Viernes, Junio 22 2018

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Otro borracho, Anzoátegui y Príncipe

Antropófagos. No se me ocurre otra palabra para intentar abordar la sevicia estúpida con la que el periodismo nacional se ensaña con temas tan absurdos, triviales e intrascendentes -para la construcción social de una nación-, como los que vienen ocupando el seso de quienes lideran los medios de comunicación en Colombia.         …

Otro borracho, Anzoátegui y Príncipe

Antropófagos. No se me ocurre otra palabra para intentar abordar la sevicia estúpida con la que el periodismo nacional se ensaña con temas tan absurdos, triviales e intrascendentes -para la construcción social de una nación-, como los que vienen ocupando el seso de quienes lideran los medios de comunicación en Colombia.

               Un borracho con apellido de ex presidente e ínfulas de grandeza que insulta y agrede policías; el baile de dos ‘strippers’ en un olvidado municipio tolimense; y la muerte a bala de un perro en Bogotá, han ocupado más espacio en la radio y la televisión, que el acuerdo entre las FARC-EP y el Gobierno, pactado en Cuba para desminar el suelo patrio; las denuncias sobre actos de corrupción en la Corte Constitucional; y el Informe de la Human Right Watch sobre la crisis humanitaria en Buenaventura, para citar solo tres noticias que trascienden de hecho a suceso y supondrían unos efectos directos sobre la nación y la sociedad. Pero no, los criterios de noticiabilidad parecieran estar más del lado de lo intrascendente y las audiencias insaciables -amaestradas para comer bazofia-, piden más y más de lo que menos importa.

               No faltará quien argumente que las historias cotidianas, las que le suceden a personas del común, a quienes más que vivir sobreviven, son más humanas, le ponen rostro a la tragedia nacional, logran comunicar mejor las situaciones de degradación ética, moral, incluso religiosa, y retratan la intolerancia, la violencia, etc. en la que está sumido nuestro país. Y añadirá estadísticas, pues en Colombia muere más gente en riñas que en combates, más en accidentes de tránsito que en emboscadas y más después de una fiesta que luego de un hostigamiento. Entonces habrá que darle algo de razón a quienes gustan de contar y consumir estas historias, no sin antes decirles que el problema no es registrarlas, sino ensañarse con ellas. En todas hay noticia, sin duda, pero no suceso. Pueden ser extraordinarias, es decir, se salen de lo común, pero no deberían determinar un cubrimiento tan extenso pues no versan sobre cuestiones fundamentales.

               Como van las cosas, habrá que hacer Eco de Umberto y reconocer, que hoy no salir en televisión es un signo de elegancia. El espectáculo es deplorable. Cualquier comparación se queda corta, cualquier metáfora es insuficiente. Los periodistas -y las audiencias, todo hay que decirlo- se comportan como lobos acechantes, como chacales ansiosos, como hienas hambrientas, como buitres carroñeros. Se pretenden adalides de la moral y son simples transmisores hipócritas de noticias convertidas en entretenimiento, en espectáculo, en circo.

               No debería abordarse más en los medios la calamitosa e histórica situación de los hospitales y de la salud, más allá de los registros de pacientes moribundos, filas eternas y casos aislados. No debería acaso insistirse también en los históricos problemas de la educación y las consecuencias que ello tendría sobre el futuro de la nación, más allá del registro de un paro, una mesa de exigencias o las declaraciones del funcionario de turno. No debería tocarse un tema que ningún medio de comunicación ha osado si quiera mencionar de soslayo, como es el de la venta de la tierra baldía que debería garantizar la seguridad alimentaria de futuras generaciones. No hay temas más importantes que la borrachera falsaria de Nicolás Gaviria, el baile de dos ‘strippers’ en una tarima en Anzoátegui o la muerte de Príncipe, el perrito de una señora que lo consideraba ‘su bebé’.

               La antropofagia mediática, por supuesto, encierra otros fenómenos como la incoherencia social, la incongruencia moral y la inconveniencia económica. Incoherencia social, porque Colombia es un país de bebedores donde todo se celebra con trago y en el que la propuesta de Planeación Nacional de borrar las fronteras departamentales para la venta libre de licor, fue recibida como una afrenta a las finanzas de las regiones. Incongruencia moral, porque si el baile de los ‘strippers’ -que jamás se desnudaron- es inmoral, habría que declarar inmoral las caderas de Shakira, las pelvis de Elvis Presley y de Michael Jackson, eso sin contar las lenguas de Madonna y Lady Gaga, y los traseros de Rihanna y Marbelle. E inconveniencia económica, porque todo esto se reduce a rating y éste se traduce en rentabilidad.             

               Así las cosas, los medios de comunicación son mucho más advenedizos que el borracho en cuestión, más impúdicos que los dos ‘strippers’ y más fratricidas que el corredor del Dakar que ultimó a bala a un miembro de la realeza canina. De todos los efectos de la televisión, uno de los principales es que graba imágenes en nuestro cerebro, y otro mucho más nocivo, es que dichas imágenes tienen más influencia sobre el colectivo que una estadística, un estudio o una teoría. Y eso nos distrae de lo importante. Poco a poco caemos en la quimérica ilusión de que ver es comprender y asistimos impávidos a la imposición de los criterios emocionales como superiores a los argumentos racionales. Ya casi nada escapa a una cámara, todo queda grabado, la tecnología ha creado un mundo esquizofrénico en el que entre el individuo y lo global no hay nada, solo impacto mediático. La diferencia entre lo normal y lo anormal se diluye en darle a la gente lo que quiere, no importa lo que sea. Y la gente está dispuesta a ver lo que sea, menos a sí misma. Lo preocupante, es que lo peor está siempre por venir.

 

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Acerca del Autor

Lizandro Penagos

Nací en San Antonio Abad del Páramo de Nuestra Señora de los Dolores. Un pueblecito del Tolima que produce café, ganado y mucha lástima. Hizo parte de La Cortina, un muro imaginario de las guerrillas liberales, gérmenes de las FARC-EP. Allí nací, sietemesino. Allí mataron a mi padre hace más de 20 años. Allí vive aun mi madre, sola. Y allí pienso escribir literatura. Mientras tanto, hago y enseño periodismo en la UAO. Hice televisión y una hija. Publico donde me dejan y sobre cómo leo la existencia.

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