Domingo, Septiembre 23 2018

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La respuesta I

No importa a quién atendamos, si al húngaro Sándor Márai, a la canadiense Alice Munro o al argentino Jorge Luis Borges. Si aceptamos que uno siempre responde con su vida entera a las preguntas más importantes; si consideramos que la memoria es la forma en que seguimos contándonos a nosotros mismos nuestras historias; o si …

La respuesta I

No importa a quién atendamos, si al húngaro Sándor Márai, a la canadiense Alice Munro o al argentino Jorge Luis Borges. Si aceptamos que uno siempre responde con su vida entera a las preguntas más importantes; si consideramos que la memoria es la forma en que seguimos contándonos a nosotros mismos nuestras historias; o si decidimos no hablar de venganzas ni perdones, porqueel olvido es la única venganza y el único perdón.

Como periodista he formulado muchas preguntas y asumo que -como en la vida- me han dicho mentiras y verdades, eso no importa, porque todas y cada una de las respuestas forja, pero algunas se anclaron para siempre en mi conciencia, ese fenómeno misterioso y hasta temible que nos rige.

Recuerdo (y me disculparán los borgianos que pronuncie ese verbo sagrado) con una exactitud más sensitiva que perspicua, algunos episodios y pormenores de ciertas entrevistas.

De Celia Cruz, sus uñas, sus caderas como enganchadas del borde de sus pulmones y la autoridad con la que ordenó a los periodistas hacer una fila y numerarse para entrevistarla.

De Marc Anthony, su fealdad inconmensurable, como su talento y la belleza de sus amantes.

DeVitín Avilés, su voz, su incontinencia, sus disculpas por haber orinado el carro en el que íbamos y su adicción a la cocaína al borde de los 80 años.

De Pete “El Conde” Rodríguez, su tufo eterno y la cerveza en lata que nunca zafó de su mano y que resplandecía tanto como su esclava de oro.

De Joan Manuel Serrat, las palmaditas en la cara al colega Bernabé Cortés que le insistía en que le cantara un pedacito de algo.

De Pablo Milanés, su dificultad para moverse y la rubia despampanante que no lo desamparaba.

De Jairo Aníbal Niño, su fuerza poética y la inocencia reveladora de sus ideas literarias, su retórica infantil.

De William Ospina, su agudeza, su impresionante precisión en el diálogo y su memoria prodigiosa.

De Héctor Abad Faciolince, su estatura física y emocional. No sé de otro hombre que ame tanto a su padre.

De Álvaro Uribe, sus escoltas probando todo lo que le llevaban al auditorio de la Universidad Santiago de Cali: agua, chontaduros, champús, panelitas de leche.

De Rafael Pardo, su serenidad, sus ojeras y la evocación latente del inmolado Luis Carlos Galán Sarmiento.

De Jaime Garzón, su pelo y dientes desordenados y el show que montó ante el detector de metales de la Casa de Nariño mientras lo esperábamos.

De Alfredo Molano, su mirada infinitamente triste y su profundo conocimiento del conflicto colombiano, del país y de los Llanos Orientales.

De Arturo Alape, su voz temblorosa, su delgadez y el tacto periodístico que logró desnudar a Tirofijo.

De Alfonso López Michelsen, el olor a whiskey que invadió todo el piso del Hotel Intercontinental de Cali.

De Carlos Holguín Sardi su respuesta lapidaria -no por lo concisa, sino por la similitud con las placas de mármol en los cementerios- ante el interrogante de si dialogaría con la guerrilla. Sí, -me dijo- con los que queden vivos.

De Fernando Londoño, la cantidad de escoltas y su oratoria guerrera, su diatriba argumentada con citas y cifras.

De Raúl Cuero, la tranquilidad con la que ingirió pandebono y gaseosa en plena entrevista en televisión.

De Antanas Mockus, su mirada al piso buscando respuestas y sus manos entrelazadas con los índices unidos y en señal de silencio mientras pensaba…

Y la respuesta de un viejo anónimo en la Plaza de Caycedo. ¿Cuál es la fuerza que mueve al mundo?, me increpó. Hice acopio de todo cuánto sabía en ese momento y no acerté. Ante mi perplejidad, se respondió: ¡el equilibrio! Mire las torcacitas. Ninguna tiene las dos alas en un mismo lado.

Espere la próxima semana La respuesta II.

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Acerca del Autor

Lizandro Penagos

Nací en San Antonio Abad del Páramo de Nuestra Señora de los Dolores. Un pueblecito del Tolima que produce café, ganado y mucha lástima. Hizo parte de La Cortina, un muro imaginario de las guerrillas liberales, gérmenes de las FARC-EP. Allí nací, sietemesino. Allí mataron a mi padre hace más de 20 años. Allí vive aun mi madre, sola. Y allí pienso escribir literatura. Mientras tanto, hago y enseño periodismo en la UAO. Hice televisión y una hija. Publico donde me dejan y sobre cómo leo la existencia.

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