Que me disculpen el doctor Walter Riso y la doctora Lucía Nader, pero dentro del sinnúmero de facultades que tenemos los homínidos -con inclinación de la balanza hacia las féminas-, hay una que emerge para poner en evidencia su condición misma de ser antropofágico moral: una suerte de libertad para sentenciar en otras personas -con fundamento en la mera intuición-, lo que en ellas ven como normalidad. Descalifican. Seré más directo: noto desde mi experiencia vital y heterosexual una marcada propensión en las damas a considerar a las otras, prostitutas no más porque sí. No es una cuestión de género, muchos hombres también. Y a ese calificativo llegan cuando menos, por una idea que les sugiere la apariencia, el estereotipo o el rumor; y cuando más, por el solo número de parejas que la desdichada objeto del improperio haya tenido. Cierto es que cualquier generalidad es peligrosa y debe intentar justificarse, aunque en este caso -y para no herir susceptibilidades- diré que cuando una mujer quiere descalificar a otra, encuentra en la sexualidad el ancla clave de su argumento.
Que un hombre o una mujer decidan en la vida ser descomplicados de la cintura para abajo y disfrutar del sexo o de la sexualidad sin ningún tipo de vínculo convencional con ese ‘objeto del deseo’, no los hace malas personas per se. Cada quien vive como le parece y busca el placer de la misma forma. Tampoco el número es un indicador para denigrar de esos seres. La deslealtad no se cifra. Y menos los escrúpulos, el sexo es sucio sólo si se hace bien. La cuestión se complica, cuando esas parejas ocasionales son personas casadas o ya tienen pareja formal y establecida. Allí se rompe un código social, para no mencionar el religioso o moralista. Existen unos niveles. No es lo mismo tener relaciones con diez solteros que con una persona casada. Así de simple. La evidencia comprueba que a lo largo de la historia, el amor o el sexo no reparan en esas pequeñeces. Los hombres alardean y las mujeres apocan. Alguien miente. Diez años pueden ser un martirio o diez meses un paraíso. Sin contar minutos.
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Entonces por qué se convierte en problema lo que ha sido la norma en el comportamiento humano: buscar pareja. Porque el canon obliga, porque lo ajeno no se toca, porque el sentido de posesión ha llegado hasta las personas. Si una mujer o un hombre han tenido sexo con equis, ye o zeta, o con todo el abecedario, es su decisión, su albedrío, su búsqueda. Ah, pero que no se moleste si la sociedad lo sabe o si alguien se lo recuerda, porque estaríamos ante el caso más recurrente de doble moral o, en su defecto, de remordimiento tardío de sus íntimas vocaciones. Todos sabemos que además del espejo, solo unos cuantos hablan de frente. La verdad escasea. El qué dirán se mantiene agazapado. Se sabe y no se dice. Eso es prudencia. Y respeto, hasta cuando sea necesario. Solo los infieles con permiso de sus parejas, no se enfrentarían a este tipo de encrucijadas. El libre albedrío lo es en la medida en la que nuestras decisiones tengan el respaldo de la aceptación. Yo hice, yo respondo. Yo hice, yo defiendo. Yo hice, yo no me avergüenzo. Uno puede arrepentirse, de lo que hizo o dejó de hacer, pero avergonzarse jamás. Salvo una violación, un asesinato o algo por el estilo.
De hecho podríamos ir un poco más allá. No debería ser un problema social que una relación genere el rompimiento con otra, pues ello lo único que comprueba es que había una fisura en la anterior y que los vínculos afectivos -y los sexuales lo son- se fortalecen o debilitan. Conozco parejas hermosas, que se aman, que conviven, que hallaron su complemento, y que comenzaron siendo amantes. Mozos es el término castizo. Entonces, por qué esa predisposición tan femenina a descalificar a otra mujer con argumentos tan simples como su vocabulario o aspecto. O como aquella que le quitó el marido o el novio. A considerarla puta porque la palabreja es un escupitajo ofensivo que la subvalora, la menosprecia y la apoca como persona. Nadie le quita nadie a nadie. El amor o el gusto o la atracción no se acaban, se transforman para enfocarse en otra persona objeto de esa admiración o deseo. Mentira es señalar a otra sin revisar la propia situación o pasado. Como mentira es rezar para borrar el pecado. O no aceptar que la genitalidad no es amor. Mentira es que la imagen que proyectamos sea producto de los demás y no de nosotros mismos. Mentira es que la ropa cubra las desnudeces de nuestro espíritu.
Vieja es la metáfora de la mentira y la verdad que fueron a bañarse al rio. Vale recordarla. Las dos se desnudaron, entraron al agua, sin embargo la mentira muy hábil salió primero y se vistió con la ropa de la verdad. Esta no quiso ponerse los ropajes de la mentira y prefirió ir desnuda por el mundo. Por eso la señalan y critican. Por eso también se escandalizan y santiguan cuando se les pone al frente. Porque la verdad desnuda, sin matices, sin adornos ni artilugios, confronta. De ahí que en Colombia su Comisión tenga tantos enemigos, porque la mayoría prefiere la mentira que no lo desnude, que no lo ponga en evidencia, que no delate sus errores, sus debilidades, que para el caso de la sexualidad casi nunca son delitos. Solo trasgresiones a la norma social. Un personaje como Madame Bovary, que decidió ser lo que fue, caló de tal forma que se convirtió en un clásico de la literatura universal porque jamás se avergonzó de su decisión. Y fue consecuente cuando llegó la condena social. Eso es coherencia y amor propio.
Con la obra citada Flaubert hizo una crítica magistral al concepto que tiene la burguesía de los valores. Denigra de quienes están por debajo de ella, desconociendo que sus prácticas son tan o más cuestionables. Algo similar a lo que hoy ocurre con los embarazos de las adolescentes. Suceden sobre todo en familias de clases bajas, no porque las niñas o los niños de capas superiores no tengan sexo, o porque las más pobres sean casquivanas, sino porque tienen información y apoyo. Educación. Uno en la vida no es lo que le ha pasado, sino lo que decide hacer y ser. Y debe sostenerse en ello, no hay forma de cambiar el pasado. Por eso cuando el dedo índice señala, el pulgar sostiene a los otros tres que apuntan directo al que enjuicia. De modo que esa propensión tan femenina a hablar mal de las otras mujeres, la encuentro arrogante y falaz, una especie de triste consuelo para desviar la atención sobre sus propias miserias.
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