Lunes, Septiembre 16 2019

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Los nuevos amos de la tierra

Es cierto que los medios de comunicación hacen de los ciclos normales de la naturaleza, su epicentro informativo, pero no lo es menos que el planeta viene dando avisos de un desequilibrio que cada vez tiene más repercusiones con evidencias incontrovertibles.

Los nuevos amos de la tierra
Crédito de foto: Especial para 90minutos.co

Ahora que las redes están a punto de chamuscarse por tanto llamado solidario a proteger y preservar el Amazonas, valdría recoger tantas babas para apagar el verdadero incendio: una conciencia ecológica de jardinería. O, mejor, que no alcanza ni siquiera los niveles básicos del cuidado de una matera. Tal vez uno de los más acertados memes que ha suscitado la situación, da cuenta de cómo las generaciones recientes no cuidan ni la mata que tiene la mamá en el patio y ahora andan publicando “Salvemos la Amazonía”. Esa propensión a la virtualidad los ubica cada vez más en un mundo menos real y más momentáneo y episódico. Para hablar solo de Colombia, cuesta ver cómo se ‘movilizan’ en pro del metastásico pulmón del mundo y no se inmutan por las quemas que les tuestan los calzones. En Valle o Tolima, Cundinamarca o Huila.

Es cierto que los medios de comunicación hacen de los ciclos normales de la naturaleza, su epicentro informativo, pero no lo es menos que el planeta viene dando avisos de un desequilibrio que cada vez tiene más repercusiones con evidencias incontrovertibles. Inundaciones periódicas que llegan con las lluvias a ocupar los lugares que le pertenecieron a los ríos o incendios fomentados en verano para ampliar las fronteras de la codicia y que son mostrados como el accionar de algún pirómano desadaptado y anónimo. En Guajira se robaron el río Ranchería y en toda la Orinoquia una altillanura que ya está en manos de los grupos económicos y las multinacionales. Se dinamitan dragas, mientras se otorgan licencias mineras. En Córdoba y Meta el ganado importa más que la gente. En Valle del Cauca, la caña es la reina del monocultivo. En Nariño o Putumayo, es la coca. En la Sierra Nevada y Cauca, la marihuana. En San Andrés, el Magic Garden, se incendia como por arte de magia cada que no le cabe más basura. Sí, así se llama el basurero, Jardín Mágico. Y nada de esto se viraliza. Nada de esto despierta la conciencia.

En Cali hace 30 años se queman sus cerros sin que haya políticas de protección reales y efectivas orientadas a evitar los incendios. Hace 20 años se habló de barreras naturales, de alertas comunitarias, de los Bambi Bucket para la Fuerza Aérea y nada. Con el verano llegan las llamas y todo vuelve a las cenizas. Ya en breve será imposible subir a Cristo Rey a contemplar las quemas nocturnas de los cañaduzales, un espectáculo dantesco que permite evocar una gran idea de Condorito para viajar al sol: “Iremos de noche”. ¡Ingenioso no! El pajarraco y los ingenios. De los siete ríos nos quedan dos y con muchas dificultades. Pance, inundado de parcelaciones; y Cali, que existe hasta La Ermita; porque el Cauca es junto al Magdalena, la gran cloaca nacional. Al Meléndez, se lo bebió el acueducto de La Reforma; al Cañaveralejo, lo embistió el progreso; al Lili La Buitrera lo dejó vuelto carroña; y el Aguacatal, es una marranera. En agosto llegan las cometas y los incendios. 200 emergencias en 103 municipios del país en lo que va corrido del mes y los ojos puestos en el smartphone. En el retuit, en la cadena, en la firma, en el meme, en el like, en el me gusta, en el compartir aquello que otro pensó para lavarme las manos y la conciencia.

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Vehemencia

Mientras el presidente Duque propone en Leticia un pacto para proteger la Amazonía, que existe desde 1978 (Tratado de Cooperación Amazónica) y que Colombia firmó y no cumplió claro; en las redes el discurso de Fidel Castro en la ONU ante el mismísimo Fernando Collor de Mello, presidente de Brasil (1990-1992); y el de Hugo Chávez en la Cumbre sobre el Cambio Climático Copenhague 2009, dejan claro que el problema del clima es el sistema, no son los incendios. Es el capitalismo salvaje y avasallador, que no quiere asumir el nuevo concepto de progreso, que le apunta al desarrollo sostenible. Otro tanto denunciaron hace décadas las canciones de Serrat, de Roberto Carlos, de Chico Buarque, que me dirán algunos prohombres, son más chácharas convertidas en himnos de los mamertos. Así como las frases del Jefe de la Nación Comanche o de Chico Mendes, Jacques Cousteau y hasta Al Gore.

Para que trascendamos y superemos la simpleza de un me gusta, esta perorata le apunta a una sola cosa: recomendar la lectura de un libro. Los nuevos amos de la tierra (2016), de Stefano Liberti. Una investigación sobre el acaparamiento de tierras que a los ojos de los gobiernos y las grandes compañías, es algo legítimo que sucede en secreto. Puede leerse como expansión de la frontera agrícola o una inversión para garantizar el agua como la nueva frontera; pero también como una vuelta del colonialismo, mucho más peligroso, pues no solo pone en riesgo la ya debilitada seguridad alimentaria de los más pobres del mundo, sino la comida de quienes están por fuera de esa franja. Diez millones de tierras cultivables (no se especifica su tamaño o el número de hectáreas) han pasado de manos púbicas a privadas, para cultivar alimentos unas, y otras, carburantes alternativos. Cada vez hay más gente y menos arroz, trigo o maíz. Una cadena alimentaria que encabeza el capitalismo agrario.

Medio mundo está en la mira. Todos los países que están entre el trópico de Cáncer y el trópico de Capricornio. “Ricos en tierras, llenos de sol y de fuerza de trabajo, pero pobres de capital”, en palabras del exministro de Agricultura brasileño (2003-2006), João Roberto Rodrigues. Yo agregaría: pobres también de espíritu, visión, educación y liderazgo. Y allí está Colombia, vendiendo su futuro al mejor postor y metiéndose en la onda viral de pronunciarse hipócritamente frente a la debacle de la Amazonía. Basta ojear otro libro, Así se roban la tierra en Colombia (2018), de Wilson Arias, para sentir escalofríos. Contagiada de la fiebre por la tierra, una sola compañía china venía a comprar 400 mil hectáreas de nuestra altillanura. Para que tengan una idea de la dimensión del negocio, todos los ingenios de nuestro departamento tienen sembradas con caña 254 mil hectáreas. Solo la corporación Cargill, compró 52 mil hectáreas, el tamaño de Salento. Según el Plan Maestro de la Orinoquia, el gobierno Duque espera integrar al mercado 15 millones de hectáreas, la mayoría de ellas baldíos de la nación de la que saldrán colonos pobres, para que entren los señores de las multinacionales. Es probable que leer libros tampoco sirva de nada frente a la situación de Amazonía, pero puede permitir hacer reflexiones individuales que se tornen en acciones colectivas a futuro, resultantes de una conciencia ecológica más honesta y menos viral.

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Acerca del Autor

Lizandro Penagos

Nací en San Antonio Abad del Páramo de Nuestra Señora de los Dolores. Un pueblecito del Tolima que produce café, ganado y mucha lástima. Hizo parte de La Cortina, un muro imaginario de las guerrillas liberales, gérmenes de las FARC-EP. Allí nací, sietemesino. Allí mataron a mi padre hace más de 20 años. Allí vive aun mi madre, sola. Y allí pienso escribir literatura. Mientras tanto, hago y enseño periodismo en la UAO. Hice televisión y una hija. Publico donde me dejan y sobre cómo leo la existencia.

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