Domingo, Junio 24 2018

¡Modestia, apártate!

Uno siempre guarda para los amigos que se atreven a publicar, una especie de conmiseración editorial. Un sentimiento que se mueve entre la vergüenza ajena, la piedad por el prójimo y la conciencia del dolor particular que le producirá al iluso, la desgracia de saber que ya casi nadie compra libros. Y menos, que se …

¡Modestia, apártate!

Uno siempre guarda para los amigos que se atreven a publicar, una especie de conmiseración editorial. Un sentimiento que se mueve entre la vergüenza ajena, la piedad por el prójimo y la conciencia del dolor particular que le producirá al iluso, la desgracia de saber que ya casi nadie compra libros. Y menos, que se leen. Sin desconocer que hay una tribu rarísima, los snob-hominidus, que los compra y no los lee.

Atreverse en tiempos digitales a llevar una historia al papel para venderla, es cosa locos, o de tontos, o de maniáticos obstinados por escribir y contar historias. Así sea la propia. Esa idea romántica del olor a tinta y a papel, se ha ido desvaneciendo con la incandescencia de la pantalla refulgente. Hay de todos los tamaños. Entre cables y baterías, el dedo índice se desplaza sobre ellas con la sinuosidad de una serpiente  omnisapiente y ya no quedan babas para humedecer el dedo del corazón y pasar la página (utilizado en otros menesteres), luego de haberlo rozado con el pulgar.

Pero todavía quedamos algunos dinosaurios que disfrutamos con un libro entre las manos, alguna idea en la cabeza y un par de sentimientos en el corazón. Insensatos como ellos, como los escritores, que aún creemos que la felicidad es posible en la lectura, que los viajes son posibles en la lectura, que los temores se matan o alimentan con la lectura, que las pasiones se aterrizan o exacerban con la lectura  y que tantas otras cosas solo son posibles con las palabras que se leen. Y aunque la palabra perro no muerde, es posible hacer sentir con ella un mordisco. ¡Lo siento mucho San Agustín, tu teoría ha muerto!

Alienta saber que no estamos solos. Que en esta generación de cabezas gachas y pulgares ágiles e incisivos, hay jóvenes que leen y escriben. Que escriben y leen, valga la precisión, más allá de ciento y pico de caracteres. Que no escriben marica con una eme y una ka, ni puta en vertical es el acróstico de: ‘para una tierna amiga’, ni finalizan todos sus mensajes de texto (que detesto) con el jaja, jeje o jiji que obliga risa. Alienta saber que hay jóvenes que nacen viejos y gustan de estas prácticas. Jair Villano es uno de estos especímenes raros, casi en vías de extinción. Un muchacho que lee y escribe con compromiso.

Me comentó que la reseña de su libro ‘El cadáver de una balada, entre paréntesis’ hecha por el profesor Oscar Perdomo, escritor como él y profesor como yo, -nadie es perfecto-, había sido tan buena, que llegó a creer que se refería a otro libro. Y por supuesto, a otro escritor. Allí Perdomo, hace gala de una lente retórica espléndida. Describe con una precisión de taxidermista, los componentes de una pieza que, en su opinión y producto del análisis, se convertirá en un referente de la literatura urbana. Detalla cómo Villano construye a partir de una trama en apariencia sencilla -la historia de una pandilla-, la complejidad de una Colombia que no ha sido bien retratada. Sus personajes, sus voces, sus tiempos y conexiones narrativas, invitan a pegarse al parche.

Para recoger la voz del asfalto, bastará decir que a sus escasos años, Jair Villano, deja ver en su novela que tiene más calle que un mesero de El Bochinche. Más ternura que La dulce Laura, más sagacidad que el viejo Lámpara. Más luces que todo Siloé. Más ruido que toda la Quinta. Más música que la Taberna Latina y Evocación juntas. Más fervor que los hinchas del América y el Cali unidos en una nube de humo espesa y liberadora en lo alto de la tribuna Sur del Pascual. Más capacidad que el Coliseo El Pueblo y menos rencores que piedras se hayan tirado en el Camacho Perea. Más habilidad que Mayer Candelo y menos dientes que Ronaldinho. Para cerrar este párrafo, solo baste decir que Jair recreó su ciudad y le creó un universo.

Su editor, Pablo Pardo, me dijo en Ibagué que ya no se venden libros puestos en las estanterías. Que es necesario discutir las obras en otros espacios. Mi hija Laura -acaso más dulce que la de la novela- me quitó el libro en Bogotá. Le llamó la atención su carátula y el cadáver del título. Tenía razón Pablo. Puede sonar pretensioso, inmodesto, pero creo que Colombia debería leer esta novela. Que todos, pero en particular los jóvenes, deberían leer esta novela. Modestia, ¡apártate! Que todos sepan que la juventud no es sinónimo de superficialidad. Sigue leyendo Jair. No dejes de escribir Villano. Apréndete de memoria y aplica con rigor el poema de Charles Bukowski: Como ser un gran escritor. Sobretodo esta frase: ‘Aprender a ganar es difícil, cualquier idiota puede ser un buen perdedor’. Y bebe cerveza.

Como aburrido debés estar de que con tu primer apellido se aluda al malo de la película, los invito a leer ‘El cadáver de una balada entre paréntesis’, pensando en el segundo apellido del autor: Juajibioy. Como la novela, una mezcla de burla y erudición, de carcajada y pensamiento. Dos onomatopeyas de la risa:Jua y Ji. Y el nombre de un grande al final: Adolfo Bioy Casares, precursor en Latinoamérica de la imaginación razonada, acaso la línea estilística de la opera prima de un Villano bueno.

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Acerca del Autor

Lizandro Penagos

Nací en San Antonio Abad del Páramo de Nuestra Señora de los Dolores. Un pueblecito del Tolima que produce café, ganado y mucha lástima. Hizo parte de La Cortina, un muro imaginario de las guerrillas liberales, gérmenes de las FARC-EP. Allí nací, sietemesino. Allí mataron a mi padre hace más de 20 años. Allí vive aun mi madre, sola. Y allí pienso escribir literatura. Mientras tanto, hago y enseño periodismo en la UAO. Hice televisión y una hija. Publico donde me dejan y sobre cómo leo la existencia.

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