Martes, Diciembre 11 2018

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Los odiadores

Los odidadores  carecen de escrúpulos y empatía. No se conmueven ni respetan el dolor ajeno, tampoco conocen límites porque el odio es insaciable y voraz y no se rinden porque es constante e implacable.

Los odiadores
Crédito de foto: Especial para 90minutos.co

En Colombia existe una especie de individuos cuyo único objetivo es sembrar el odio en la sociedad. Son personas con un apego patológico al poder y un desprecio igualmente enfermizo por las personas con tendencias ideológicas, políticas, religiosas o sexuales diferentes. La fría y metódica disciplina con que actúan, sumado a un prodigioso sentido de la oportunidad y un adecuado uso de las herramientas necesarias para esparcir el odio permite catalogarlos como odiadores.

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Los odidadores  carecen de escrúpulos y empatía. No se conmueven ni respetan el dolor ajeno, tampoco conocen límites porque el odio es insaciable y voraz y no se rinden porque es constante e implacable.

El clamor de los odiadores  no es de victoria sino de destrucción y la venganza es solo un parapeto para ocultar la despreciable pasión que los arrebata. En los odiadores se cumple una perversa coherencia entre los hechos y las palabras y aun cuando no se manchan las manos con la sangre que exigen derramar, serán la mano invisible que coloca la bomba, dispara el fusil o dirige el timón contra la multitud indefensa. Los odiadores no persiguen el bien común sino el reino del caos, el miedo y la desconfianza.

Los odiadores  lanzan al aire su malevolencia y sin ninguna pudicia se sirven de fotos de víctimas falsas o verdaderas con sus cuerpos destrozados, de victimarios sonrientes o niños llorando, de falsas noticias sobre la economía, la violencia, etc., para suscitar la cólera, porque saben que la gente “verraca” es manipulable y sirve a los fines que persiguen los odiadores.

Los odiadores  asisten a las reuniones sociales y a sus congresos luciendo una amplia sonrisa mientras que sus huestes infestadas por el odio deambulan con la rostro desfigurado, lanzando improperios, gritando incoherencias, enfermas y sumisas, violentas y peligrosas.

Los odiadores son maestros del disimulo. No se alteran, pretenden que la corrección en los ademanes y las frases apropiadas sean las notas predominantes de sus comportamientos. Los  odiadores gozan por lo general de reputación de personas justas y dueñas de sus emociones. Actúan como Plutarco frente un esclavo al que había ordenado azotar y que Montaigne recrea de la siguiente manera: “Un esclavo de Plutarco, hombre depravado y vicioso, aunque un tanto informado de las lecciones de filosofía, fue desnudado y azotado por orden de su amo; y al principio quejábase de que le castigaban sin razón. Pero luego, entrando en enojo, comenzó a clamar y a injuriar a su señor diciéndole que no era un filósofo como se jactaba de serlo y que mal sentaba aquella punición en quien consideraba la cólera feo vicio y aún había escrito un tratado sobre ella. Porque era cierto -añadía- que, por estar encolerizado le hacía castigar así, su señor, desmentía con este acto sus escritos. A lo que Plutarco, muy sosegado y sereno le respondió: “acaso, patán crees que estoy enfurecido ahora? Mi rostro, mi voz, mi color, mis palabras, ¿te dan algún testimonio de furia en mi? No creo tener los ojos exaltados, ni demudado el semblante, ni alterada la voz. ¿Enrojezco, echo espuma por la boca, digo algo de lo que pueda arrepentirme? ¿Me estremezco y palpito de rabia? Porque ésos son en verdad, los signos de la cólera.” Y volviéndose al azotador, añadió: “Prosigue tu tarea mientras este hombre y yo disputamos”.

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No obstante en ocasiones los odiadores pierden los estribos y atacan con ímpetu demencial. No son como Plutarco que reprime el gesto y pronuncia las palabras adecuadas para ocultar la ira, sino como el  esclavo que muta el dolor de la carne en colera.

Despertar el odio es fácil, lo difícil es satisfacerlo. Nada colma el apetito voraz del dragón en que se convierte quien aborrece, ni siquiera eliminar al enemigo, porque a falta de este dirigirá sus fauces contra sus aliados y luego contra su propio linaje y si es preciso comerá, por último, su propia cola.

Hace mucho tiempo que los colombianos perdimos la serenidad y por lo tanto el sano juicio, debido al odio que nos embarga. Basta una pequeña afrenta  o un rumor infundado para que enterremos para siempre valiosas amistades y nos enfrentemos en batallas campales por una idea o una opinión. Creemos tener derecho a odiar por todos los males injustamente recibidos, pero pasamos por alto que así nos convertimos en instrumento de quienes fomentan el odio y crean todo tipo de conflictos de los cuales solamente ellos se benefician.

Nada se parece más a una persona que odia que otra persona que odia, ninguna tendrá la razón, además no importa, porque ambas buscan destruirse.  Dejemos que los odiadores prediquen en el desierto y que los sigan las piedras y armen tormentas de arena. Démosle la oportunidad a quienes defienden sus ideales sin apelar al odio, aunque existan muy pocos.

La opinión de los blogueros no refleja el pensamiento editorial de 90minutos.co

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Acerca del Autor

Elmer Montaña

Caleño, padre de familia, abogado santiaguino especialista en D.I.H y cultura de paz, derecho administrativo.Ex fiscal, profesor universitario, asesor y consultor, defensor de derechos humanos y director ejecutivo de la Fundación Defensa de Inocentes.

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