Lunes, Octubre 15 2018

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Un duro viaje: venir desde el Pacífico sur hasta Cali para estudiar

Entre 18 horas y tres días se demoran los estudiantes del Pacífico sur para llegar a la Uniclaretiana y recibir clases presenciales una vez al mes.

Un duro viaje: venir desde el Pacífico sur hasta Cali para estudiar
Crédito de foto: Jaír Coll

“Llegar aquí a Cali para estudiar es difícil. Vengo de Puerto Merizalde, corregimiento de Buenaventura. Debo ir en lancha desde el río Naya hasta dar al mar, que es impredecible. Puede estar calmado algunas veces, pero en muchas otras, caudaloso. Una vez me hundí y me tocó nadar nueve horas para llegar a la orilla”.

La mujer que cuenta dicha historia se llama Aura María Núñez. Tiene 36 años y cursa el programa de Trabajo Social en la Uniclaretiana, en el sur de la capital vallecuacana. Hace parte de los 300 estudiantes que atiende la sede de Cali, la cual cubre el Pacífico sur. El 80 por ciento de las personas estudian Trabajo Social. El 12, Antropología. Y el casi el ocho por ciento, se especializan en Gerencia de Servicios Sociales.

Aura agrega: “Me motiva estudiar, porque busco mecanismo para ayudar a mi comunidad. Ha sido muy golpeada por la violencia. Y aunque se haya firmado el proceso de paz con las Farc, el conflicto aún no acaba. Y uno busca mitigar el dolor que ha sufrido mucha gente, incluyéndome. Entonces el aporte que uno hace a su comunidad es estudiar”.

Mientras espera graduarse, Aura se gana la vida en trabajos varios que lleva a cabo en su territorio. Vende catálogos de revistas o hace de heladera.

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Es viernes 15 de septiembre. Es la fecha escogida para empezar la jornada presencial: tres días al mes. El resto de actividades académicas son virtuales. Los alumnos, afros en un 85 por ciento, esperan a que inicie una conferencia sobre masculinidades y feminidades para luego ir a las aulas de clase a eso de las siete de la noche. Muchos están despiertos desde muy temprano. El viaje no ha sido cómodo.

“Vengo desde Timbiquí, Cauca. Antes de coger un transporte de carretera, estuve tres horas en lancha”, refiere Solany Longo Garcés. Lo dice sin asomo de queja. “Estudio Trabajo Social, porque que con esta carrera puedo trabajar en pro de mi comunidad. Pienso trabajar en El Consejo Comunitario Local de El Cuerval, que está en mi municipio, o en la Defensoría del Pueblo”.

La conferencia sobre masculinidades y feminidades ha terminado. Los estudiantes se dirigen a sus aulas de clase. Uno de ellos es corpulento y tiene rastas. Su nombre es Eder Javier Camacho. Tiene 30 años y viene de Guapi, Cauca. Quiere ser trabajador social.

“¿Por qué trabajo social?”, se pregunta. “Porque en nuestras comunidades se evidencian diferentes temáticas que necesitan una intervención urgente de ese tipo de profesionales. En mi caso, he tratado con personas en condición de violencia intrafamiliar, pero más que nada de gente que ha sufrido el flagelo de la violencia. Esto a causa de enfrentamientos entre el Ejército Nacional y grupos ilegales”.

Eder toma una pausa y continúa: “Debemos ayudar a ese tipo de comunidades para que tengan paz, un verdadero progreso, un verdadero bienestar colectivo con un enfoque real que cambie la dura realidad que vivimos en el Pacífico colombiano”.

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Cerca de Eder, está Enilsa Romero Caicedo. También estudia Trabajo Social. Tiene 45 años y es proveniente de Iscuandé, Nariño. Habla sobre su municipio:

“Ha sido muy azotado por la violencia. En el 2001 casi toda la población fue desplazada. Yo también. Los paras llegaban a matar a la gente y uno no sabía cuándo le iba a llegar su hora. Cuando la gente empezó a regresar años más tarde, Iscuandé ya no era el municipio de antes. Un pueblo sano en donde la gente se divertía sanamente y en el que uno se interesaba por el vecino. Pero de cierto tiempo para acá ya a nadie le interesa la vida de nadie. La gente se ha vuelto insensible”.

Y a propósito del estudio, Enilsa señala: “Ha sido muy difícil seguir esta carrera, porque yo vivo muy lejos. Me demoro entre uno o tres días para llegar a Cali, dependiendo de las complicaciones del viaje. Y parte económica también influye”.

Claudia Leal, directora para la Regional Pacífico Sur de la Uniclaretiana en Cali, reiteró aquella dificultad: “Los estudiantes desertan por muchas razones y una de ellas es lo económico, a pesar de que esta Universidad tenga precios muy asequibles, pero la gente en los territorios vive unas circunstancias difíciles. Y a esto se suma venir hasta Cali desde zonas tan alejadas, un viaje que tiene costos muy importantes cada mes. A veces no pueden asumirlos”.

Son las nueve de la noche. Las clases han terminado. Los estudiantes regresarán el sábado y domingo. Cuando concluya el fin de semana, deben de darse prisa para llegar a la Terminal de Transportes de Cali. Deben estar de vuelta en su territorio. Ojalá, al día siguiente.

Nota realizada por Jaír F. Coll, estudiante de Periodismo de la U. Autónoma

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