Domingo, Febrero 16 2020

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¡Qué lidia!

No saben acaso los colombianos que las reses se engordan con anabólicos y esteroides. Que comerse un filete de novillo robusto, es como ingerir la macana asada de un fisicoculturista.

¡Qué lidia!
Crédito de foto: Especial para 90minutos.co

Hombre, pues sí, Colombia es un país complejo, difícil. Por momentos inexplicable, casi siempre inentendible. Hace siglos engañado, llevado a la confusión, manoseado y mal administrado. En las últimas décadas insostenible y en el último año, en el más franco y temerario retroceso, en una historia llena de vergonzantes reculadas. Un país cáncer que cuando parece que avanza desanda o, al menos, va de lado, por las ramas, vadeando este río de sangre y mierda. Aquí suceden cosas que asombran al Papa Francisco y a la ONU, y desesperarían al Dalái lama. Se arman verdaderos huracanes en vasos llenos de babas y no pasa nada por los chorros de sangre humana que corren en la periferia de la nación.

Ahora resulta que el país y los medios están indignados por las trazas de boldenona en el organismo de Robert Farah. Todo parece indicar que es una injusticia que la ingesta de una punta de anca, un churrasco o una caderita -bien asada o tres cuartos-, saquen al tenista del circuito internacional y a varios deportistas del ciclo olímpico. Una tristeza, porque los deportistas –dópense o no- son la cara amable de este despeñadero donde los anti taurinos protestan por las chuzadas del picador al toro de lidia, las espadas de los toreros, el arrastre de la cuadrilla de mulas, etc. pero guardan silencio sepulcral ante el asesinato de líderes sociales, que a la fecha suman 19 en lo corrido de 2020. Los seres humanos asesinados en Colombia siguen siendo cifras, pura estadística.

No saben acaso los colombianos que las reses se engordan con anabólicos y esteroides. Que comerse un filete de novillo robusto, es como ingerir la macana asada de un fisicoculturista. Que a los pollos bobos, embutidos en jaulas donde no pueden moverse, se les altera su ciclo natural con bombillos permanentes para que coman a toda hora. Y que se inflan con inyecciones de hormonas y se congelan con nitrógeno. Que la leche dura meses en los anaqueles de los almacenes porque está llena de formol. Sí, el mismo con el que se preservan los cadáveres para que los deudos puedan llegar desde lejanos lugares a llorar a sus muertos, porque se los llevaron cánceres de todo tipo, producto del consumo de tanto transgénico. Que los cerdos –salvo uno- corren suertes similares y que la falsa miel es un negocio mundial tan rentable como el maíz.

Si alguna cosa comemos es porquerías. Bien empacadas y con la publicidad como soporte. Entonces, cuál es el escándalo ahora. Pues que afecta a un deportista, a uno de esos escasos nacionales que a través de la actividad física desmedida y sacrificante, lavan la imagen de esta nación podrida. Por qué no contarle a la sociedad de consumo, la cantidad de inmundicias que nos meten por los ojos y engullimos como gallinazos. Los tomates cruzados con genes de salmón para que soporten las heladas o las fresas bañadas con aguas putrefactas o los plátanos con pesticidas o las cantidades industriales de glifosato con las que se acelera la maduración de todo, menos de esta sociedad.

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¡Ya ni medios!

No puede ser que los accidentes en las playas de Cartagena –que no ha dejado de ser un paraíso de prostitución donde la captura de la madame elevó las tarifas- copen una semana la atención de los medios y apenas se mencionen de soslayo los nombres de las mujeres asesinadas por liderar procesos de restitución de tierras o sustitución de cultivos de uso ilícito en sus regiones. Por supuesto que nadie debería morir atropellado por una lancha o un jet sky, mientras disfruta de sus vacaciones, pero como en tantas otras situaciones, esto obedece a la falta de control y a la imprudencia generalizada. Otra cosa, son los asesinatos. Entre uno y otro hecho noticioso, los medios ocultan la gran tragedia nacional.

Los noticieros nacionales cuya influencia sobre el colectivo sigue siendo muy alta, se detienen en noticias a las que exprimen hasta la saciedad con morbo y amarillismo, sin llegar a cubrimientos serios que descubran el fondo de los asuntos. Y pasan por encima de acontecimientos trascendentales, de sucesos que podrían –y de hecho lo harán- definir el rumbo de la patria. Basta sobreponer el mapa de los líderes sociales asesinados en Colombia, con el de las pasadas elecciones, para descubrir que el exterminio está socavando las posibilidades de cambio que surgen desde las comunidades periféricas de la nación. Y mientras ello ocurre, se lavan las manos con actos de doble moral, como no cubrir y menos trasmitir las temporadas taurinas. Hipócritas.

A esto hemos llegado como sociedad, a la sobrevaloración animal y la subvaloración humana. A que una destacada columnista bogotana se refiera a su perra como “mi amiga vulnerable”, “…el ser que yo amaba” y en un paroxismo visceral: “…mi animal, que es la persona a quien más quiero”. A protestar por la lidia de un toro de casta, que con su bravura y trapío puede salvar su vida con el indulto; pero en cambio el valor y la voluntad de un ser humano para defender sus derechos y los de sus iguales, son una condena a muerte en un país que degüella reses con la misma naturalidad con la que mata seres humanos. No se llenan los tendidos de ninguna plaza, porque hemos tomado conciencia, dicen algunos falsarios. Mienten. Categorizan. Defienden al gato y condenan al ratón. Hierven langostas y anhelan caviar.

Las chuzadas vuelven a ser noticia en este país de sapos. Otro escándalo sale a luz, seguramente para cubrir otro, algo o a alguien. Otra filigrana del secreto. Uno más colosal se trata de ocultar, así como se tapan los soles de los generales para que nunca cese la horrible noche. Ojalá Farah logré salir limpio de este impase, pero lo cierto es que cayó de perlas para dejar de repetir accidentes previsibles, pequeños robos, cachos de farándula y desviar de nuevo la atención.

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Acerca del Autor

Lizandro Penagos

Nací en San Antonio Abad del Páramo de Nuestra Señora de los Dolores. Un pueblecito del Tolima que produce café, ganado y mucha lástima. Hizo parte de La Cortina, un muro imaginario de las guerrillas liberales, gérmenes de las FARC-EP. Allí nací, sietemesino. Allí mataron a mi padre hace más de 20 años. Allí vive aun mi madre, sola. Y allí pienso escribir literatura. Mientras tanto, hago y enseño periodismo en la UAO. Hice televisión y una hija. Publico donde me dejan y sobre cómo leo la existencia.

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