miércoles, abril 21 2021

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¿Pero qué tanto es eso?

Está más claro que siempre que en Colombia no pasa nada por nada. No hay consecuencias y lo real se torna inverosímil; la verdad, una mentira constante.

¿Pero qué tanto es eso?
Crédito de foto: Especial para 90minutos.co

Está más claro que siempre que en Colombia no pasa nada por nada. No hay consecuencias y lo real se torna inverosímil; la verdad, una mentira constante; y la realidad, un espejismo. La consigna nacional pareciera ser que nada es tan grave como parece y que nadie puede torcer el destino aciago de esta patria que no deja de ser boba. Aunque todos los días algunas personas tengan ese don maravilloso de torcer el destino de alguien. Aquí pasa de todo y no pasa nada. El confinamiento es para los más pendejos. Y el pico y cédula, una medida draconiana en la ciudad de hierro. Se hace más escándalo por una palabra mal dicha por el fantoche que oficia como presidente, que por un hecho trascendental. Decía Jaime Garzón hace años que aquí la gente se asombraba porque él decía hijueputa en televisión, pero ver niños mendigando en los semáforos les parecía folclor. No hemos cambiado. Hemos empeorado. En el fondo subyace la pregunta: Pero, ¿qué tanto es eso?

Debe haber sido la música la que instaló esta idea en el colectivo. Una canción del mejicano Christian Nodal, No te contaron mal, reza: “No te contaron mal, sí estuve con alguien más. ¿Qué te hace daño si no fue en tu año? ¿Qué tienes que opinar? Si no fueron muchas, solo fue con una. Si andaba borracho era culpa tuya. Y al final de cuentas, una no es ninguna”. Debería ser el himno nacional. La desfachatez de culpar siempre al otro y minimizarlo todo al punto de desaparecerlo. Es cierto que el lenguaje construye realidad, pero también que la esfuma. Es probable que en nuestro país haya consecuencias, pero estas cubren solo a los más pendejos. A los pobres. Los de arriba se arropan con la cobija del poder y que siga la rumba y el derrumbe. Dirán que es resentimiento y no quiero parecer carroñero, pero mientras el gobierno persigue ciudadanos enfiestados, el ministro Carlos Holmes (ojalá pueda descansar en paz) con guayabera y güisque en mano, disfrutaba de una fiesta privada amenizada por Otto Serge. ¡Ay hombre! ¿Qué tanto es tantito?

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Nada trasciende y las exhaustivas investigaciones se archivan y engavetan. Los más grades y escandalosos actos de corrupción son anécdotas risibles. Se caen los puentes y se caen un par de funcionarios de bajo rango. Se compran votos y se financian campañas con dineros de los narcos y el remedo de democracia sigue campante. Se roban empresas completas y se roban hasta ríos para ahogarse en dineros sucios llenos de muertos. No importa si es el Ranchería o el Cauca. Se señala al vecino y el rancho propio ardiendo. La honestidad es un defecto. Todo se vuelve chiste y gracejo. Meme. Pobre país si así no fuera, si no tuviera este pueblo sufrido e ignorante la capacidad de emborracharse y reírse de sus desgracias. Paz, libertad o amor, son términos más prostituidos que nuestra esperanza. Y no la Gómez. Un amigo que hace memes me envió este: “Ya no puede uno acostarse con una mujer y tener sexo con ella, porque es la novia”.  ¿Hasta dónde hemos llegado?

Colombia es un país donde una pequeña rubia con fama de tonta (solo fama), cree saber más que los médicos y formula. Receta, sería más ajustado. Y a los médicos no les pagan. Y al personal de clínicas y hospitales le dicen héroe, tal vez porque solo su vocación los protege. Y al presidente le pagan por presentar un programa de farándula. Y mientras tanto en el primer mes de este año ocurre una masacre cada 4 días y un líder social es asesinado cada 41 horas. La Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) advirtió que desde 2016, cuando se firmó el Acuerdo de Paz, no se registraba un inicio de año tan violento. Pero ¿qué tanto es eso? Enfrentamientos armados, amenazas constantes y asesinatos no cambian el contenido de los noticieros que solo hablan de covid-19, de muertos y contagiados, de Unidades de Cuidado Intensivo al borde del colapso. De porcentajes de ocupación. Y nadie dice que lo que tenemos es un sistema de salud precario que no tiene camas para tanta gente. Así de sencillo. ¿Y las vacunas cómo para cuándo? Colombia, es el tercer peor país en el manejo del covid-19. Pero seremos el primero.

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Ahora solo falta que copiemos a China y se apruebe la prueba anal para detectar el virus. No quiero imaginarme las filas de seguidores del gran colombiano. Si él los mea y les dice que está lloviendo, es probable que los vuelva a clavar y les diga que es un tratamiento más barato y efectivo. Nada invasivo, pero más eficaz. Pero ¿qué tanto es eso? Si Nicholas Christakis, sociólogo, médico y profesor Ciencias Sociales y Naturales de la Universidad de Yale, planteó que después de la pandemia puede venir una época de desenfreno sexual y derroche económico, pues vámonos preparando. Recordemos que España después del Franquismo -y en general cualquier país después de sátrapas en el gobierno-, entró en una etapa de desenfreno producto de las limitaciones impositivas. Baste recordar cómo después del confinamiento total, en el primer puente festivo, el país se volcó y salió despavorido a hacer lo que fuera. Eso es normal. Encierre una fiera a pan y agua y suéltela con una presa de carne al frente a ver qué pasa. Si yo con unos huesitos casi me enloquezco. Pero ¿qué tanto es eso? ¿Qué tanto es tantito?

De modo pues que aquí una vez más pasan cosas increíbles que no tienen ninguna consecuencia. Bueno, ninguna derivación trascendente. Tres días de duelo por la muerte de un funcionario público y ni un segundo por medio millar de líderes sociales. Importa más el chorrito de sangre que emanó de la naricita de James Rodríguez, que toda la que ha manchado el suelo patrio producto de balas asesinas. Nadie al parecer tiene pruebas, pero tampoco dudas, de quiénes son y dónde empollan las Águilas Negras. Importa más quién dirija la selección de fútbol que el país. Los aviones atestados y a los pasajeros de buses intermunicipales cobrándoles pasaje doble para que vayan aislados. Las tienditas obligadas a cerrar y los almacenes de grandes plataformas llenos. Ejércitos de domiciliarios recorren las calles como si su necesidad los hiciera inmunes. Policías imponiéndoles multas a personas iguales de necesitadas que ellos. Soldados patrullando al enemigo invisible. Y los toques de queda más violados que un perro caliente.

Ya volverá la normalidad. Imaginen cómo será la próxima Feria de Cali: salsa y descontrol. El Carnaval de Barranquilla: polvo y marimondas extremas. La Feria de Manizales: cachos y olé. El Carnaval de Negros y Blancos en Pasto (Nariño y Cauca): procreación a lo cuy. Las Fiestas de Corraleja en Sincelejo: más cachos y embestidas. Las Fiesta del Burro en San antero: saltos con garrocha. San Pedro en Tolima y Huila: licor a lo cerdo y tamales desamarrados para engullir. La Luna Verde en San Andrés: bareta y mar. El Carnaval del Diablo en Riosucio: todos por cuenta de Mefistófeles. Y las catorce mil ferias y fiestas de este pueblo chupador: pues desorden, trago, comida en exceso y sexo desenfrenado. Pero ¿qué tanto es eso? Como canta Tito Torbellino en ¿Qué tanto es tantito?: “Me he de comer esa tuna, aunque me espine el hocico”.

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Acerca del Autor

Lizandro Penagos

Nací en San Antonio Abad del Páramo de Nuestra Señora de los Dolores. Un pueblecito del Tolima que produce café, ganado y mucha lástima. Hizo parte de La Cortina, un muro imaginario de las guerrillas liberales, gérmenes de las FARC-EP. Allí nací, sietemesino. Allí mataron a mi padre hace más de 20 años. Allí vive aun mi madre, sola. Y allí pienso escribir literatura. Mientras tanto, hago y enseño periodismo en la UAO. Hice televisión y una hija. Publico donde me dejan y sobre cómo leo la existencia.

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