viernes, mayo 14 2021

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Lluvia

La lluvia, decía Federico García Lorca, tiene un vago secreto de ternura, de somnolencia resignada y amable. Y lo mismo podríamos decir de la drogadicción.

Lluvia
Crédito de foto: Especial para 90minutos.co

Tal vez la letra más exigua de una canción sea la del clásico de Mon Rivera, Lluvia con nieve, que solo tiene cinco palabras que se repiten en los 2 minutos y 57 segundos que dura una descarga de música entre maravillosa y desesperante. “Lluvia. Nieve. Lluvia con nieve”.  Piano, bajo, trombones, congas, timbal y güiro. Nada más, nada menos. Un embale a la altura de Tiahuanaco de Alfredito Linares que a lo sumo tiene un par de frases y una sílaba a manera de lamento o pregón, como se quiera. Pero volvamos a la lluvia. Y a la nieve.  Efraín ‘Mon’ Rivera vivió la pobreza, la música, la migración, las drogas y el olvido. Por eso cuando pudo, se puso cuatro dientes de oro que refulgían en una sonrisa que le despertaba la música y el reconocimiento social que lo convirtió en leyenda boricua. Lluvia con nieve es nada más y nada menos que un homenaje al licor y la cocaína.

Como Caína de Rubén Baldes (Te agita y te enreda, pecadora/Después que te abraza te devora/No se puede querer a la Caína/No se puede creer en la Caína); Periquito Pin Pin de Tommy Olivencia (Me tienen en vigilancia no quieren dejarme entrar/Dicen que soy ilegal y las puertas me quieren cerrar/Pero que va, siempre me les sé colar); o Caretas de Ismael Miranda (La droga te vira la vida al revés/Estás entregado y no ves lo bueno que hay en otras cosas/Droga/Por todo, por nada y porque/En lo negativo caer/Si la vida te ofrece otras cosas). Y tantas otras inspiraciones que o bien rinden homenajes metafóricos al consumo o lo critican como una de las formas más absurdas de suicidio, que per se ya es el absurdo en su máxima cúspide o en el abismo.

Ahora que llueve a cántaros en Colombia, que las montañas se derriten, que las quebradas y los ríos se salen de su cauce para reclamar sus madresviejas, que los deslizamientos acaban con las ilusiones de los pobres que se han trepado en las laderas y que los derrumbes arrastran la ilusión de tener una nación interconectada con óptimas carreteras, esta canción es un referente equivocado porque de todo habla menos de invierno. Es un cumplido a los aguaceros de licor que se frenan ilusoriamente con cocaína. Solo para prolongar la desgracia. Algo similar a lo que las emisoras hacen en verano con Temperatura de Los Hermanos Lebrón: no es calor físico, es espiritual. Una consideración si se quiere de la rumba pesada que quiere prolongarse en el espacio y el tiempo. Una descarga de adrenalina que cobra los excesos y sume luego en depresiones nefastas.

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Colombia jamás está preparada para nada. Ni para el invierno ni para el verano. Ni para controlar la salida de droga del país, ni para frenar el microtráfico. La nación pasó de ser exportadora a consumidora. Ni la Oficina de Atención y Prevención de Desastres ni el Observatorio de Drogas en Colombia son entidades que se anticipen a lo que ocurre de manera periódica y ordinaria. En nuestro país las inundaciones o los incendios forestales se repiten cada tanto con las mismas características y repercusiones sin que las autoridades hagan otra cosa que achacarle todo a la naturaleza y a la divida providencia. Y los medios registran una y otra vez las mismas tragedias, las avalanchas en cualquier punto de la geografía nacional, los arroyos en Barranquilla, los desbordamientos en Chocó, los derrumbes en La Línea o las calamidades que por cuenta de un clima tildado de loco debemos soportar. Lo cierto es que la tierra está desorientada y los seres humanos somos los culpables.

Así como la deforestación, los embalses y megaproyectos, la tala indiscriminada, la ganadería extensiva, la contaminación atmosférica, las basuras generadas por el consumismo, etc. están acabando con el planeta, las drogas están acabando con la población juvenil. Ausencias afectivas, depresiones familiares, vacíos emocionales, asociados con otros factores socioeconómicos, han sumido a los jóvenes en la drogadicción. Que niños de nueve años sean cocainómanos o que a los doce ya se inyecten heroína no es ficción. Toman trago y fuman marihuana desde antes. Amén de drogas sintéticas mucho más peligrosas y poco detectables en sus círculos familiares o escolares. Tampones empapados con sustancias alucinógenas o psicoactivas que no permiten descubrir el consumo. Una tragedia que no está asociada siempre con la marginalidad o la pobreza, pero si con el olvido.

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La lluvia, decía Federico García Lorca, tiene un vago secreto de ternura, de somnolencia resignada y amable. Y lo mismo podríamos decir de la drogadicción, bajo cuyos efectos no importa nada, sólo el aislamiento del mundo en letargo y esa paz ilusoria, momentánea, fugaz, en apariencia mansa pero alocada que se pretende como una armonía interior que no se consigue en estado normal, pero que cobra en la resaca ese sueño porque es una terrible realidad sobre la condición humana. No viene la calma después de la lluvia, de la tormenta. Al contrario, como en la estrofa del Niño Bonito de Puerto Rico: A veces quien sabe de todo, tiene que perder/La puerta que es ancha a la entrada se achica después/Y cuando allá adentro se apaga, la luz de una calle perdida/Es duro empujar las paredes buscando salida/Con rumbo a la vida. Y remata el poeta español fusilado por socialista, homosexual y masón, que una música humilde se despierta con la lluvia y hace vibrar el alma dormida del paisaje.

Hace poco -el 2 de marzo-, sobre el campamento de alias Gentil Duarte llovieron bombas que no mataron a ningún cabecilla disidente, pero desmembraron varios menores, entre ellos una niña de 9 años. Una “máquina de guerra” según el ministro de Defensa Diego Molano, a quien no se le nota fue director del ICBF. Todos sabemos que en Colombia hay categorías para los ciudadanos -¡todavía hay estratos!- y la vida los más pobres no tiene valor alguno, pero el Estado poco hace para proteger la vida de sus niños y jóvenes acosados por todas las delincuencias posibles. Familias disfuncionales, una escuela olvidada o distante, sin recursos, zonas alejadas donde la autoridad es el fusil legal o ilegal, campos y ciudades sin oportunidades, afectaciones sobre el crecimiento y el desarrollo, sobre la memoria, la capacidad de aprendizaje, de concentración, la toma de decisiones y la percepción de la realidad. Es esa lluvia de miseria e inmundicia, ese diluvio de factores que está ahogando a una generación de cristal que se está quebrando, que -como el Acuerdo de Paz- está hecha trizas. Pero qué más da, echémosle de nuevo la culpa de todo a la guerrilla. ¡Y que suenen la música y las copas!

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Acerca del Autor

Lizandro Penagos

Nací en San Antonio Abad del Páramo de Nuestra Señora de los Dolores. Un pueblecito del Tolima que produce café, ganado y mucha lástima. Hizo parte de La Cortina, un muro imaginario de las guerrillas liberales, gérmenes de las FARC-EP. Allí nací, sietemesino. Allí mataron a mi padre hace más de 20 años. Allí vive aun mi madre, sola. Y allí pienso escribir literatura. Mientras tanto, hago y enseño periodismo en la UAO. Hice televisión y una hija. Publico donde me dejan y sobre cómo leo la existencia.

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