domingo, mayo 9 2021

.

La Línea rota

Un santo, una virgen o un cristo en cada curva. También una camándula de pobres y avivatos pidiendo limosna y dando vía.

La Línea rota
Crédito de foto: Especial para 90minutos.co

De tanto saberlo y padecerlo a Colombia se le olvidó -con la inauguración del túnel de los más altos sobrecostos y alharaca- que en nuestro país una línea no es la distancia más corta entre dos puntos. Al paso de La Línea entre Calarcá y Cajamarca ya no le cabe otro adjetivo: temido, incierto, tortuoso, inseguro, peligroso, sinuoso y un etcétera más largo que la cifra de derrumbes y bloqueos que ha tenido en sus casi 100 años. Proyectada como el cruce de la cordillera central en tren, muy pronto los ingenieros de la época descubrieron y decidieron -movidos también por la Depresión del 29- que era mejor echar la línea férrea por otra geografía menos agreste e inestable. Pero los trazados -y la mitad del nombre común- fueron recogidos para la carretera que a punto de cumplir un  siglo, jamás ha dejado de construirse. Nunca. En 1918  se revelan los primeros planos y en 1922 se ordena construir el túnel. Subir y cruzar los 3.150 metros sobre el nivel del mar no son solo una proeza para los ciclistas, sino una aventura para cualquier viajero.

Y de nuevo, por enésima vez, no un derrumbe sino una amenaza de deslizamiento -algo hemos avanzado- tiene La Línea cerrada para vehículos particulares y con limitaciones para el transporte de carga y de pasajeros. Primero un festivo, luego una semana y ahora que hasta enero. Justo cuando el gobierno Duque- así debe nombrarse, qué hacemos- lo inauguró hace dos meses como la gran solución a las históricas dificultades de una carretera inacabada. Cierre en la noche. Paso restringido. Hombres trabajando. Maquinaria. Filas interminables. Como siempre, se culpa a la madre naturaleza. A la intensa ola invernal. Va la madre, pero uno ya no sabe si es más grande el descaro o la ignorancia. Por supuesto que ha llovido, eso nadie puede negarlo. Pero tampoco, que el impacto ambiental de la agricultura y la minería a gran escala, de la ganadería en menor grado, y los trabajos de ingeniería, han socavado el equilibrio medioambiental de la zona. Y la corrupción. Cuando no es el arrastre de la capa vegetal, las obras inconclusas o mal hechas, es la permeabilidad del suelo que convierte un aguacero cualquiera en avalancha que se lo lleva todo.

Lea también:

Amparo Arrebato, la negra más popular

Debe reconocerse que se está haciendo prevención. Ya en el pasado reciente en sectores como Los Chorros, Cansaperros o al lado del antiguo peaje (estuvo ubicado en tres diferentes lugares), para citar solo tres casos, la montaña se llevó no solo la bancada y varios vehículos, sino la vida de varias personas. Debe decirse que al viajero desesperado solo le importa que le den paso. El riesgo es inherente a la colombianidad. El nivel de pluviosidad de la zona no es el más alto del país, pero sí uno de los más dañinos en términos de afectaciones sobre la vía. Digamos para reforzar esta afirmación que en Chocó llueve más, pero hay menos carreteras, menos montaña y menos impacto sobre la economía nacional. De modo que con cada época invernal, cruzar La Línea es una suerte de ruleta rusa. Se sabe cuándo se ingresa a ella, pero jamás cuándo se saldrá. Si se sale. Hoy, un recorrido pensado para dos horas y media en condiciones normales, puede tomar doce horas. Incluso más, porque no hay vías alternas en la misma vía. En Colombia no se habla de kilómetros en los recorridos, sino de horas. Nunca se sabe.

La ruta alterna -otra vez el descaro- es por Manizales. Por el Alto de Letras (3.450 m s.n.m.) Es otra vía que se convierte en la única opción para llegar al centro del país, pero no una alternativa equiparable. El recorrido es mucho más largo, hay más peajes y claro, se gasta más combustible. Además del desgaste automotor y humano. Sumado a un flujo vehicular que reduce el promedio de velocidad e incrementa el riesgo de bloqueos por accidentes. El afán y la imprudencia no saben de vías, él y ella adelantan temerarios. Si el destino es Ibagué y no Bogotá, súmele más de todo para devolverse. Si es a Neiva o Florencia, otro tanto por el antiguo Armero y Cambao para tomar al sur. Incluso se atreven a decir que Popayán – La Plata es otra ruta alterna para ir al centro. A la capital. De pronto se les ocurre habilitar el camino de Guanacas o el de Salento, utilizado por indígenas y españoles, como ruta alterna en medio de la contingencia. A pie o de a caballo, claro. Es como decir que las rutas alternas para pasar del Atlántico al Pacifico, o viceversa, sin utilizar el canal de Panamá, es darle la vuelta al continente por el estrecho de Magallanes. Una ruta en realidad alterna sería otro canal paralelo o cercano.

Le puede interesar:

Yo, el tapabocas

Pero volvamos a La Línea. El recorrido es una especie de clase de economía diversa, a gran escala y de subsistencia. Desde el paisaje cafetero y ese ocaso que a sorbos agónicos se percibe apenas se ve Calarcá desde arriba. Más adelante, las finquitas ganaderas que ordeñan Holstein, un ganado que parece enchaquetado. Uno que otro cultivo de pancoger. Después los interminables bosques de pino -para la extracción de madera- que con su colchón de acidez, acaban con todo. Pequeños restaurantes, hotelitos sin estrellas, hogares de paso para camioneros necesitados de una sopleteada de filtro, tintiaderos donde también se pica pulmón, montallantas y talleres de mecánica donde desvaran incautos con autos en perfecto estado. Una vez coronado el Alto, el descenso hacia Tolima cambia el panorama. La ganadería se expande, también la agricultura y el turismo. La inclinación es menor y el terreno menos rudo. Un santo, una virgen o un cristo en cada curva. También una camándula de pobres y avivatos pidiendo limosna y dando vía.

Cajamarca es considerada la despensa agrícola del país y por su centro pasa la economía de la nación. Es decir, la carga que viene de Buenaventura. No tenemos transporte intermodal. Acabamos con el tren y con los ríos. El avión sigue siendo un lujo. Las recuas de mulas y los camperos de la Segunda Guerra Mundial siguen combatiendo en las trochas que parecen recién bombardeadas. De ahí que un bloqueo en esta carretera afecte la economía de una nación forzada a las dependencias únicas. En varios tramos de la carretera se trabaja la doble calzada, que no podrá ser en su totalidad por las condiciones de la montaña. Es chiste común en la zona, que en algunas fincas se debe sembrar con escopeta de perdigones. Lo cierto es que estos faldones producen comida al granel y problemas constantes en la vía en la misma proporción.

En diciembre la humanidad sale despavorida a buscar a su familia, su terruño, sus ancestros, sus lugares de origen, esa patria chica que todos tenemos y en la que habita la memoria, que es del tamaño de los recuerdos; la infancia y la juventud, que son los primeros pasos de la experiencia; y los amores y los arraigos que el desplazamiento interno arrancan para buscar nuevos horizontes y mejor calidad de vida. Se viaja para tomar nuevos aires, renovarse, llenarse del pasado para disfrutar el presente y proyectar ese futuro hoy más incierto que nunca por cuenta del invisible. Pero La Línea está rota, hay otras vías que llevan a otros lugares y personas, a otras realidades menos agitadas que las de la ciudad. Este país de montañeros (el mayor porcentaje de nuestra población está en la Zona Andina) deberá pagar el precio de la ineptitud histórica de una clase dirigente que acaba de ubicarnos en el primer lugar de la corrupción en el mundo, según Transparencia Internacional. Ellos seguirán diciendo que todo es culpa de la madre naturaleza.

Otras noticias:

Delirium tremens

Acerca del Autor

Lizandro Penagos

Nací en San Antonio Abad del Páramo de Nuestra Señora de los Dolores. Un pueblecito del Tolima que produce café, ganado y mucha lástima. Hizo parte de La Cortina, un muro imaginario de las guerrillas liberales, gérmenes de las FARC-EP. Allí nací, sietemesino. Allí mataron a mi padre hace más de 20 años. Allí vive aun mi madre, sola. Y allí pienso escribir literatura. Mientras tanto, hago y enseño periodismo en la UAO. Hice televisión y una hija. Publico donde me dejan y sobre cómo leo la existencia.

Noticias Relacionadas