Jueves, Octubre 17 2019

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Oveja Negra

Ojalá las elites colombianas leyeran el libro y aplicaran sus conceptos, para que no sigamos siendo los parias de América Latina.

Oveja Negra
Crédito de foto: Especial para 90minutos.co

Antes de que se me vengan encima los kamikazes defensores de las negritudes o de los afrodescendientes, o de los raizales, o de los palenqueros, o de los cimarrones, o de los mulatos, o de los zambos, o de cualquiera que por su color de piel se sienta agredido por este título, quiero decirles que no me voy a referir a los negros. Ni a las negras claro. Mejor dicho, esta no es una columna sobre algún grupo étnico, sino sobre una situación que compete a toda la raza humana. Sobre todo a una especie muy particular que -como en muchos otros aspectos-, tampoco ha encontrado el etnónimo correcto para denominarlos: los colombianos.

Y tampoco versará en pleno sobre esa metáfora de la sabiduría popular que nos enseñó que la negra era la oveja diferente. Me referiré a un libro de la editorial Oveja Negra, que con una cintilla del mismo color sobre su sello, da cuenta del medio siglo de la editorial que se hizo famosa en el mundo por haber publicado Cien años de soledad y buena parte de obra del primer Premio Nobel de Colombia. El texto se llama La desigualdad en Colombia (2018) y en él, ocho reputados economistas intentan responder por qué Colombia es -según la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos)- “el país más desigual de Suramérica, el segundo más desigual de Latinoamérica después de Haití y el cuarto en el mundo”.

La edición del libro dista mucho de ser buena, pero su contenido es excepcional, a pesar eso sí, de la densidad del tema. La mayoría de los autores, cita los postulados de Thomas Piketty, un joven prodigio francés que con su libro: Capital in the 21st Century (Capital en el siglo XXI), tiene revolucionado el mundo económico desde 2014. Contiene un duro ataque al capitalismo y un rasgo que considera inherente a su funcionamiento: una creciente desigualdad que tarde o temprano será “intolerable”.  La BBC de Londres ha comparado su impacto con el que tuvo Adam Smith en el siglo XVIII, Karl Marx en el XIX y John Maynard Keynes en el XX.

Ya otros se habían referido a la desigualdad por supuesto, pero lo que el nuevo genio descubre, es que la desigualdad no se reduce por el simple bienestar de la economía o, dicho en otras palabras, por el crecimiento del capital. Sino que integra el concepto de crecimiento económico con el de distribución de ingresos salariales y riqueza. Y va más allá, pues asegura -con datos producto del análisis comparativo de 30 países en los últimos 300 años- que a la larga, la desigualdad ha afectado el crecimiento económico del mundo.

Mejor dicho, que los ricos serían más ricos si se hubiesen preocupado por redistribuir su riqueza para reducir (eliminarla es una utopía) la desigualdad. Según The Economist hoy el 1% de la población mundial tiene un 43% de los activos del mundo: el 10% más rico maneja el 83%. En Colombia más que la pobreza (el 1% de la población acapara el 44% de la riqueza), uno de los rasgos más distintivos de nuestro atraso, es la desigualdad. Las dimensiones son muchas, pero algunas de las más evidentes son: de género, étnicas, rural-urbanas, entre regiones del país, de acceso a servicios sociales (salud, educación, pensiones, etc.) y públicos; y la desigualdad en la distribución de riqueza. Aquí lo que se ha repartido siempre es pobreza. Nuestros coeficientes GINI en varios aspectos (propiedad raíz –tierras y construcciones-, acciones en empresas y activos financieros –depósitos y bonos-) hoy están peor que en la década de los ochenta del siglo pasado.

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Las raíces de esta desigualdad histórica en nuestro país se ubican en la Colonia y como no, en la altísima concentración de la propiedad de la tierra, que se acentuó en la mal llamada Independencia. No recibimos flujos migratorios como Argentina o Chile, y menos, políticas de Estado orientadas a favorecer a los más pobres, como lo hizo Lula da Silva en Brasil, quien en siete años sacó de la pobreza a más de 30 millones de brasileros y los incorporó a la economía del mercado, con programas sociales elogiados incluso por sus detractores. Una tasa de desempleo menor que la de EE.UU., una educación para todos y una clase media con mejores empleos y salarios, permitió un consumo creciente. Hoy, el hombre, el niño pobre que probó el pan a los siete años, está en la cárcel. Aquí o allá los ricos siguen equivocados y no soportan la búsqueda de la equidad. Y su iniquidad los carcome.

El libro lo abre José Antonio Ocampo con un recorrido histórico y comparativo, que analiza la evolución de la desigualdad y los factores más determinantes para que esta permanezca; luego, otro caleño, Mauricio Cabrera, destaca las intenciones gobiernistas históricas de reducir la pobreza y la desigualdad, con avances relativos, pero con una dato relevante: no hay mucha información sobre la concentración de la riqueza; Amylkar Acosta se detiene en la educación como política y estrategia clave para escapar de la trampa de la pobreza y cerrar la brecha de la desigualdad; Juan Manuel López Caballero se regodea más en el análisis de los conceptos teóricos y su valoración, que en la realidad socioeconómica concreta (resulta lógico, es el más rico de los ensayistas); el profesor Beethoven Herrera, como buen docente, examina la situación del país a contraluz de los razonamientos de Piketty; Bernardo García otorga en su reflexión, un corresponsabilidad entre ausencia del Estado y la coexistencia del narcotráfico; se incluye también un ensayo de Alfonso López Michelsen escrito en 1979 que, para vergüenza de todos, sigue vigente; y se cierra el libro con un texto a cuatro manos, sobre la desigualdad del ingreso en América Latina, escrito por expertos del Banco Interamericano de Desarrollo y el Banco Mundial.

Colombia entretanto sigue a contracorriente: con exenciones tributarias a los grandes contribuyentes, con reformas tributarias regresivas que atacan a los más pobres, con oligopolios que promueven la cartelización de las empresas y al rezago tecnológico que no le permitirá enfrentar los nuevos desafíos de la productividad. Y como si lo anterior no fuera grave, ensanchando la incertidumbre inversionista por una polarización política absurda, que no antepone los intereses de la nación a los de ciertos personajes, miembros ilustres de la kakistocracia nacional. El país se hacer trizas mientras el gobierno pareciera concentrar todos sus esfuerzos en desatender las lógicas que en el mundo imperan. ¡Cuánta ruindad y mezquindad!

Ojala no le suceda a Piketty lo que a todos los economistas (y al Centro Democrático), que se les va la vida explicando por qué lo que predijeron no sucedió. La cuestión es que según sus teorías, los ricos serían más ricos si se hubieran preocupado por reducir la pobreza y la desigualdad, distribuyendo ingresos, riqueza y algo de su capital. Solo una parte. Ojalá las elites colombianas leyeran el libro y aplicaran sus conceptos, para que no sigamos siendo los parias de América Latina, que comparte con el África al sur del Sahara, la desolación de la desigualdad y la incertidumbre de alcanzar gobiernos verdaderamente democráticos. Sin duda, la Oveja Negra dio en el blanco.

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Acerca del Autor

Lizandro Penagos

Nací en San Antonio Abad del Páramo de Nuestra Señora de los Dolores. Un pueblecito del Tolima que produce café, ganado y mucha lástima. Hizo parte de La Cortina, un muro imaginario de las guerrillas liberales, gérmenes de las FARC-EP. Allí nací, sietemesino. Allí mataron a mi padre hace más de 20 años. Allí vive aun mi madre, sola. Y allí pienso escribir literatura. Mientras tanto, hago y enseño periodismo en la UAO. Hice televisión y una hija. Publico donde me dejan y sobre cómo leo la existencia.

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