Lunes, Junio 18 2018

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Literatura y pantalla

Todos los que padecemos la rarísima enfermedad de la lectura contumaz hemos leído -y hasta escuchado- que de la Literatura no se puede vivir, pero también, que sin ella no vale la pena hacerlo. Más aún, si nos hemos atrevido a viajar al pasado del texto -a la hoja en blanco- y hemos dado ese …

Literatura y pantalla

Todos los que padecemos la rarísima enfermedad de la lectura contumaz hemos leído -y hasta escuchado- que de la Literatura no se puede vivir, pero también, que sin ella no vale la pena hacerlo. Más aún, si nos hemos atrevido a viajar al pasado del texto -a la hoja en blanco- y hemos dado ese salto al vacío que supone pasar de la comodidad de lector, a someter nuestros garabatos de autor al escrutinio carroñero del público, habremos confirmado la premisa en carne propia. Termina uno vendiéndole libros a la familia, a los amigos y a los compañeros de trabajo sin embargo amigos, y por qué negarlo, regalándoselos a una que otra amiga furtiva. Alienta saber que el primer libro que publicó el circunspecto Jorge Luis Borges, lo pagó de su propio bolsillo y en un acto de pícara timidez -y acaso medrosa estrategia de circulación-, lo dejaba a escondidas en los bolsillos de los sobretodos colgados en los percheros de las oficinas vecinas.

Claro que hay escritores millonarios. Por supuesto que cobran cifras escandalosas por desarrollar un argumento, escribir un prólogo, dictar una conferencia o ceder los derechos de sus historias, amén de otros negocios, como escribir a sueldo la biografía de algún capo. Mercenarios literatos. Pero la mayoría, disfruta de esas mieles ya seniles. Los hay de cuna rica, que escriben sin la presión del hambre o las dentelladas de la necesidad; y de ricos amigos que por lo regular ostentan cargos burocráticos, en esas entidades que llaman culturales. Y los llevan a moverse sinuosos entre los ministerios que otorgan premios y becas a dedo; y las editoriales que son propiedad todas de un gran magnate. Y salen en las páginas de sus revistas y periódicos, hablan por sus cadenas de radio y aparecen en las pantallas de sus televisoras. Son unos pocos y su posición es vista como deposición por los ortodoxos académicos, unos señores que escriben para subir de escalafón -y de sueldo- en las universidades. Lo que nadie puede negar es que la migración a la pantalla es la redención económica.

Ahora, que vale más una imagen en televisión que los resultados de la más rigurosa investigación, que todas las estadísticas del gobierno juntas y que las cientos de miles de iniciativas sembradoras de tejido social, algunos escritores se resisten a salir en pantalla porque -como Umberto Eco- lo consideran un signo de elegancia. Son unos pocos los apocalípticos, pero casi todos están integrados mi querido Umberto. No son pocos quienes afirman que los últimos grandes escritores nacionales, son meros aguacates madurados a punta de periódico. Y con más sorna, pasajeros destellos de la pantalla. Una nota en la franja prime time de un noticiero de televisión, es más efectiva que todos los impresos. La pantalla es la reina del show businnes. Publicidad, promoción y propagación. Baste citar el más exitoso ejemplo de toda la historia, la saga de Harry Potter. Su autora, Joanne Rowling, pasó en solo cinco años de pobre a multimillonaria y es la primera persona en alcanzar US$1000 millones en ganancias derivadas solo de la escritura. La profesora, acosada por las deudas y el desempleo, concibió una historia que se convirtió en marca y en caja registradora.

Lejos de esas latitudes y cifras, en Colombia una productora de televisión caleña -Osshum-  y Señal Colombia, se unieron hace un par de años para realizar Letra Urbana, un programa de televisión que pretende acercar la literatura a las personas, llevando los escritores a la pantalla. En un perfil documental, los escribanos cuentan -punzados por un tema- detalles de sus inicios, sus primeras lecturas, su proceso creativo, sus autores favoritos, su relación con el espacio, en suma, todo lo que los conforma como seres literarios. Pues en contra de otros criterios más respetables, al verdadero escritor todo lo conforma y nada lo define, dado que está condenado a la desgracia solitaria de escribir porque no puede hacer otra cosa. No al menos otra que le satisfaga o le torture en la misma medida. Es un vicio y todos sabemos que su sinónimo es placer.

Otra cosa es el trabajo duro, que como bien reveló Raymond Chandler, es un pobre sustituto del talento. Se escribe porque la fuerza y pulsión creativa estorba sino sale, atosiga, atraganta, sino se expresa, sino se pare. Adecuarse al público o al sistema, puede ser rentable, pero detestable en términos de contenidos. Deleznable. De ahí que Letra Urbana retome aquello de Vida y Obra. Varios de sus protagonistas son apenas reconocidos en la cuadra y en estrechos círculos literarios. No escriben para publicar o ganar dinero, pero publican y viven de lo que les pagan por cuestiones relacionadas con su labor. Algunos todavía tienen esa visión romántica del oficio que se ha ido perdiendo con la misma velocidad con la que hoy se olvida un Bestseller. Todos, sin excepción, escriben por una suerte de deformación congénita que les obliga a hacer algo que en estricto sentido sirve para muy poco e intentan mejorar con cada línea. Trascender, no morir jamás.

Espero volver sobre estas ideas -más elaboradas, lo prometo- en Cartagena, en el marco del Hay Festival, donde Señal Colombia realizará el lanzamiento de la segunda temporada de Letra Urbana. Doce capítulos y el mar bordando luceros en el filo de la playa. Algo se hará y se verá, espero.

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Acerca del Autor

Lizandro Penagos

Nací en San Antonio Abad del Páramo de Nuestra Señora de los Dolores. Un pueblecito del Tolima que produce café, ganado y mucha lástima. Hizo parte de La Cortina, un muro imaginario de las guerrillas liberales, gérmenes de las FARC-EP. Allí nací, sietemesino. Allí mataron a mi padre hace más de 20 años. Allí vive aun mi madre, sola. Y allí pienso escribir literatura. Mientras tanto, hago y enseño periodismo en la UAO. Hice televisión y una hija. Publico donde me dejan y sobre cómo leo la existencia.

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