viernes, noviembre 27 2020

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País de sinvergüenzas con eñe

Qué más debe pasar para que Colombia levante la voz y la cabeza, para que se sacuda y cambie. Pasa de todo y no pasa nada.

País de sinvergüenzas con eñe
Crédito de foto: Especial para 90minutos.co

Uno puede leerse de cabo a rabo El príncipe y no encontrará ni ñola de aquello que asegura que el fin justifica los medios. Jamás escribió Nicolás de Maquiavelo semejante principio mafioso que se repite de manera incesante para justificar, eso sí, cuanta arbitrariedad intenta explicarse en esta nación llena de ñongos. Lo que está pasando en Colombia es que todo se justifica ya no con argumentos, sino con esguinces y mañas. La derecha mafiosa y paramilitar en nuestro país comprueba todos los días que lo único que importa es la riqueza a como dé lugar: no importa si es con ñame, ganado, narcotráfico, minería, corrupción o muerte, con tal de acceder y entronizarse en el poder. La Casa de Nariño, donde debería habitar la democracia y la justicia, es el lugar de la inmundicia, la porquería, la hediondez y la putrefacción moral de la nación. Como a un ñoño cuyo ñaque le lanza desperdicios para engordarlo y venderlo al mejor postor, o sacrificarlo para un festín, así el patrón enloda a su títere para hacerlo cada vez más detestable.

Y él, sin inmutarse y de ñapa, aparece en todos los medios y canales, para recomendarle a sus ñapangos lavarse bien las manos. Él, un Poncio Pilatos de la política al que ni su carácter ni sus huevos, le alcanzarán para acercarse a la figura de Judas Iscariote. Lo podría salvar la traición a su líder, desdeñarlo. Podría cambiar su lugar en nuestra historia, apuñalándole su ego. Pero no, sigue cumpliendo sus órdenes y burlándose del país. Antonio Caballero debe estar preocupado. Alguna vez dijo que en Colombia cada presidente era peor que el anterior, pero que Andrés Pastrana estaba tomando una ventaja inalcanzable. Pues bien, creo que fue superado por este muñeco adueñado del circo y ceñido al puño del poder diseñado para él. En su columna del 1 de febrero en Semana, Permiso para reír, se refiere a este como un gobierno de payasos. “Tramposo, incompetente, peligroso. Pero, ante todo, chistoso”. Yo no creo, esta situación no es para reírse. Otra cosa es que seamos el hazmerreír del continente. Les cayó el coronavirus de la China, como una gran muralla para cubrir todas sus cagadas y desgreños.

Qué más debe pasar para que Colombia levante la voz y la cabeza, para que se sacuda y cambie. Pasa de todo y no pasa nada. Para que los pañuelos se alcen y no solo sequen lágrimas, mocos y babas. El sistema está montado sobre unas bases donde todo se justifica. Donde todo se hace leña. Somos un país de sinvergüenzas. Los de arriba y los de abajo. Los que dominan y los dominados. Y los de la mitad y los de todos los lados y posiciones. Por infligir y por soportar. Por encañonarnos los unos y los otros, encoñados del individualismo. A la luz de la información que cada vez se filtra con mayor rapidez, estamos ante un Estado y un gobierno mafioso, que no se pronuncia ante la incautación de cocaína en la finca de un embajador, pero sí persigue al marihuanero del barrio. Y no ahora, sino hace décadas, el poder y la mafia están en contubernio. Es una cañería eterna. No importa si fue con los dólares de los marimberos, o los de los Rodríguez, o los de Mancuso, o los de Odebrecht, o los del tal Ñeñe, esa uña sucia que pinta la otrora niña bonita. No importa si López o Pastrana, si Uribe o Santos, o Duque y sus pezuñas. Con Fiscalías de bolsillo, con Comisión de Absoluciones y no de Acusaciones, con entes donde los que investigan son los compinches y con una justicia tan corrompida como el resto, Colombia va por el despeñadero. Una justicia que deja tranquilo a un senador con 269 procesos y retira a los opositores por una o dos investigaciones en curso. Son los dueños también de una justicia desteñida de ética y teñida de pus.

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Este gobierno es lo peor que le ha ocurrido a Colombia en el momento histórico del continente que se desgañita en protestas y se desengaña. Y antes de que cualquier uribista pura sangre (y no me refiero a los caballos) salte, tampoco creo que el triunfo de Petro hubiera cambiado el panorama. Contra la metástasis del Estado y la sociedad, y tantas ñácaras en el alma, es poco lo que puede hacer un solo hombre. El cambio nunca llegará desde arriba ni en cuatro años. Es ingenuo pensar que la salida está en las manos sucias e infestadas de sangre, de quienes nos han gobernado por siglos. Ya no se matan caudillos como Gaitán o Galán, es cierto, ahora su proyecto es sistemático y periódico: socavar las bases, asesinar a los líderes sociales y revivir al enemigo, porque el cambio asomó la cabeza y les pegó un susto en las pasadas elecciones. Fue el que suscitó el cimbronazo corrupto que activó todas las formas para hacerse de nuevo con el poder. Todo lo que ahora se cubre con un tapabocas. Con una pandemia de miedo. Con un virus que matará menos gente, que la avaricia, que esa guerra oculta que por 50 años culpó con saña a las Farc de todas las desgracias de la nación.

Pero por qué no reaccionamos. Por qué si en las redes circula la contra información a los medios tradicionales. Por qué si es general el malestar ante los medios cuyos propietarios son los dueños del poder y quienes eligen a sus ñañas para gobernar. Me atrevo una respuesta: la tarea ya está hecha, el triunfo de la manipulación es que el manipulado no sea conciente de su situación. Gonzalo Guillén o Daniel Coronel o María Jimena Duzán o Julián Martínez, o cualquier periodista sensato, debe informar lo que la mayoría se niega a aceptar. El periodista argentino Martín Caparrós en su columna Contra el público, publicada en febrero de 2020 para New York Times en español, aseguró que si bien en algún momento se dijo que hacer periodismo es contar lo que alguien no quiere que se sepa, en tiempos como estos se puede suponer que hacer periodismo es contar lo que muchos no quieren saber. Hay un estreñimiento del entendimiento, en medio de tanto desgreñe.

Por cuenta de las redes, de la profusión incesante de información falsa que se masifica en tiempos asombrosos, vivimos una era de la desinformación donde ya no solo es necesario informar, sino derrumbar informaciones falsas que hacen de la tarea periodística y la construcción de contenidos, un desafío permanente que requiere de una transformación del ejercicio. Se miente sin una ñizca de vergüenza. Se reseña por encima para que nadie se adueñe del saber de fondo. El mundo se ha solidarizado gracias a un virus que no solo ataca a los pobres. Y se evidencia que el periodismo tiene el poder de cambiar el mundo. Si quisiera, si se desempeñara bien. En ese sentido el español Javier Cercas, Premio Planeta 2019, asegura que hoy los periodistas son más necesarios que nunca y lo dice con un especial énfasis la necesidad de investigar en periodismo. Es probable que con tanto distractor tecnológico y con las fake news de moda, hoy tengamos la impresión de que se cuentan más mentiras que nunca. Con esa añeja premisa nos tienen ñatos. Pues bien, para Cercas, eso no es verdad, es falso. Y explica, “lo que ocurre es que la mentira tiene mayor difusión que nunca”. Y añade, con mayor contundencia: “Hoy no basta con contar la verdad, hay que destruir las mentiras, sobre todo las grandes mentiras escritas como grandes verdades”.

Hoy las redes sociales no tienen filtros y menos la posibilidad efectiva de controlarse y por eso son el campo perfecto en el que la mentira se propaga como un virus. Los efectos de una viralización son impredecibles, pueden poner un presidente o tumbar una idea construida hace siglos. Dejar algún inepto en el poder o asustar a todo el mundo, demostrando su letalidad en cuestión de minutos. Hace rato se habla de una crisis de los medios, pero se comprueba con la evidencia del coronavirus, su tremenda eficacia. Valdría preguntarse si dicha crisis obedece al modelo de negocios o, de alguna manera, a la incapacidad de redefinir el rumbo del periodismo. Dos semanas siguiéndole el juego al amarillismo y a ciertos intereses: es “todo el mundo” cuando las muertes afectan las potencias, pero “no es noticia” cuando los cadáveres se apilan en África o Latinoamérica. Hasta cuándo ese desequilibrio abismal entre las noticias importantes y las urgentes, las pasajeras y las que podrían definir incluso nuestro futuro como especie. Y aquí va otra respuesta aventurada: hasta cuando la educación defina el pensamiento crítico como el principio sobre el que se construye un ser social y solidario, que no reaccione a los resortes del miedo y de la humillación. Sino que se preñe de análisis y argumentación, para que las denuncias periodísticas pasen del escándalo a las consecuencias, y no sean solo señuelos para atrapar audiencias, para que los sueños se vuelvan realidad, para que la vida siga su rumbo, y no la muerte, como si nada.

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Acerca del Autor

Lizandro Penagos

Nací en San Antonio Abad del Páramo de Nuestra Señora de los Dolores. Un pueblecito del Tolima que produce café, ganado y mucha lástima. Hizo parte de La Cortina, un muro imaginario de las guerrillas liberales, gérmenes de las FARC-EP. Allí nací, sietemesino. Allí mataron a mi padre hace más de 20 años. Allí vive aun mi madre, sola. Y allí pienso escribir literatura. Mientras tanto, hago y enseño periodismo en la UAO. Hice televisión y una hija. Publico donde me dejan y sobre cómo leo la existencia.

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