Miércoles, Septiembre 19 2018

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La infidelidad

La infidelidad es sin duda una de las acciones más desgarradoras y lacerantes que puede cometer un ser humano contra otro, sea hombre o sea mujer. Y es además un acto demencial, porque siempre se hace en contra de la persona que se supone más deberíamos amar (esposo o esposa). La infidelidad podría explicarse, apartándonos …

La infidelidad

La infidelidad es sin duda una de las acciones más desgarradoras y lacerantes que puede cometer un ser humano contra otro, sea hombre o sea mujer. Y es además un acto demencial, porque siempre se hace en contra de la persona que se supone más deberíamos amar (esposo o esposa). La infidelidad podría explicarse, apartándonos de análisis sicológicos y genéticos muy elaborados, como un evento de nuestros más intrínsecos y profundos desarreglos del instinto animal que llevamos dentro.

La infidelidad va acompañada siempre, y sin excepción, de otros actos de igual indignidad. Veamos:

Va acompañada del engaño, porque se necesita saber mentir (al menos hasta que el culpable sea descubierto.) La mentira es inherente a la infidelidad, van juntas, se complementan, se necesitan y se fortalecen entre sí.

Lleva también una carga absoluta de deslealtad, porque es imprescindible traicionar la confianza que alguna vez la víctima depositó en nosotros. Hay quienes dicen aceptar que son infieles pero no desleales. Mi opinión es que eso es imposible. No puede haber lealtad si estás clavando un puñal por la espalda a tu pareja, y nadie puede argumentar que la infidelidad es un acto meramente físico y que usualmente no se involucra el corazón. Siempre se involucra de una forma u otra. Siempre se falta a la lealtad porque ella tiene que ver con legalidad, verdad y honor.

La infidelidad va también de la mano con el dolor. Dolor para la víctima pero también para el victimario. No hay infidelidad que después de causar unos minutos de placer, no conlleve horas, días o meses de remordimiento, angustia, desasosiego y estrés. Aunque estos sentimientos duren sólo hasta el próximo episodio de infidelidad, para repetirse luego una y otra vez. La infidelidad es entonces una de las materias primas para construir un infarto, un cáncer o cualquiera otra circunstancia que nos lleve a la puerta misma de la muerte. Así de grave.

También es necesario entender que la infidelidad va junto con el cinismo. No hay peor desvergonzado que un infiel. Muchos mantienen oculto su pecado por años, mientras otros, menos osados, se entregan a la infidelidad de vez en cuando y luego se retiran por un tiempo, para  después volver a caer. Pero unos y otros son cínicos, porque niegan cualquier asomo de culpabilidad. Basta con recordar aquellas palabras que los infieles repiten entre sí y frente a sus amigos seguidas de una estruendosa carcajada: "si alguna vez te pillan, niégalo hasta la muerte". 

Dicho lo anterior, surge entonces la pregunta: ¿es posible superar y abandonar de una vez y para siempre la infidelidad? Y cómo respuesta podrían aparecer aquí teorías estudiadas, hipótesis elaboradas y conclusiones profundas, pero quisiera por encima de todo eso, proponer la más sencilla pero a la vez la más certera (quizá la única): la respuesta es que sí es posible enfrentar y ganar ese desafío, si se dan estas dos condiciones:

a.) Entender que nuestros propios alcances son limitados. Que en nuestras propias fuerzas es muy difícil lograrlo. Que necesitamos ayuda. Pero no una ayuda de hombres, igual de falible que nosotros mismos, sino ayuda de lo alto, donde las cosas se resuelven de otro modo: desde la esencia y no desde la superficialidad. Estoy hablando que sí es posible, con la ayuda de Dios.

b.) Arrepentirse desde lo más profundo del corazón, y pedir perdón abandonando con desdén cualquier posibilidad de recaída.

Habrá tentaciones, habrá duda, y tal vez se abrirán puertas que parecen atractivas de cruzar, pero ahí estará Dios para ayudarnos si ponemos de nosotros lo que nos corresponde: deseos de cambiar, fortaleza, resistencia y sobre todo, amor por esa persona que tenemos al lado.

Después de esos períodos iniciales difíciles, tan escabrosos como los rápidos de un caudaloso río, vendrá la calma, la paz, y entonces ser fiel será un estilo de vida nuevo y maravilloso, comparable sólo con lo que se siente en ese primer enamoramiento que alguna vez tuvimos la fortuna de experimentar.

Compruébelo, es cuestión de creer.

 

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