Viernes, Julio 21 2017

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Molano en Cali

A quienes son la historia subalterna, la no oficial. Porque más que viajar a las regiones, Molano viaja a la identidad de personas a las que convierte en personajes y regiones a las que transforma en escenarios.

Molano en Cali
Crédito de foto: David Vega especial para 90 Minutos

Como todos sabemos, el periodismo surgió como una herramienta  ideológica cuyo dominio residía en poquísimas manos y, salvo el acceso  creado por la multiplicidad de plataformas, hoy pareciera no haber  cambiado mucho el fondo del asunto. Ha cambiado la forma. Antes en  los periódicos había gente que sabía escribir y que leía. Aunque  escribían para leerse entre sí. Las redes llegaron para apagar el fuego  de tantas vanidades. Cualquiera publica.

Ahora en el periodismo se trabaja para audiencias más amplias y  anónimas. Con discursos tan breves como simples. Reciben más likes  tips para el cuidado de la piel, que sesudos informes sobre los impactos  del mercurio en la piel y la salud de los negros del Pacífico. ¡Son las  audiencias! ¿O los periodistas? Alguien con sarcasmo decía que hoy  abunda en los medios masivos de comunicación la gente que no sabe  escribir, entrevistando a gente que no sabe hablar, para gente que no  sabe leer.

Pues bien, podría decirse que en Alfredo Molano se cumplen dos de esas  tres irónicas visiones, pero habría una que es preciso debatir y no es la  de excelente pluma. Las buenas plumas siguen su vuelo y en él, ni sus  detractores lo discuten. Pueden estar en contra de sus contendidos,  pero no de su fluidez narrativa. Lo han acusado de todo, de guerrillo y  de paraco, de mamerto y de vicioso, menos de mal escritor.

Algunos académicos ortodoxos no han estado de acuerdo con su forma.  Mientras historiadores llegaron a considerar que lo que hace no es  historia, porque la salpica de ficción; sociólogos adujeron que sus  métodos no se inscriben dentro de la línea funcionalista. Tuvo Orlando  Fals Borda que decir en el prólogo de ´Siguiendo el corte´, hace 28  años, que esa polémica lo tenía sin cuidado, para que el país comenzara  tímidamente a valorar su trabajo en la verdadera dimensión.

No por los premios -que son bastantes- sino por el respeto que se ha  construido, Molano es reconocido como uno de los mejores escritores de  país. Y uno de los más leídos, coincidencia que no suele ocurrir con  frecuencia. Galardonado hace poco en una categoría que más que un  premio, es un homenaje. Vida y obra. ¿Importa acaso quién otorga el  premio? ¿Importa el premio? Sus lectores hacen fila para que les firme  sus libros. Para conocer al viejo sabio. Para agradecerle.

Sus relatos son casi míticos, como él. Con su mirada infinitamente  triste, como sin esperanza, como si le hubieran robado el alma, como si  tuviera la certeza de que nada peor puede pasarle a este país que  conoce como nadie, que ha recorrido como pocos, que ha sufrido como  tantos, escribe para contarse. En fin, la calidad de la escritura de este  hombre no está en discusión. Así como su búsqueda y encuentro  permanente con “el otro”, con el invisibilizado, el marginado, el  excluido, el olvidado.

Pero vamos con el segundo sarcasmo: “…entrevistando a gente que no  sabe hablar…”. He aquí el debate. Molano es el autor de una frase  demoledora para los periodistas. “Escuchar es una manera olvidada de  mirar”. Si algo ha hecho, es escuchar a la gente. A la gente del común,  del pueblo. Al iletrado. Al mal hablado, según el canon impuesto. Al que  no ha sido contaminado por la educación formal y se expresa desde la  sinceridad, desde la honestidad, desde lo que siente y piensa, sin tener  idea de lo políticamente correcto.

A quienes son la historia subalterna, la no oficial. Porque más que viajar  a las regiones, Molano viaja a la identidad de personas a las que  convierte en personajes y regiones a las que transforma en escenarios.  Todos reales. Todos testimonios crudos. Vívidos. Descarnados en su voz,  pero llenos de carne vital en su sufrimiento. Logra la más difícil de las  estrategias narrativas de la humanidad, desaparecer como escritor, para  dejar que el lector dialogue con sus personajes.

De modo que los que no saben hablar son otros, son aquellos que  construyen discursos impostados. Falsos. Montados. Políticamente  correctos. Que pretenden quedar bien con audiencias manoseadas,  manipuladas e ignorantes. Y ello, a costa de la desgracia de las minorías  que son mayoría. Esa mirada centralista, urbana, capitalista, que ha  invisibilizado dos litorales y toda la Orinoquía y la Amazonía  colombianas. Todo el “revés de la nación”.

Dicho lo anterior, tiene razón el anónimo solo al cierre de su sentencia:  “…para gente que no sabe leer”. A Molano es preciso leerlo sin  prejuicios, alejado del discurso de la prensa o la televisión privadas.  Toda su obra contiene en sí misma las claves que hacen posible su  comprensión, porque está ligada a su experiencia emocional al  investigar, recorrer y dialogar. Geografía, historia y lenguaje.

Estará el miércoles 17 en Cali hablando sobre su más reciente libro ´De  río en río. Vistazo a los territorios negros´. Un cuaderno de campo  escrito en una canoa -como él lo define-, que todo el Pacífico debería  leer. Será en el Auditorio del Centro Cultural del Banco de la República a  partir de las 10:30 a.m. No es posible seguirlo al pie, pero sí a la letra.

Acerca del Autor

Lizandro Penagos

Nací en San Antonio Abad del Páramo de Nuestra Señora de los Dolores. Un pueblecito del Tolima que produce café, ganado y mucha lástima. Hizo parte de La Cortina, un muro imaginario de las guerrillas liberales, gérmenes de las FARC-EP. Allí nací, sietemesino. Allí mataron a mi padre hace más de 20 años. Allí vive aun mi madre, sola. Y allí pienso escribir literatura. Mientras tanto, hago y enseño periodismo en la UAO. Hice televisión y una hija. Publico donde me dejan y sobre cómo leo la existencia.

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