lunes, agosto 3 2020

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Matarife remake

Ahora bien, los matarifes nacionales han tenido siempre en sus secuaces a los matachines perfectos. Fanáticos seguidores a su servicio que no siempre matan por encargo, sino incluso para congraciarse con su mesías.

Matarife remake
Crédito de foto: Especial para 90minutos.co

Hace medio siglo en Colombia el matarife era el carnicero del pueblo. Este personaje no solo vendía la carne, sino que mataba y destazaba al animal. En algunos casos también lo criaba, por lo que oficiaba como pastor y como lobo. Mi papá fue matarife. En mi pueblo les decían y aún les dicen: chimberos. Es un término despectivo que refiere -entre muchas otras acepciones- grosería y ese andar rebuscándose la vida: chimbeando, con i. Una mezcla de vaquero provinciano y verdugo llano con ínfulas y aspiraciones de ganadero. Además de mantener ensangrentados y grasientos sus delantales de dril caqui, solían ser vulgares y bebedores de aguardiente, dizque para contrarrestar el hielo de la muerte. Y también mujeriegos. No había mayor desgracia para una familia que alguien del pabellón (así le decían al matadero/carnicería, que era el mismo lugar) se fijara en una de sus mujeres. Ellas sí se fijaban en ellos, pues así garantizaban su carnita y, en algunos casos, sus huesitos. La desgracia que le seguía a cualquier ralea era que un chofer posara sus ojos -sus manos o toda su humanidad- en una damisela de la estirpe. Mi papá fue chofer. Mi abuela -que Dios la tenga en su santa gloria rindiendo cuentas por sus devaneos clasistas y algo racistas aun siendo tan humilde- debió santiguarse hasta el desgaste el hombro derecho, cuando ese hombre con la doble condición conquistó a mi mamá que ya tenía a este vástago.

Pero no hablaré más de mi familia, debería contar cosas aterradoras que podrían devolver a la abuela de la tumba y a mí me enviarían a ella. Cosa a la que no le temo -como tampoco al ser desheredado, pues la herencia va en la sangre o los genes y en el espíritu-, pero falta escribir un par de líneas todavía y, en este caso, sobre la serie y la palabra de moda en redes y ninguneada por los medios tradicionales. A lo que vinimos entonces. Matarife es casi un arcaísmo, una de esas palabras que entran en desuso como convidar o chiripa. O todas las que usted puede advertir en el primer párrafo de esta alusiva diatribilla. Así mesmo manque vusté no lo tenga en la tusta. O como desmonterarse, que significa quitarse el sombrero. Aunque algunos terratenientes se nieguen a hacerlo y además le añadan poncho, incluso Zuleta. Yo los invito con suerte a ver la serie Matarife para entender por qué en Colombia es lo que es y no logra salir de esta situación donde la espiral de violencia no solo la envuelve, sino que la impulsa. No hay que esfondar la historia ni ir a tientas, enantes nomás -en los últimos 200 años-, los matarifes o han liderado nuestros asuntos o han degollado a quienes se atreven a proponer algún cambio.

Aguarde y verá. Las cosas se cuentan solas, solo hay que atisbar bien. Cuando a Rafael Uribe Uribe lo mataron a punta de hacha un par de carpinteros, en un costado del Capitolio Nacional en 1914, la antigua penitenciaria del panóptico ya era el Museo Nacional. De modo que el refugio del arte en Colombia -como nuestra realidad- huele a sangre y muerte. Llevaba debajo de su brazo un proyecto destinado a proteger a los trabajadores de los accidentes laborales. Fue tal vez el primer sindicalista descalificado por la elite nacional como promotor del socialismo de Estado y tildado como “El cónsul del desprestigio” por defender a los menos favorecidos. Quiso evitar la pérdida de Panamá, pero ya la tenían vendida. Y como impulsor de la modernización agrícola defendió a los campesinos para fortalecer el campo, pero ya lo tenían cercado. Por eso lo mataron. Como asesinaron a Antequera, a Gaitán, a Galán, a Garzón, a Gómez, a Jaramillo, a Lara, a Pardo, a Pizarro, a Toledo, a Ulcué, a Umaña y a todo el abecedario de hombres que quisieron cambiar nuestra realidad; y los puñeteros politiqueros -que no quieren destetarse del Estado y su poder- les mandaron a dar fierro. Comenzamos y terminamos el siglo XX matando a quienes pudieron haber liderado el cambio, que no vendrá con un solo hombre. Y debe decirse, tampoco de una sola mujer.

Ahora bien, los matarifes nacionales han tenido siempre en sus secuaces a los matachines perfectos. Fanáticos seguidores a su servicio que no siempre matan por encargo, sino incluso para congraciarse con su mesías. Ellos -los que se creen ungidos para la salvación de la patria y los intereses superiores de la nación- no matan con mano propia, sino mercenaria. No matan de frente, pero se alimentan de sangre y avivan la sed de muerte con sus babas infestadas de absurdo patriotismo e ideales irracionales. Hasta los bandidos han perdido la mística. Ni parecidos al Cóndor, León María Lozano, que entre los resuellos que le permitían el asma, la rezadera y el tajar queso en la galería con un mataganado, mandaba a matar liberales desde el Happy Bar en Tuluá. Tanto miedo que le daba morirse en la calle y lo mataron en la calle. No lo mató el asma, sino la plomonía. Le dieron plomo. A él, que no había dado plomo, pero sabía dónde y cómo dar a diestra y siniestra. Ese si supo para qué eran las carabinas y la munición que le llevó el Directorio Conservador del Valle. Ha sido el viejo remedio, matarnos. Curar con sangre, vencer con odio. Eliminar política y físicamente. Resoplar rencores y encender vanidades.

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Ahora la macabra tarea de matar contrarios es subrepticia. Nadie se la endilga, todos la esquivan. Es sistemática, periódica y encubierta. Se cuentan y registran como accidentes, casos fortuitos, gente que no andaba cogiendo café, problemas de pareja, conflictos entre gente bruta, por una cerca, por un nacimiento de agua, por ropa extendida en el patio del vecino o por simples líos de faldas que no se refieren a las de las montañas. Un problema entre matones. Es posible que el matarife moderno no ordene siempre, pero decide y sus áulicos cumplen a cabalidad su cometido atroz. Lejos de arcaísmo alguno en su eterna perorata sanguinolenta no sugiere matar, sino acabar con ese problema o neutralizar a ese incómodo contradictor. Los helicópteros se caen, los venenos se confunden y a los narcos los matan por un reloj. Los matarifes modernos cortan de tajo sin matar un mosco. Para eso están los que se alimentan con sus vómitos. No amenazan, solo advierten. Y llaman amigo al periodista que los cuestiona. Con su mano firme hacen señalamientos insalvables.

Por eso Matarife es la reproducción fidedigna de nuestra historia concentrada en un personaje. Se cambia de actor, pero no de película. Las escenas se han repetido en Colombia con tramoyas casi idénticas y con algunos cambios de ambientación. La escenografía básica es el campo. Desde la chusma o los bandoleros, los chulavitas o los chulos, los pájaros o las águilas, los guerrillos o los paracos, todos matan y destazan para complacer al jefe. Les vuelan la tapa de los sesos a sus víctimas -que muchas veces fueron también victimarios-, como para matar bien muertas sus ideas. O les rompen las chocozuelas a sus martirizados enemigos, no importa si son estudiantes protestando o secuestrados, para que piensen mejor su próximo paso. Exponen sus asaduras y las avientan a los ríos para que los cadáveres no floten y cuenten cosas represadas. O encolerizan ignorantes para que sus herramientas se conviertan en armas. Machetes y picas hace años, hoy tuits y motosierras. Es el advenimiento tecnológico a nuestra histórica barbarie. Nunca hemos dejado de sembrar terror para cosechar miedo. Antes capaban para escarmentar y hoy sigue más viva la metáfora de los huevos.

Los muertos ya no son los líderes políticos con reconocimiento, sino líderes campesinos llevados a la asfixia por la iniquidad y a la muerte por el construido anonimato. O simples campesinos presentes en el teatro de operaciones de la guerra. A veces, como en el bajo mundo, en las altas esferas matan antiguos aliados convertidos en enemigos por la mala repartición del narcobotín o el corrupto pillaje. Matarife no es como se ha dicho un refrito periodístico, sino la sal sobre una herida abierta hace siglos. Y eso la hace más sustancial, pues con hechos y noticias de los últimos 30 años que giran en torno de un rancio patriarca, se evidencia que las noticias aisladas no informan, que la investigación periodista no es una opción sino una obligación y que una estrategia del bandidaje es el secuestro de la democracia, de la justica y de los medios de comunicación.

Acercarse a esta serie buscando entretenimiento es como arrimarse a una antena en plena tempestad en busca de protección. Y las críticas y vetos a Matarife por parte de su protagonista y sus áulicos un indiscutible pararrayos. La producción es un corrientazo al adormecimiento de la conciencia nacional, un remezón a la manipulación informativa a la que han sometido a la nación. En suma, una creación alternativa que, si bien tiene un lugar específico de enunciación, funge como mecanismo de contrainformación ante los conductores de la opinión pública y puede caer en el sesgo al ser abiertamente desequilibrada. La independencia también es una posición ideológica y Matarife no es un programa periodístico, aunque utilice algunos de sus artilugios. La campaña de expectativa, por ejemplo; el tiempo pensado para el tráfico en redes y las nuevas audiencias; y los spots publicitarios a manera de tráiler, donde se manejan los conceptos del montaje cinematográfico. Y el título, un gancho que recurre a la evocación de los más famosos rebautizados carniceros: Saddam Hussein, el de Bagdad; Slobodan Milošević, el de los Balcanes; António de Oliveira, el de Lisboa; Klaus Barbie, el de Lyon; Jeffrey Dahmer, el de Milwaukee; Ed Gein, el de Plainfield; Reinhard Heydrich​, el de Praga; Andréi Romanovich, el de Rostov; y hasta Telmo Hurtado, el carnicero de los Andes, para mencionar solo los más taquilleros.

Solo que utiliza un sinónimo, un casi arcaísmo, la figura de un personaje que tiende a desaparecer en las ciudades, pero pervive en los pueblos, y lo hace para narrar la eterna Crónica de una muerte anunciada que padece Colombia: el matarife. Así, como cuando García Márquez recurre en su novela a la figura de los gemelos Vicario -carniceros de oficio- para saldar una afrenta con sangre. Pedro y Pablo Vicario matan a Santiago Nasar porque le quitó la virginidad a su hermana Ángela. Todos sabían, pero nadie pudo o quiso hacer nada. Así, por una mancha de sangre, muchos matarifes de la vida nacional la han hecho brotar y correr a borbotones. Porque les mataron el papá o les secuestraron un hermano. Porque les robaron ganado o les quitaron un negocio. Aquí se mata por y con cualquier cosa. Y aunque los vegetarianos y los veganos me quieran crucificar, hay matarifes buenos, como mi papá, al que los paramilitares asesinaron en 1991. Matarifes con errores y debilidades, pero que no son asesinos. Que cumplen una función social, como el chofer o el presidente. Matarifes sacrificados por un título y por la actividad de un hombre cuya injerencia en el destino de Colombia será peor que las consecuencias del Frente Nacional.

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Acerca del Autor

Lizandro Penagos

Nací en San Antonio Abad del Páramo de Nuestra Señora de los Dolores. Un pueblecito del Tolima que produce café, ganado y mucha lástima. Hizo parte de La Cortina, un muro imaginario de las guerrillas liberales, gérmenes de las FARC-EP. Allí nací, sietemesino. Allí mataron a mi padre hace más de 20 años. Allí vive aun mi madre, sola. Y allí pienso escribir literatura. Mientras tanto, hago y enseño periodismo en la UAO. Hice televisión y una hija. Publico donde me dejan y sobre cómo leo la existencia.

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