jueves, octubre 15 2020

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Mi tía, el mapa y la pregunta

Alguna vez -siendo yo todavía muy joven- le pregunté qué sintió la primera vez que se le murió un paciente. Y me respondió: “Primo, pregúnteme qué sentí la primera vez que salvé una vida”. Sentí algo de vergüenza.

Mi tía, el mapa y la pregunta
Crédito de foto: Especial para 90minutos.co

Las historias no contadas son como los problemas: no dejan dormir bien. Hay que narrar las primeras y que de los segundos se encarguen las preocupaciones, esas señoras con cara de coronavirus que lo despiertan a uno a medianoche con un codazo en la boca del estómago. Voy a contarles una situación familiar que se mueve con respeto entre el homenaje y la reflexión. Es probable que a los lectores anónimos de un blog no les importe la vida de quien escribe, pero aspiro que se identifiquen con alguna idea. Omitiré nombres por el respeto a la memoria de una persona cuya vida podría resumirse en dos palabras que la definen con una precisión certera: trabajo y disciplina. Habrá quienes en esta desperdigada familia -que solo se reúne en sepelios- hagan otra lectura y consideren estas dos características como pruebas del exceso o la inflexibilidad, pero lo cierto es que logró siempre lo que se propuso. Tejió su familia puntada a puntada. Cada pedalazo en su máquina de coser fue un peldaño más en la consolidación de su familia. Y cada corte, la confección de un hogar que la despidió con tristeza, pero sin dolor el Día de la Santa Cruz.

Murió a las 11:30 de la noche el 2 de mayo en su casa. Rodeada del amor de su familia inmediata y unos minutos después de algunos atrevidos que nos aventuramos salir del confinamiento. La misma casa que levantó ladrillo a ladrillo en el barrio que rinde homenaje al mayor impostor de la historia de Colombia: Atanasio Girardot. Otros le han dicho cobarde al prócer insigne -que no voló en átomos sino haciéndole bomba la camisa para huir de los españoles-, pero ante la muerte inminente casi todos sucumbimos y nos cagamos del susto. Menos el esposo de mi tía. Es un hombre íntegro que posee dos cualidades maravillosas: sentido del humor y de la justicia. Y eso que es jubilado de la policía. Está a punto de cumplir 89 años y tiene la fortaleza espiritual de un mozalbete de academia y la presencia física de un hombre 20 años menor. No permitió que a la mujer con la que compartió 62 años de vida se la llevaran a morirse a una clínica, sin su caricia permanente, íngrima, sin el calor de su compañía y la de sus hijos, acaso para engrosar las frías estadísticas de la pandemia. Porque pareciera que ya nadie se muere de otra cosa.

Mi tía y su hermana mayor fueron la avanzada de una familia tolimense que huyó de la Violencia en épocas del bipartidismo que como la cepa de este virus, ha mutado y sigue afectándonos a todos y llevándose la vida y los derechos de los más desprotegidos. Era corajuda. Recia. Brava. Pensarán ustedes que era de mal genio, pero en un país sin carácter eso suele ocurrir. Aquí decir la verdad es poco menos que un pecado mortal, una condena moral y, a veces, de muerte. La gente valiente no se anda con ambages, ni con mentiras. No era perfecta claro. Era directa. Y obstinada, una característica que define a todos sus hermanos. Cuando hace poco más de un año despedimos a la abuela -la más obstinada de todas, casi llega al siglo-, mi tía no supo de dolor, ni de llanto, ni de dolores ni remordimientos, duelos o sufrimientos. Para ese momento ya llevaba once años sin conciencia plena y con sus facultades disminuidas por una enfermedad que comienza por embolatar los recuerdos y termina por quitar la vida. Uno de sus cuatro hijos es médico y los otros tres, normales. Es decir, no tan obstinados para estudiar una profesión que combate lo inexorable: la muerte. Y en unas condiciones tan deplorables como las que han salido a flote.

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Alguna vez -siendo yo todavía muy joven- le pregunté qué sintió la primera vez que se le murió un paciente. Y me respondió: “Primo, pregúnteme qué sentí la primera vez que salvé una vida”. Sentí algo de vergüenza. La que me sugería era una pregunta políticamente correcta. Pero la respuesta a la primera es la que quiere saber la mayoría. Creo que una de las razones por las que decidí estudiar periodismo fue para aprender a hacer preguntas. Ahora sé también que deben hacerse en el momento indicado. Buena parte de todas nuestras desgracias radican en no preguntar con fundamentos y conformarnos con respuestas incompletas y verdades a medias que son mentiras totales. Fue mi primo el médico quien me informó de la muerte de mi tía, de su orgullosa mamá. Sí, esa tarea de heraldo de la muerte -para la que apenas hace poco entrenan a los galenos-, la cumplió a cabalidad informando a buena parte de la familia. Luego los celulares y WhatsApp hicieron el resto. Sin abrazos, sin saludo de mano y con todas las medidas del caso, cuando nos vimos le pregunté: ¿Y cuál es el procedimiento ahora, en medio de este encierro?

Aún con su cuerpo tibio, amortajada y con esa tranquilidad que reflejan en su rostro todas las personas que se han ido de este mundo tranquilas, se debía acatar el protocolo. Llamar a la policía para que certificara que el deceso había sido por muerte natural. Bueno, como si alguna muerte no lo fuera. En Colombia es natural incluso que maten gente. Pero digamos que también revisan si hay o no señales de maltrato o violencia. Y claro, sino había sido por coronavirus. Llegaron dos motorizados que además de sus armas de dotación y sus cascos solo llevaban tapabocas. Saludaron, preguntaron, miraron, no tocaron, certificaron y se fueron. Una inspección visual que era evidente. Una mujer de poco más de 80 años. Un médico en la familia que explicó en rigor. Una familia compungida pero tranquila. Después vino la maratón de llamadas para el levantamiento y el proceso con la funeraria que terminó pasadas las 2:00 am y ocurrió al otro día.

Me preguntaba cuántas personas habrían muerto ese día en Cali en condiciones similares. En su casa, como ya casi nadie, como hace muchos años, sin ese privilegio maravilloso. Sin la pretensión absurda de prolongar la vida sin calidad. Sin mayores pretensiones que irse con la tranquilidad de haberse bebido hasta la última gota de vida. Sin el aspaviento de los curiosos, sin las romerías de las salas de velación donde la mayoría cumple con el acto de presencia, sin tinto para todos y congoja para algunos, sin cortejo fúnebre y alquiler de buses para desfile social, pero sobre todo, sin la presencia de quienes tendrán la excusa perfecta para no haberla acompañado en la partida, cuando no estuvieron tampoco en los momentos postreros. Una familia a la que solo unen los entierros es poco menos que una manada. Mucho menos. Hasta los rituales de la muerte vino a recordarnos y modificar el virus. Las visitas a los enfermos, los procesos de duelo y la dispensa elemental del último adiós. Ninguna entidad tiene la respuesta. Nadie sabe cuántas personas mueren cada día en Cali. Solo el mapa azul de Colombia da cuenta de contagios, muertes y recuperados de Covid-19.

Una pregunta que nadie responde es como una espina de pescado atravesada de la garganta. Y si no la responde Google es como una ballena azul atrapada en las redes sociales. El animal más grande que jamás haya existido preso de unas mallas virtuales que se extienden como plaga. Internet solo arroja datos viejos sobre muertes en Cali y en Colombia, por estos días. Páginas desactualizadas. Cifras contradictorias. Con tanta experiencia y el Estado no ha aprendido a contar muertos. Por ejemplo, a los líderes sociales asesinados. Al parecer el cáncer sigue en la punta y Cochise también, la envidia no da tregua. La tuberculosis tose prudente. La hepatitis B ve. El sida inmune. El dengue, la malaria y el cólera explayados en zonas costeras. Le pregunté a varios colegas de medios, a profesores universitarios, a historiadores, a estadígrafos, a funcionarios públicos, a mi primo y nadie sabe cuántas personas -como mi tía- se están muriendo de otra cosa que no sea este coronavirus. Debe haber alguna razón para esta aterradora desinformación que no sea solo la infoxicación mediática que padecemos. Con pe se escriben precaución, pánico y Polombia.

En el cementerio todo fue riguroso y solemne. Distancia física y unión emocional. Personal y familiares conscientes de la situación. A los dolientes de otro finado -borrachos, motorizados y escandalosos-, no les permitieron ni siquiera entrar al camposanto. Quienes se consagran al licor ante una pérdida, satanizan el dolor y desprestigian el amor que dicen sentir. Zumbaron esa tarde un par de ambulancias directo a los crematorios. Sin homilía, sin la perorata de la vida eterna que en su simpleza es no olvidar a quienes amamos y se nos adelantan. Sin familiares, sin la posibilidad que tuvimos en una familia cuya generación primera va yéndose de a poco. Somos lo que somos porque ellos fueron lo que fueron. Y seremos por los que aún son. Ojalá para la próxima inhumación estemos más unidos y humanizados; que se haya superado esta pandemia y ese tozudo distanciamiento producto no del confinamiento obligado sino de la terquedad, la ingratitud, el prejuicio, la falsedad y la soberbia. Para que todos podamos dormir tranquilos, los que nos levantamos a vivir la vida y los que disfrutan del sueño eterno.

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Acerca del Autor

Lizandro Penagos

Nací en San Antonio Abad del Páramo de Nuestra Señora de los Dolores. Un pueblecito del Tolima que produce café, ganado y mucha lástima. Hizo parte de La Cortina, un muro imaginario de las guerrillas liberales, gérmenes de las FARC-EP. Allí nací, sietemesino. Allí mataron a mi padre hace más de 20 años. Allí vive aun mi madre, sola. Y allí pienso escribir literatura. Mientras tanto, hago y enseño periodismo en la UAO. Hice televisión y una hija. Publico donde me dejan y sobre cómo leo la existencia.

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