las limitaciones técnicas y pagando de su propio bolsillo. En Bogotá entretanto, en algo que no es nuevo, se desconoce el país profundo, la Colombia periférica, ese revés de la nación que solo miramos cuando la tragedia asoma. Aunque en esta ocasión, como la desventura no es exclusiva de los más pobres, siguen sin mirar más allá de los centros urbanos. La cantidad importa más que la cualidad y en esa lógica comercial, hay que darles información a las audiencias que movilizan pauta publicitaria. Anuncios que proporcionen ilusión en un mercado de consumidores con el pensamiento crítico erosionado. Quibdó, Buenaventura, Leticia, Puerto Inírida, Mitú, Mocoa o Riohacha, no venden.

Tomé prestado el epígrafe de La Hojarasca para esta columna mortuoria. Y lo hice con la intención de recoger la idea que según el crítico George Steiner es el eje de la obra de Sófocles: la condensación de todos los dramas. Los conflictos entre hombres y mujeres, entre la vejez y la juventud, entre la sociedad y el individuo, entre los seres humanos y la divinidad; y entre el mundo de los vivos y el de los muertos. Y es allí donde falla el periodismo, porque solo se detiene como un altavoz mundial a parlotear sobre lo nimio y lo intrascendente. Steiner, que hizo la mejor definición de intelectual como aquel que lee con un lápiz en la mano, nos recuerda que la virtud de ampliar el panorama de los hechos y los sucesos, no es una característica solo de las buenas obras literarias, sino de la vida misma. No llegaremos al extremo de echar los cadáveres a los gallinazos y menos apilarlos en fosas comunes como los nazis o los paramilitares, pero el futuro inmediato del periodismo no es esperar a que pase la muerte, sino orientar con criterio para lo que se debe hacer. Fomentar el pensamiento y la reflexión, no solo contar esa verdad elemental y evidente, sino desmontar tanta basura. Está comprobado que la normalidad es parte de este problema y que es preciso no volver a ella sin la experiencia que debemos sacar de este momento histórico aciago.

Con la idea de aportar desde la academia, la Facultad de Comunicación y Ciencias Sociales de la Universidad Autónoma de Occidente realizará el próximo miércoles 1 de abril de manera virtual, entre 10:00 y 11:00 am, el encuentro Realismo trágico en tiempos del Covid19: análisis y perspectivas, donde desde la más importante de las disciplinas, la social, intentáremos ayudar a pensar y actuar desde la conciencia y la presencia en casa. Pronto compartiremos el enlace.

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Acerca del Autor

Lizandro Penagos

Nací en San Antonio Abad del Páramo de Nuestra Señora de los Dolores. Un pueblecito del Tolima que produce café, ganado y mucha lástima. Hizo parte de La Cortina, un muro imaginario de las guerrillas liberales, gérmenes de las FARC-EP. Allí nací, sietemesino. Allí mataron a mi padre hace más de 20 años. Allí vive aun mi madre, sola. Y allí pienso escribir literatura. Mientras tanto, hago y enseño periodismo en la UAO. Hice televisión y una hija. Publico donde me dejan y sobre cómo leo la existencia.

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