Martes, Junio 2 2020

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La lora del vecino

Puede que algo quede de esta experiencia, que sirva de algo para rehacer la deteriorada relación con la tierra y con los otros. Que se reviertan o reorganicen los valores.

La lora del vecino
Crédito de foto: Especial para 90minutos.co

Aún si por desgracia, por el azar del destino, por el despiste de algún contagiado, por la vulnerabilidad de mi sistema inmunológico o por designio de la Divina Providencia, muriera por coronavirus, debo decir que esto no es más que la nueva cara de la guerra: las armas biológicas. Una pandemia con unas características muy extrañas, justo en tiempos donde soplaban nuevos vientos. Un enemigo invisible cuyo tamaño se magnifica a punta de medios de comunicación. No quiero imaginarme cuando todo el mundo sepa que contiene material genético del VIH. Tengámonos de dónde sea porque la arremetida política y mediática será más letal que la debacle socioeconómica que sobreviene. Y luego se tranquilizará a la manada con aquello que se utiliza cada que no hay buenos argumentos: las estadísticas. En la calle está la gente que no permite que el sistema se vaya al piso, es decir, las cadenas de producción. Ya puede uno intuir quiénes serán los beneficiarios inmediatos del virus. Y sin mucho esfuerzo, quiénes cuando se produzca la vacuna.

Todos se abrazarán felices porque unidos vencimos, porque los muertos fueron menos que los estimados, cuando en realidad es el fracaso colectivo más grande en la historia reciente de la humanidad. Una guerra biológica (no se sabe aún si por acción u omisión) que como todas las guerras mata más población inocente que involucrados directos. Y en el frente, los más pobres. Y en la retaguardia, los que mandan. Qué importa quién, cuánto importa cuándo, o cómo o por qué, soltaron o dejaron escapar este virus de laboratorio diseñado como arma para reorganizar el mundo a su antojo y dominar como siempre con soporte en el miedo y la seguridad. Internet, el arma secreta en tiempos de la Guerra Fría, hoy en manos de todo el mundo, es más eficaz en la tarea de volvernos autómatas del señuelo tecnológico. La vida es la pantalla. La realidad, el mundo, la fe, el conocimiento, la economía, todo. Vale preguntarse ¿hasta qué punto la auténtica libertad individual y la responsabilidad social son posibles, en una medida aceptable, bajo el régimen económico existente?

Ningún promotor de guerra alguna, declarará que todas las guerras son económicas porque son inversiones con fines estrictamente comerciales. Tampoco aceptará que hoy, las armas han cambiado. Todos los promotores de las guerras sueñan con Dios y siguen sus indicaciones. Todos los gobernantes llaman al sacrificio y los corderos se inmolan para que no les cambien el lobo, que siempre es el pastor. Cuando no vemos más allá de la nariz, por sorprendente que parezca, lo que ocurre a una distancia apenas ligera, resulta del todo invisible. Absurdo es desconocer el virus, pero también, todo lo que de él se desprende y se desgajará en términos de gobernabilidad y control. A la vista está que nadie puede atreverse a desmentir lo establecido frente a esta gripa con una nueva cepa, porque se vuelve enemigo del sistema y se perseguirá como a los contradictores políticos, con execrable saña.

Reina la desinformación en su Era. Versiones vienen y van. Audios y videos. Memes y artículos. Remedios y curas. La iglesia tiene su versión y también los ecologistas, los científicos y los intelectuales, los demócratas y los tiranos, los árabes y los musulmanes, los judíos y los cineastas, los artistas y los payasos, los futbolistas y los estilistas, los periodistas y los docentes; pero son los batallones, los grandes ejércitos de las potencias, representaciones dominantes del poder económico de unos cuantos, los que aguardan para entrar en acción si la estrategia se sale de madre. Si la escasez cunde, si el desabastecimiento llega, si los confinados se desesperan. Hoy el poder confirma que sus instituciones médicas y sociales, al igual que las creencias, están en crisis, porque la inmunidad no depende exclusivamente del dinero o la fe, sino de la eficacia de los servicios de salud y la buena educación de las personas. Pero incluso en este escenario, prevalecen los privilegios. No hay camas para tantos enfermos, pero si personal y medicinas suficientes al servicio de los poderosos.

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Puede que algo quede de esta experiencia, que sirva de algo para rehacer la deteriorada relación con la tierra y con los otros. Que se reviertan o reorganicen los valores. Pero me temo que serán los amos de la humanidad los grandes beneficiados. El miedo compra lo que sea, no solo lo que necesita. De modo que hasta el momento no ha cambiado nada, solo hemos puesto nuestro egoísmo desbordado en mayor evidencia. Las verdades incontrovertibles, lo mismo que las únicas salidas, solo conducen al absolutismo. No somos iguales y por tanto los efectos de las medidas iguales, serán catastróficas. Pero por suerte, la gran salvación de la humanidad es que siempre haya ovejas negras. Seres inactuales con voluntad propia en medio de un sistema avasallador. El valor de unos pocos que se atreven a denunciar los crímenes de los imperios en nombre de Dios y la democracia. Así sea desde Latinoamérica donde una vez culminada la Guerra Fría, el número de presos políticos no violentos excede las cifras de cualquier otra latitud.

Lo anterior confirma una premisa que subyace en medio de semejante crisis. Una de las plagas más nocivas y poco exterminadas en el mundo ha sido la represión. La seguridad asesina y brutal que se ha irrigado por el mundo desde los Estados Unidos, un país sin amigos, solo con aliados comerciales, ahora se torna incluso inofensiva ante un virus del que no se salva ni su propio irrigador, sea el que sea. Hasta el discurso de todos esos declarados ‘enemigos internos’ se ha sumado a la cruzada y tomado fuerza hoy -quién lo creyera- gracias a Internet, ese monstruo de los algoritmos que puede identificarlo casi todo. En estos tiempos donde las financiaciones de las campañas predicen con mucha fiabilidad las opciones políticas de gobierno, el mundo mira a su gendarme y el policía de ese mundo también anda ocupado luchando contra el invisible, mientras que cada vez con mayor descaro deja a sus élites hacer lo que quieran y los pobres crecen como espuma.

El patrón bíblico de premio y castigo se está repitiendo con una precisión asombrosa. Y los disidentes (término como tantos otros satanizado y prostituido en Colombia) condenados al señalamiento y la exclusión en sus escenarios. Las universidades como fábricas de borregos, siguen a pie juntillas las imposiciones del gran negocio trasnacional. No actúan como centros de pensamiento crítico y más aún en estos momentos, donde deberían romper las barreras del acceso al aprendizaje y brindarle información y análisis a toda la sociedad. No volver a confirmar desde esta reclusión obligada que son burbujas aisladas de los contextos a los que pertenecen. Sin salirse del redil, siguen sin detenerse a pensar que son instrumentos del nuevo orden mundial a través de la virtualización de la vida, de la instrumentalización tecnológica, del dominio y control casi absoluto de todas nuestras acciones y decisiones, a partir de un acceso restringido al conocimiento y mediado por la capacidad de pago. Ojalá nunca nuestros pensamientos sean objeto de dicho soporte, aunque ya hay asomos de inteligencia artificial que toma decisiones por todos aquellos que en el mundo acatan órdenes sin reflexionar.

Entretanto yo sigo en casa. En familia, esa posibilidad que nos quita el trabajo, ese coste que se paga para vivir. Leyendo y a ratos escribiendo. Viendo documentales y series. Disfrutando. Huyéndole a las noticias falsas y a las verdades a medias. La lora del vecino está feliz. Repite. Grita. Vuelve a repetir. Los pájaros están como locos. Trinan y revolotean. El cielo despejado y el aire limpio. El ruido callado y los esclavos en casa. Quietos, asustados, preocupados y con la incertidumbre agazapada mientras la enjabonada se repite y las monedas se reducen. Dichosos los condenados que aún no perdemos el salario o el empleo. La cadena de producción no se detiene y pareciera que sus eslabones humanos fueran inmunes. Y los medios tildan de superhéroes a los olvidados. Claro, los periodistas también lo son: héroes y olvidados.

Hoy médicos y enfermeras están a la altura de los miembros del Salón de la Justica. Policías y rapitenderos al mismo nivel de los Súper Amigos gringos. A los arrinconados campesinos y sus maravillosas despensas, hoy se les requiere. Y a los hace poco fieros camioneros, se les ve como heraldos divinos. Aseadores y vigilantes por fin son considerados en su gran dimensión. El carro de la basura es más amado que el del rey de la Fórmula 1. Los bomberos y los miembros de la Defensa Civil, esa gente llena de voluntad y escasa de apoyo económico por parte del Estado, que emerge en cada catástrofe, es valorada en su verdadera magnitud. Se elogia a los alineados y se castiga al desobediente necesitado. El pensamiento libre, la reflexión individual o el análisis particular, son caras terroríficas de un monstruo llamado desafío, que jamás será un superhéroe de la Liga de la Justica de América, como Superman, Batman, Flash o la Mujer Maravilla. Propondré que incluyan a la lora.

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Post source : Especial para 90minutos.co

Acerca del Autor

Lizandro Penagos

Nací en San Antonio Abad del Páramo de Nuestra Señora de los Dolores. Un pueblecito del Tolima que produce café, ganado y mucha lástima. Hizo parte de La Cortina, un muro imaginario de las guerrillas liberales, gérmenes de las FARC-EP. Allí nací, sietemesino. Allí mataron a mi padre hace más de 20 años. Allí vive aun mi madre, sola. Y allí pienso escribir literatura. Mientras tanto, hago y enseño periodismo en la UAO. Hice televisión y una hija. Publico donde me dejan y sobre cómo leo la existencia.

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