viernes, octubre 30 2020

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“Ochoa no se va… Ochoa no se va”

Este grito bajó por primera vez de las graderías de Pascual Guerrero, en 1979, y después, por varios años, se convirtió en la ratificación anual del cariño que los hinchas del América le profesaron al hombre que le enseñó a ser grande a los Diablos Rojos. Homenaje al campeón de la historia americana.

Por Gerardo Quintero Tello

Jefe de Redacción de 90 Minutos

 

“Golpearon la puerta de la humilde casa. La voz del cartero muy clara se oyó. Y el pibe corriendo con todas sus ansias, al perrito blanco sin querer pisó… Mamita, mamita, se acercó gritando, la madre extrañada dejó el piletón. Y el pibe le dijo, riendo y llorando,
el club me ha mandado hoy la citación…” 

Suena esta primera estrofa, entre guitarras y bandoneones, del Sueño del Pibe, uno de los míticos tangos que tanto le gustaban al médico Gabriel Ochoa Uribe. Corría el año 1945 en Argentina, cuando Enrique Campos, con su interpretación, hacía fila para ingresar al olimpo de Carlos Gardel y Rubén Juárez, otro de los favoritos del médico.  En Colombia, mientras tanto, con el tremor de la Segunda Guerra Mundial que se cernía sobre la humanidad con su larga sombra de muerte, al entonces imberbe Ochoa le faltaba un año para cumplir el sueño del pibe.

A los 17 años, el arquero atajador e intrépido nacido en Sopetrán el 20 de noviembre de 1929, y formado en el Tinobol de Medellín, comenzaba un extraño  romance con la camiseta escarlata. Diez años antes, cuenta la leyenda, Ochoa había sido el niño que acompañaba la salida de un América de viejos guerreros que había ido a visitar tierras paisas, sin pensar que unos años después volvería a Cali ya en calidad de integrante del plantel rojo. Ochoa, sin saberlo, tenía la semilla roja nadando en su sangre. Ese nombre continental lo perseguía a donde quiera que fuera. Incluso, hasta en Brasil, donde jugó precisamente en el América de Río.

Llegar a Cali a jugar con ‘La mechita’ fue materializar un sueño en una primera etapa. La segunda llegaría tres décadas después, en 1979, cuando aterrizó de nuevo en la capital del Valle para ponerse otra vez el uniforme rojo, pero esta vez de entrenador, y de paso consagrarse como el mejor y más laureado técnico en la historia escarlata.

“¡Ochoa no se va! ¡Ochoa no se va! ¡Ochoa no se va!”, corearía el 19 de diciembre de ese mismo año una marea roja que de su mano vio caer la maldición de 31 años sin conquistar un campeonato profesional. “¡Ochoa no se va! ¡Ochoa no se va! ¡Ochoa no se va!..”, el coro lo recuerda todavía Jorge Hernán Tello, que el día del primer título estuvo en la tribuna de Occidental baja del Pascual Guerrero, desde donde sintió y se contagió con la forma en que la afición le agradecía al médico la primera estrella para un equipo que hasta entonces tenía por costumbre perder.

Por eso hoy Jorge Hernán siente la partida del médico como si se hubiera marchado alguien de su familia. Fueron tantos años de alegrías, triunfos y tristezas que es inevitable sentir que Ochoa siempre estuvo presente. “Nos enseñó a ganar, le dio respeto al equipo, era un gran profesional y los hinchas lo queríamos mucho”, recuerda este economista, quien tampoco olvida los regaños del ‘viejo’ a los hinchas porque no llenaban las tribunas como él esperaba o por las críticas al estilo de juego no tan vistoso en aquellos años. Pero el romance con el ‘míster’ fue eterno. Sí, era gruñón, mal encarado, serio, de pocos amigos, inflexible en la disciplina, “jodido”, como decían sus pupilos y los periodistas, pero nadie de la gran familia americana dudó nunca de la calidad y el compromiso del ‘profe’ con la escuadra escarlata.

Otro hincha del fútbol que lo recuerda muy bien es el periodista Hugo Mario Cárdenas, quien junto con César James Polanía y Jorge Enrique Rojas publicaron el año pasado el libro ‘Gabriel Ochoa Uribe, el técnico más grande de todos los tiempos’. “El médico no jugaba con la suerte, fue un adelantado de su época. Hacía mediciones de la capacidad física de los jugadores cuando eso no lo hacía nadie. Fue un pionero en el uso de los videos para analizar los movimientos de los adversarios”. Para Hugo Mario la paradoja más triste es que, como les dijo su hijo el también médico Germán, “Gabriel Ochoa fue un pensionado sin pensión del fútbol colombiano, nunca le reconocieron su jubilación. Y lo más triste es que se marchó sin el homenaje que le debió haber realizado la Federación Colombiana de Fútbol”.

Su colega César James Polanía dice que después de realizar una extensa investigación llegaron a la conclusión de que Ochoa simboliza toda la transformación de América en una institución seria. “Él le dio la grandeza que su hinchada siempre soñó. Edificó la arquitectura una institución que se convirtió en una de las más respetadas del continente”. El cronista deportivo también remarca que Ochoa fue un hombre que no pasaba inadvertido, se odiaba o se amaba. “Tenía una filosofía única, al que muchos odiaron, pero también muchos más quisieron y siguieron sus pasos como Falcioni, el profesor Pinto, Gareca, el Polilla Da Silva. América solo tiene que decirle al médico, gracias”.

 

El romance rojo

 

El amor definitivo del América con su ‘técnico eterno’ comenzó a tejerse a finales de 1978. El sorpresivo fallecimiento de su hijo Luis Fernando, y la persistencia de don Pepino Sangiovanni, entonces recién elegido presidente del Club, fueron las turbinas que encendieron el viaje sin retorno del médico a la ‘tocata roja’.

Y fue así, un tiquete sin regreso, un tango en el alma, un amor eterno, un antes y un después. Nadie mejor para decirlo que su admirado Carlitos Gardel en ‘Volver’, uno de sus tangos favoritos, “y aunque no quise el regreso siempre se vuelve al primer amor’.

Porque hablar del médico Ochoa en América es como mencionar a Bilardo en Estudiantes de la Plata, citar a Tele Santana en Sao Paulo, recordar a Timoteo Griguol en Ferrocarril Oeste o referirse a Pastoriza en Independiente. Para los americanos es hablar el mismo día de Sir Alex Ferguson en Manchester United o Arsene Wenger en Arsenal. Ellos son la historia viva del Club y eso fue Ochoa Uribe en América.

Por eso precisamente es que Víctor Diusabá, maestro del periodismo colombiano y uno de esos gratos conocedores y conversadores del fútbol, destaca que Ochoa Uribe es mucho más que aquel técnico exitoso que le dio títulos al América, Millonarios o Santa Fe. “Ochoa fue un revolucionario que transformó la concepción del deportista, en este caso del futbolista, para que se convirtiera en un ciudadano que aportara a su país, a esa misma sociedad”.

Diusabá fue testigo de la gesta del laureado técnico en 1966 con los rojos de Bogotá, en un equipo en el que deslumbraron Delio Maravilla Gamboa, el goleador Omar Lorenzo Devanni y un joven talento llamado Alfonso Cañón, a quien trece años después convencería de volver a ponerse la roja, pero de los Diablos. “Además de sus logros deportivos, fue un hombre muy importante para la medicina deportiva, un genio al que siempre vamos a recordar con cariño, pero sobre todo con admiración porque se ha ido el más grande de los grandes: el gran Gabriel Ochoa Uribe. Gloria por siempre, maestro”, dice Víctor Diusabá sin ocultar su emoción por un técnico que conoció muy de cerca.

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Tras las huellas rojas

 

Guillermo Ruiz Bonilla, historiador del fútbol colombiano, recuerda que la disciplina y el trabajo constante fueron la huella de ese América de 1979. Una impronta que se extendió por doce años más y que le dejó al equipo siete títulos nacionales, incluyendo el pentacampeonato (1982-1986 único equipo en Colombia en lograrlo, marca aún vigente), tres subtítulos de Copa Libertadores y el récord de 23 fechas sin perder de 1984, superando a su vez el del propio América en 1967, entre otros.

Obsesivo con el fútbol y la disciplina de sus atletas, como llamaba a los jugadores, Ochoa fue el primer técnico colombiano, como recordó su biógrafo Hugo Mario Cárdenas, que comenzó a analizar videos de sus rivales para verlos una y otra vez con sus dirigidos y así detectar errores tácticos y falencias en los rivales. Ramón Medrano, hermano del fallecido Álvaro Medrano, el entonces quinesiólogo de los rojos, me recordó una vez cómo el médico tenía miles de casetes en Beta y VHS en los que remarcaba una y otra vez un error del rival, una pared virtuosa, un regate que nunca debió ser, un movimiento defensivo errado, un gol de tiro de esquina o de saque de banda que eran una bofetada para la aplicación táctica que siempre promulgó en sus equipos. Porque el médico era así, obsesivo en su trabajo, detallista hasta el cansancio y no se permitía dejar nada al azar. Dueño de una férrea personalidad y cara de pocos amigos, el médico siempre reconoció los riesgos de su carácter: “Soy terco, soy terco, no me dejo recostar de nadie. Si me equivoqué, me equivoqué yo, no me ayudó nadie, solo tuve un confidente, mi almohada”.

Sus únicos puertos seguros y confiables fueron doña Cecilia, su eterna capitana, y sus cinco hijos.  Sus enfrentamientos con la prensa deportiva caleña marcaron época. Durante muchos años se silenció, solo hablaba en la cancha, no daba notas y con más rabia que estoicismo, soportaba las duras diatribas de una época en que los programas deportivos como la Guerrilla del deporte, el Super Combo, el Trabuco Todelar, los Cabecillas del Deporte y otros más eran los reyes de la sintonía en la radio caleña.

El veterano periodista deportivo Óscar Rentería recuerda que Ochoa tenía una forma de ser fuerte, duro en sus comentarios, muy susceptible a la crítica y no fueron pocas las veces que chocaron en micrófonos por diferencias en las concepciones futbolísticas o por malos entendidos.  “Defendía sus ideas con mucha pasión. América le debe mucho”, recuerda el reconocido comentarista.

Algunos detractores dicen que los logros de Ochoa fueron gracias al poder económico de los Rodríguez Orejuela que les permitía adquirir una gran cantidad de jugadores de alto nivel para el cuadro rojo. Sin embargo, también sus defensores recuerdan que los títulos de Ochoa no se produjeron solo en aquella década y sus conocimientos y adelantos futbolísticos nunca fueron puestos en duda, en una época muy compleja en el que los dineros del narcotráfico extendieron sus tentáculos a muchos clubes de fútbol del país, con contadas excepciones.

 

Fue un golpe en el corazón

 

Con América lo ganó todo. Su única frustración, todos la sabemos, la esquiva Copa Libertadores que arañó tres veces. Primero contra Argentinos Juniors, una final que siempre creyó que debió ganar porque fue demasiado pareja. La segunda final fallida fue contra un fabuloso River Plate en el que descollaba Juan

Gilberto Funes y media selección argentina campeona del mundo, hubo poco qué hacer. Pero fue la tercera, la más dolorosa, la que más cerca estuvo, con un equipo compacto, maduro, superior línea por línea a los uruguayos, la final perdida de manera increíble en Chile, en los últimos segundos, en un juego extra con Peñarol…

“Me fui a un tercer partido a Santiago, con el equipo acabado anímicamente y físicamente sin dormir. El cero duró todo el partido hasta los ciento veinte minutos que perdí a Gareca por lesión, a Cabañas lo expulsaron por enfrentarse a un defensa, Ampudia lo mismo, quedé con nueve hombres y sobre los ciento veinte minutos, veintitrés segundos, perdí la copa. Me dolió en el alma”, le recordó una vez sobre ese fatídico 31 de octubre de 1987 al escritor y periodista caleño Umberto Valverde.

Y es que justamente Valverde fue un testigo excepcional de aquel momento. Como director de la exitosa Revista del América, Valverde recorría el país con el equipo escarlata y conoció de cerca la férrea disciplina y el talante del médico Ochoa. Desde sus dominios, allá cerca de la discoteca Zaperoco, Umberto me cuenta que ese fue el golpe más profundo que sintió Ochoa y quedó inmortalizado en dos momentos periodísticos: la fantástica crónica de la revista titulada ‘No fue una derrota sino un golpe en el corazón’ y la impactante fotografía de Hernán Valencia minutos después de terminado el partido en Chile donde un abatido Ochoa sale con la cabeza gacha mientras en silencio el gerente deportivo, Álvaro Guerrero Yanci, le pasa un brazo por encima del hombro. “Fue un día demasiado triste, en el camerino la gente lloraba, era una tragedia. Willington lloraba como un niño, en otro lado estaba Álvaro Bejarano derramando lágrimas, el camerino parecía un funeral… De pronto, unos quince minutos después salió Ochoa imperturbable, como si no hubiera pasado nada. Así era el médico, siempre aplomado, nunca se desencajaba”, rememora Valverde.

El actual director artístico del Museo Jairo Varela siempre sostuvo una relación muy especial y respetuosa con el médico. De alguna manera Umberto se convirtió en el gran puente informativo y el único que tenía acceso al médico cuando este decidió cortar su comunicación con los periodistas deportivos. “Él me ayudó mucho en los primeros años de la Revista del América para recuperar la historia del club y del fútbol colombiano. Fueron muchas las horas que pasamos hablando de fútbol”, dice Umberto. Ahora el escritor caleño cree que es el momento de iniciar una cruzada para hacerle al médico Ochoa un monumento en el estadio Pascual Guerrero, una obra que simbolice la grandeza del técnico americano y su aporte invaluable al deporte vallecaucano.

En una entrevista, ya en su ocaso deportivo, el médico confesó que lo único que deseaba era ser recordado como un hombre trabajador, con una sola meta, ganar. Y de qué manera lo hizo. Ochoa Uribe no solo triunfó en las canchas, alcanzó más que eso, La Gloria. ¡Maestro, el sueño del Pibe fue suyo!

 

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