Viernes, Abril 19 2019

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Noticias sobre periodismo

Por supuesto que no se aprende periodismo solo en la academia, allí se funden las bases, pero las columnas y las paredes (Iba a escribir: ladrillo a ladrillo, pero en el argot periodístico un ladrillo es un bodrio) de esa libre prisión, se levantan en la calle, en la sala de redacción, en el diálogo cotidiano

Noticias sobre periodismo
Crédito de foto: Especial para 90minutos.co

Tres flacos favores le hizo Gabriel García Márquez al periodismo colombiano: primero, rebautizó el trabajo de campo del reportero como ‘cargaladrillos’ y desde entonces la metáfora no deja de aparecer en las redacciones cuando se quiere presionar al aprendiz y en la calle como un insulto para menospreciar el oficio; el segundo favor es, precisamente, haberlo calificado como “el mejor oficio del mundo”, una visión romántica y decimonónica de un trabajo que necesita más vocación que la del médico, más abnegación que la de un policía y una disposición 24/7 que ni las prostitutas. Con todo y eso, aún se discute si a este quehacer (que algunos definen como una forma divertida de ser pobre) le alcanza para ser profesión, a pesar del centenar de programas que cada semestre arroja más de 2.000 egresados al mundo laboral. Y el tercero -y no menos grave aunque parezca un piropo-, es que cualquier despistado considere que detrás de cada periodista hay un Premio Nobel en potencia.

La situación es compleja. Ahora que en Colombia –como en Estados Unidos, México, España o Argentina- los medios despiden cuadrillas de colegas porque la reingeniería tocó el bolsillo empresarial, el agua sucia se arroja sobre todo a las universidades. Es un fenómeno extraño, aquí se caen los puentes y nadie culpa a las Facultades de Ingeniería o se denuncian corruptos sin que nadie cuestione lo que se enseña en las Facultades de Derecho (Todo hecho de corrupción es sin excepción un esguince jurídico, una maniobra legal para ocultar la ilegalidad, en suma, todo lo contrario a la pifia de un leguleyo). Otros campos del conocimiento cargan a cuestas un sambenito tremendo. Nadie discute que la salud en nuestro país es una enferma terminal, pero ya cualquiera demanda al médico como si la muerte fuera siempre un yerro o una negligencia.

Vivió el Nobel para contarlo, pero no lo hizo. Desde los estertores del gobierno Samper (1994-1998) y el agónico Proceso 8.000, en nuestra patria a esta profesión se le considera oficio. Aunque la Asociación de Facultades de Comunicación Social (AFACOM) ratifique que de los 162 programas activos que hay en el país, 119 entregan título profesional (27 tecnólogo y 16 técnico). Todos con registro calificado y 34 con acreditación de alta calidad, un proceso que supone permanentes actualizaciones. Porque ahí está el detalle -dijo Cantinflas-, en la renovación y readaptación constantes. Hay nuevas realidades y audiencias, entonces se requieren nuevas competencias. Las 34 universidades públicas y las 128 privadas que forman periodistas, están en el ojo de huracán es cierto, pero algunas en la punta del iceberg.

Amén de los dos titánicos lugares comunes de arriba -y por los que me crucificarían satisfechos un par de cófrades- el alboroto descomunal que armó Claudia Palacios, que recogió Germán Manga y que despachó Mabel Lara, por el despido masivo de periodistas, es un problema tecnológico que se aborda más desde lo económico que desde lo conceptual. Debería debatirse la calidad del periodismo, no solo las estrategias comerciales de los medios que andan reemplazando periodistas por ingenieros, para que sus cajas registradoras no dejen de sonar. No importa si son 300, 500 o 1.000 los colegas despedidos. Importa la calidad del periodismo. Es cierto que se requieren nuevas habilidades, pero el mundo nunca deja por fuera al buen profesional. (Ni a una mujer hermosa, me dice un socio, pero le riposto que las feministas martillarían mis clavos) Si en 30 años desaparecerá el 40% de los trabajos que conocemos, en los últimos 200 se le ha vaticinado la muerte a cada nuevo medio de comunicación que aparece en el horizonte. Y ahí siguen todos, hasta el pregonero.

Por supuesto que no se aprende periodismo solo en la academia, allí se funden las bases, pero las columnas y las paredes (Iba a escribir: ladrillo a ladrillo, pero en el argot periodístico un ladrillo es un bodrio) de esa libre prisión, se levantan en la calle, en la sala de redacción, en el diálogo cotidiano, en las lecturas y hasta en las noches de bohemia donde pensamos que es posible arañar la fama del Nobel. Un periodista se forma mientras informa. O se deforma, si no es un adicto a la investigación. Si no es un enfermo del dato y de la cifra. Si no padece lo indecible cuando se siente instrumento de la manipulación. O si solo atiende el canto de las sirenas de la globalización o de las nuevas tecnologías. No importa si es el Washington Post o El Tiempo, Televisa o Semana, en los consejos de redacción se habla más de dinero que de noticias.

La cuestión es que no es un fenómeno exclusivo del periodismo. El dibujo técnico o el diseño gráfico –para mencionar solo dos ejemplos- se han transformado al punto de la desaparición en sus prácticas tradicionales. Pero jamás la pirotecnia tecnológica podrá prescindir del fuego creativo, ni el resplandor de una pantalla, del refulgente brillo de una frase memorable. Alguien debe pensar y alimentar el monstruo. Los programas y las aplicaciones han deshumanizado cientos de tareas y complejizado funciones que antes dependían de la comunicación interpersonal. Del saludo y el abrazo, de la charla y el goce, del aliento y de la piel. Hoy es posible hacer buen periodismo sin separar las nalgas del asiento. Algo impensable para un reportero raso, hace 30 años. El periodismo de datos es un rastreo virtual que arroja resultados reales.

No es un disparate estudiar periodismo. Si los medios se comprimen, debe expandirse la creatividad. La revolución de Internet es -en opinión de Noam Chomsky-, menos determinante que la ocasionada por la imprenta. No se trata de seguir como locos en anzuelo del progreso, que no siempre es desarrollo y sugerir que se acabe una disciplina. Es un imperativo personal decidir si se sigue el mercado o la vocación. He ahí el negocio.

Nota: De estas y otras noticias sobre el periodismo, dialogarán el próximo miércoles 10 de abril en la Universidad Autónoma de Occidente, Juan Esteban Lewin, editor general de La Silla vacía; y Hugo Mario Cárdenas, editor de la Unidad Investigativa de El País. Presente y futuro del mejor oficio del mundo, sus retos en términos de formación y ejercicio profesional. Entrada libre.

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Acerca del Autor

Lizandro Penagos

Nací en San Antonio Abad del Páramo de Nuestra Señora de los Dolores. Un pueblecito del Tolima que produce café, ganado y mucha lástima. Hizo parte de La Cortina, un muro imaginario de las guerrillas liberales, gérmenes de las FARC-EP. Allí nací, sietemesino. Allí mataron a mi padre hace más de 20 años. Allí vive aun mi madre, sola. Y allí pienso escribir literatura. Mientras tanto, hago y enseño periodismo en la UAO. Hice televisión y una hija. Publico donde me dejan y sobre cómo leo la existencia.

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