Martes, Septiembre 25 2018

.

Polvo de los caminos

Están en todas partes. En Loboguerrero o en La Tebaida. En La Línea o en Gualanday. En Boquerón o en La Variante. En La Herradura o en Cansaperros. En La Pintada o en Letras. En Caucasia o en Circasia. En Puerto Boyacá o Puerto Gaitán. En Cumaral o en Ipiales. En donde haya carros y …

Polvo de los caminos

Están en todas partes. En Loboguerrero o en La Tebaida. En La Línea o en Gualanday. En Boquerón o en La Variante. En La Herradura o en Cansaperros. En La Pintada o en Letras. En Caucasia o en Circasia. En Puerto Boyacá o Puerto Gaitán. En Cumaral o en Ipiales. En donde haya carros y carretera. Y en donde no. En una curva, en un garaje, en un parqueadero, en un trancón, en una estación de combustible o de Policía. Llegan adonde haya plata y hombres. Suelen migrar con las bonanzas. Cargan dos maletas y una va llena de zapatos. Huelen a perfume barato y se maquillan con exageración para atenuar las cicatrices y el dolor. El clima no determina sus ropajes. Deben mostrar. Son las putas. Las mujeres que, por una suma que pocas veces supera los 20 mil pesos, prestan servicios sexuales a quienes transportan y movilizan al país. Hacen parte de la economía de la vía. Miles -tal vez millones-, de personas que sobreviven de pescar en el río de asfalto. Náufragos del sistema para los que la orilla de la carretera es la salvación.  

               Pero a cuento de qué hablar de la considerada la profesión más antigua de la humanidad. Qué de nuevo puede decirse de una práctica tan común como abrir y seguir caminos. Prostitución hay en todas partes. De alto y bajo vuelo. De hombres y de mujeres. De las que cobran millones y de aquellas que se venden por necesidad. De las que se promocionan en la red o en alguna telenovela, en un catálogo para gente bien o en un noticiero de televisión. Al fin que como dijera el italiano Roberto Gervaso, prostituta no es quien se entrega a tantos por placer, sino quien no se entrega a ninguno por cálculo. En los pueblos, en las ciudades intermedias y en las grandes urbes, las ubres sobresaltadas se venden al mejor postor. Entonces, por qué hablar de las putas de carretera. Por una razón elemental: las vías son las venas de una nación y por ellas fluyen los padecimientos de un organismo vivo con fallas en varios sistemas.

               Cuando ya no solo a las calles de las ciudades sino a las carreteras de un país salen los mendigos y las prostitutas, los síntomas han empeorado. Son caminos duros y oscuros. Desde siempre los bombillos rojos indicaron que en el lugar había servicio, pero ahora el domicilio satisface al cliente. Ya no hay creencias ni malos agüeros, ya no se sala el carro, ya el camarote de la tractomula es cuarto de motel, de residencia. Las zonas de tolerancia están en vía de extinción porque la prostitución migró de espacio y de personas. Si cada vez es menos necesario el amor, si cada vez más personas contraen matrimonio por intereses económicos o sociales, no debe asombrarnos que cada vez lleguen más hijos de estas mujeres al mundo.

               Ahora que Colombia se rasga las vestiduras por tanta violencia en contra de los niños, valdría preguntarse qué estamos haciendo para evitar que la pobreza, que la marginalidad, que la necesidad, que la falta de educación y oportunidades, arroje a tantas mujeres a la vía y a tantos niños a la calamidad. A familias disfuncionales, a padres violadores, a madres maltratadoras, a progenitores que contrariando cualquier precepto lógico se convierten en asesinos de sus hijos.

               En cada rincón de Colombia donde sufra un niño, estamos incubando violencia. Multiplicándola. Engendrándola. El país, los medios, la academia, la sociedad, la familia, todos sin excepción debemos arrojar esa máscara hipócrita que no nos ha permitido mirarnos a los ojos, a la cara, frente a frente. Y decirnos que ni la guerra es solo con las guerrillas, ni la paz es una cuestión de papeles. La mayor parte de la violencia en nuestro país es generada por los ciudadanos. Ha penetrado todas las hendijas sociales, las grietas económicas, las condiciones humanas. La catástrofe es que ya hizo metástasis en la célula más importante del organismo social, en la familia, y ya no respeta ni siquiera a los niños. Pareciera que cuanto más avanza lo que hoy llamamos civilización, más barbarie se evidencia.

               Como en el tango maravilloso de Agustín Irusta, el polvo de los caminos oculta el llanto de ausencia tan larga. Cuando la ausencia es muy larga la vida se amarga de tanto esperar. Estos encuentros, entre choferes y prostitutas, hacen parte de los desencuentros de una sociedad resquebrajada. Y no alude esta situación a un señalamiento ético o moral, y menos religioso, todos vivimos de vender una habilidad y todos suplimos con ello nuestras necesidades. La cuestión reside en ese lado oscuro de las relaciones sociales y de la democracia en donde hombres y mujeres caminamos sobre un filo peligroso. De un lado está el comportamiento humano, y del otro, el comportamiento personal. De la sumatoria de los dos, emerge el comportamiento social. De lo elemental y lo complejo.

               Son mujeres y hombres condenados al abandono. A la necesidad física y económica. Desde perspectivas diferentes, claro. Mujeres abandonadas por sus parejas, casi siempre por sus padres, que a su vez abandonan a sus hijos para conseguir el sustento. Se abandonan a su suerte, al maltrato, a una enfermedad, han dejado a un lado la dignidad, acaso la decencia. Hombres que abandonan -así sea temporalmente su hogar- debido a los largos trayectos. Adiestrados en el machismo, la posesión y la ignorancia. Patriarcas de una mula que detienen en escenarios donde se les ofrece comida, dormitorio y sexo. Y para el carro, parqueo, vigilancia, lavado y mecánica. Pagan por un servicio que no quisieran jamás para sus hijas. Ya es histórico el examen al que los someten sus esposas. Todos se engañan y juegan a no saberlo. Equilibrio. Desidia. Compensación. Simulación. Son tiempos difíciles. Tener un trabajo, no importa cuál, es una bendición. El hambre acosa. Los hijos esperan.

               Y es así en todas partes. En Ventaquemada o en Mercaderes, en Ponedera o en Hatillo de Loba, en Solita o en La Gloria, en Támara o en Rosas, en Sabanalarga o Paratebueno… y hasta en Anapoima y en Apulo, adonde llegan en helicóptero quienes tienen a los pobres en las calles y carreteras de Colombia.

 

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

12 + thirteen =

Acerca del Autor

Lizandro Penagos

Nací en San Antonio Abad del Páramo de Nuestra Señora de los Dolores. Un pueblecito del Tolima que produce café, ganado y mucha lástima. Hizo parte de La Cortina, un muro imaginario de las guerrillas liberales, gérmenes de las FARC-EP. Allí nací, sietemesino. Allí mataron a mi padre hace más de 20 años. Allí vive aun mi madre, sola. Y allí pienso escribir literatura. Mientras tanto, hago y enseño periodismo en la UAO. Hice televisión y una hija. Publico donde me dejan y sobre cómo leo la existencia.

Noticias Relacionadas