viernes, junio 11 2021

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La increíble y azarosa vida de Larry Landa

¿Qué hizo posible que un humilde joven caleño se convirtiera en el gran mecenas de la rumba caleña? La trágica historia del empresario musical que ayudó a convertir a Cali en la capital mundial de la salsa.

La increíble y azarosa vida de Larry Landa

Por Gerardo Quintero Tello

 Son las cinco de la mañana Y ya amanece /
Juan Pachanga bien vestido aparece /
Todos en el barrio están descansando /
Y Juan Pachanga en silencio va pensando /

 

 

Una noche de 1982, mientras el Club Discoteca Juan Pachanga, en Juanchito, ardía en medio del fragor de la rumba, por fin apareció Héctor Lavoe, El cantante de los cantantes, El hombre que respiraba debajo del agua. Era ya de madrugada y El rey de la puntualidad no quería cantar. Larry Landa, el promotor de artistas de la salsa, quien había invitado a Lavoe a  Cali para que se ‘desintoxicara’ de sus excesos con la droga lo había obligado a presentarse esa noche. Pero ‘Jéctor’ no estaba de buenas pulgas y en medio de la sorpresa de todos los asistentes, subió al escenario con sus gafas, su caminar cadencioso, su delgadez extrema, pero sin ninguna prenda de vestir. Tomó el micrófono y así, solo con sus interiores puestos, y un público que no salía de su asombro, los asistentes entendieron por qué Héctor le cantaba a la vida de risas y penas, de momentos malos y de cosas buenas.

En un oscuro rincón, Larry contemplaba la escena sin ninguna sorpresa, ya sabía de lo que era capaz Lavoe. Alto, delgado, buena pinta, pelo abundante e impecable, ropa ceñida a su cuerpo, vestido a la última moda y perfumado, con zapato en colores yeyé bien lustrados, el dueño de Juan Pachanga vivía sus últimos meses de gloria en la rumba caleña.

Desandar las huellas de Larry Landa es una tarea difícil. Su vida transcurre en un extraño limbo en el que se funde lo real, lo mítico y la oscuridad. El hombre que transformó la vida musical de Cali, el primero que trajo a las estrellas de la Fania All Star, el ‘dandy’ al que el grupo Niche inmortalizó en un disco, el mismo que hizo una réplica de la famosa discoteca La Jirafa, en su casa, en la Autopista con Calle 60, el que puso a figurar a Cali en el mercado mundial de la salsa, el que se inventó los Carnavales de Juanchito, el que trajo a vivir a Héctor Lavoe en Cali por cerca de seis meses, es como dice Cuco Valoy (otro de los grandes artistas que trajo por primera vez a la ciudad)  un hombre misterioso. Tanto así que ni siquiera se llamaba Larry Landa. Sí, el ‘bacán’, el hombre del cabello abundante y siempre bien peinado que algunos consideraban el John Travolta caleño, comenzó su vida en el barrio Calima llamándose César Tulio Araque Bonilla.

De eso pueden dar testimonio Benhur Lozada, Edgar Hernán Arce, Alfredo Palacios y Alberto Echeverry, leyendas de la locución caleña que lo conocieron, trabajaron e hicieron parte del circuito de la rumba con Landa en noches que se prologaban por 48 y 72 horas. Ellos recuerdan a un joven acelerado, moderno, de pelo largo, siempre con chaqueta y cuello de la camisa que se imponía por encima de la misma, atlético y una particular forma de hablar, medio enredada y “al que a veces se le pegaba la aguja”.

Termina una orquesta, otra está afinando… /
y… la gente aplaude y grita porque está gozando./
¡Cómo!  En el barrio hay tres días de carnaval
pa’ gozar. 

Como muchos jóvenes caleños de aquellos años setenta, Araque partió a Nueva York buscando que el sueño americano no se volviera una pesadilla. Fue allá, a mediados de los setenta, cuando el ex secretario de gobierno de Cali, Miguel Yusti, lo conoció, mientras Larry Harlow, el ‘judío maravilloso’, interpretaba una brutal descarga de piano que encandilaba con sus acordes a Landa. “Él ya tenía sus ‘negocios’ y era un empresario de la salsa, un enamorado de la música y quería poner una discoteca en Nueva York”, agrega Yusty.

Benhur Lozada, uno de los locutores que mandaba en la sintonía caleña con la inolvidable emisora salsera de los años 70, Radio Tigre, recuerda que Landa bautizó su discoteca como ‘Canario, Cali-New York’, en plena 69 E Broadway. Y desde ese momento la leyenda comenzó a abrirse paso. Algunos aseguran que la bautizó así porque simplemente no pudo ponerle ‘Perico Cali-New York’. Ya César Tulio Araque dejaba de existir y le daba paso a Larry Landa, el hombre que se movía como el gran promotor de artistas, el que todos querían, el que pagaba cumplido, el que se codeaba  con los grandes de la salsa, el bacán del barrio y el de la fortuna sospechosa.

Pero los sueños de Larry no estaban en Nueva York, él quería convertir a Cali en eso que José Pardo Llada, con su voz portentosa, tronaba una y otra vez: ‘Cali, la capital mundial de la salsa’. Pero la verdad es que en aquellos setenta eso era sólo un sueño, porque como recuerda el locutor y empresario musical Alberto Echeverry, más conocido como ‘Comidota’ y mano derecha de Larry en Juan Pachanga, “aquí no venía nadie, escuchábamos todos los discos, oíamos la aguja traquear con todos los temas salseros, pero no conocíamos a esos monstruos”.

“aquí no venía nadie, escuchábamos todos los discos, oíamos la aguja traquear con todos los temas salseros, pero no conocíamos a esos monstruos”

Y es Larry, empotrado en sus fajos de dólares calientes, quien regresa a la ciudad y organiza una caseta que se llamaría ‘Toro Sentao’, en las canchas Panamericanas. Y fue así como para una Feria se ‘soltaron los caballos’ y llegaron Joe Quijano, el Gran Combo, Ismael Miranda y la Dimensión Latina. Sin embargo, la paradoja era que ‘Toro Sentao’ permanecía vacío y a Las Vallas, al norte de Cali, con la Fórmula 8 y Píper Pimienta, no le cabía un alma. “Landa llegaba con los músicos a ver nuestro espectáculo”, recuerda Benhur Lozada. Es en ese momento cuando se produce una alianza que rompe todo lo que se había hecho en la ciudad. Landa alquila por cinco años Las Vallas, a un costo impensable para la época. Lozada, presentador de las orquestas, y Miguel Proaño, jefe de cocina de las Vallas y el Club Campestre, advirtieron que se iban a quedar sin trabajo y este último le lanzó a Landa una propuesta que sellaría la llegada de decenas de grandes artistas a Cali. “Vea Larry, usted tiene la plata, pero de esto no sabe y nosotros no tenemos la plata, pero sabemos, así que si usted quiere trabajar con nosotros, vamos fifty fifty, cincuenta-cincuenta en las utilidades, más no en las pérdidas”, recuerda Lozada que le dijo al ambicioso ‘empresario’, quien sin mucho tiempo para pensar respondió con un listo y así nació Promotores Asociados.

Esta empresa trajo a Eddie Palmieri con su orquesta Original La Perfecta, La Yambú, la Típica Novel, Joe Quijano, el Conjunto Clásico y la Fania All Star, entre otros. De la noche a la mañana Cali se convertía después de Nueva York y San Juan, en Puerto Rico, en la tercera meca de la salsa. Y aquí la leyenda vuelve a hacer de las suyas. Las claves que marcan los recuerdos hablan de un Landa que no se medía en atenciones. Los artistas eran felices porque este mecenas de la rumba pagaba lo que pidieran, recuerda Yusti. Pero, además, el lado B, ese perfil oscuro de Landa comienza a surgir. Esa historia cuenta que Landa no solo pagaba cumplido en ‘verdes’, sino que también los artistas llegaban incentivados por ‘todos los juguetes’ que venían en el paquete del contrato: ‘perica’, licor y mujeres…

De allá arriba se ve un río
También se ve un platanal (bis)

Se divisa un cafetal y más arriba un bohío (bis)

Se marcharon los Rodríguez, no se sabe para donde,
dejaron su terruñito, se fueron del monte (bis)

Ay que pena me dio cuando los Rodríguez se fueron (bis)

Lozada y Edgar Hernán Arce desatan sus recuerdos y rememoran esas rumbas nunca antes vistas en la ciudad de la alegría. De cómo en esos finales de los setenta llenaron el Coliseo Evangelista Mora con un grupito recién descubierto, el Conjunto Clásico, que alcanzaría la fama justamente en Cali con un disco que ‘traqueaba’ en la ciudad por todas las emisoras: ‘Los Rodríguez’. Y mientras se marchaban los Rodríguez y nadie sabía para dónde, otros llegaban a la ciudad atraídos por los dólares y la fama de ‘La capital mundial de la salsa’ que comenzaba a hacerse internacional. Entonces muchos vieron como el faraón Óscar D´León hacía que los asistentes pasaran del llanto a la alegría con ‘Siéntate ahí’ y luego con ‘Llorarás’. Mientras Cuco Valoy con su calva brillante les cantaba a las caleñas ‘Amor para Mí’. Pero Landa también apreciaba el bolero y por eso trajo al boricua Vitín Avilés para que en un rincón de la pista y a media luz se le pudiera cantar al oído a ese amor escondido aquellas canciones que ponían a temblar hasta el corazón más retrechero: ‘… Ahora te vas en primavera como si no supieras que para mí es mortal, ahora ya esta tarde y siento pena mi alma está muy llena de tí y de tu mal. Porque jurabas que me amabas sin sentirlo cuando enredabas tu cabello con cariño, pudiste haber parado a tiempo con decirme mira niño es un juego y nada más”.

Y en esa locura musical que obsesionaba a Larry comenzó a palpitar un sueño, el de hacer un Carnaval en Juanchito, ese corregimiento a orillas del río Cauca que simbolizaba tanto para el empresario pues allí tenía su discoteca Juan Pachanga. Landa era terco y cuando una idea se le metía en la cabeza no se la sacaba nadie. Así también lo recuerda Edgar Hernán Arce, quien era el director y programador musical de la Voz del Valle y que además fue el locutor elegido por Landa para llevarlo a Nueva York a que presentara a Fruko y sus Tesos, la primera banda de salsa colombiana que se presentó en el Madison Square Garden.

Discoteca Juan Pachanga

 

El sueño se hizo realidad y fue tal el impacto de los dos Carnavales que hizo Landa en los comienzos de los ochenta, que algunos comentaban que eran mejores que la Feria de Cali. Landa, a orillas del Cauca, presentó a la Sonora Matancera, con Celia Cruz a la cabeza. Allí también llegó la Fania con Jhony Pacheco dirigiendo la orquesta y Héctor Lavoe guapeando a la vieja usanza salsera. Al principio cuando se anunció el espectáculo todos pensaron que se trataba de una broma, pero allá llegaron los bravos del ritmo y fue una noche inolvidable.

El escritor bonaverense Medardo Arias recuerda que Landa creó, además del Carnaval de Juanchito, el Reinado de la Arena. “Para inaugurar estos eventos, incluido el club Juan Pachanga, trajo hasta las riberas del Cauca una orquesta de Nueva Orleans. En aquella noche memorable, mientras los músicos de Luisiana asordinaban sus trompetas con sombreros canotiers, en una mesa departían Celia Cruz, Pedro Knight, Alfredito de La Fe, el Negro Perea y los poetas Octavio Paz, el de Cali, y Luis Fernando Tascón, Taseche, más tarde notable crítico del fenómeno musical Caribe”.

Los carnavales de Juanchito marcaron un hito en la rumba de la ciudad y el compadrazgo de Landa con los músicos le permitió incluso llevar a la Fania a una presentación en la cárcel de Villahermosa. “La gente olvidó las andanzas de Larry porque él fue un mecenas de la salsa, los demás eran empresarios, pero él hizo parte de la cotidianidad de los músicos. Los recibía como reyes y los atendía como sus hermanos, por eso trascendió.  Larry fundó un universo que se llamó el Carnaval de Juanchito”, asegura Yusti, sin titubeos.

Todo tiene su final, nada dura para siempre, tenemos que recordar que no existe eternidad / 
Como el lindo clavel solo quiso florecer, y enseñarnos su belleza y marchito perecer /
todo tiene su final nada dura para siempre tenemos que recordar que no existe eternidad…

Carnavales de Juanchito

La construcción de la discoteca Juan Pachanga, a comienzos de los ochenta en Juanchito, y la llegada de Héctor Lavoe a Cali van de la mano.  La ciudad ya se había transformado en la verdadera capital mundial de la salsa por los artistas que Larry pagaba y no era extraño ver en los bajos del Hotel Petecuy, en plena Calle 15, al Pete el Conde Rodríguez, Rey Reyes, Santiago Cerón, Tito Nieves, Baby Rodríguez y la Compañía, la Orquesta Broadway, Andy Montañez. Los antiguos grilles de los setenta como el Honka-Monka, Mauna Loa, Aretama, Séptimo Cielo, Cabo Rojeño, El Chira, entre otros, le habían dado paso a las modernas discotecas que concentraban las rumba en Alameda, la Calle Quinta y la Roosevelt, con Libaniel, El Habanero, Siboney, Cañandonga, La Jirafa, El Túnel del Tiempo, Manhattan, el Escondite, Village Game, Melodías, La Comparsa, Rumbahabana, La Manzana y se remataba pasando el puente sobre el río Cauca en el Abuelo Pachanguero, Don José, Agapito y el Concorde, la megadiscoteca de moda en Juanchito y la joya de Hugo Valencia, ‘El Divino’, como le decían en el tórrido mundo de los narcos y quien Moncho Santana menciona en ‘Del puente pa’allá’. Y también cuando acababa la rumba era inevitable ir a comer chuleta o carne encebollada al Bochinche, El Despiste, Caballo Loco o Apollo, algunos de los comederos clásicos de la Cali de entonces.

Eran los tiempos en el que el fútbol se había convertido en una extensión del poder narco y cada ‘patrón’ tenía su propio equipo. Cali era una ciudad plena de contrastes. Una parte de los hinchas vivía feliz porque América reunía grandes constelaciones futboleras del continente y ganaba todos los campeonatos, pero era también la ‘Cali caliente’ en la que ningún negocio del bajo mundo se hacía sin el visto bueno de los hermanos Rodríguez. Y justamente, también era la ciudad en la que los grandes artistas venían a la ciudad porque el cartel quería tenerlos en sus fiestas privadas y para eso también estaba Landa, el hombre clave, el de los contactos, el que maneja los hilos de la rumba en la ciudad.

Una relación tormentosa

El escritor Umberto Valverde recuerda que la relación de Landa y Lavoe fue tormentosa, de amores y odios. Landa lo invitó a Cali a que se desintoxicara, pero lo que encontró ‘El cantante de los cantantes’ fue una rumba feroz y unas noches que no terminaban nunca. Como rememora acertadamente el escritor Umberto Valverde, Lavoe vivía más de noche que de día. “Héctor vino a pasar una temporada en Cali que duró tres meses. Vivía más de noche que de día, iba a cantar a Juan Pachanga cuando quería. Héctor vivió en casa de Larry Landa, pero también fue protegido por un amigo panameño al que llamaban El Pana, quien le alcahueteaba la bohemia. Darío Muñoz, propietario de rumbeaderos legendarios, dice que una que otra noche Héctor Lavoe llegaba a Siboney, donde escuchaba música y tocaba maracas”.

Alfredo Palacios Rivera, director de Radio El Sol, otra de las emisoras que tuvo gran sintonía en la Cali ochentera, recuerda que una vez cuando estaba haciendo ‘El Espectacular de la Salsa’, Larry llevó a Lavoe a la emisora. “Héctor era muy sencillo, se sentaba horas en la emisora a hablar por teléfono, mientras Landa hablaba con don Bernardo Tobón, propietario de Todelar”.

 

El empresario Larry Landa, el cantante Héctor Lavoe y el periodista Merdardo Arias en la discoteca Juan Pachanga en Juanchito.

El violinista salsero Alfredo de la Fe, quien fue director de la Orquesta de Juan Pachanga, le describió  a la periodista caleña Lucy Libreros la locura que se vivía en la famosa discoteca: “Vine a Cali por tres semanas, pero terminé quedándome siete meses… Era una época de rumba pesada. Después de las tres de la mañana comenzaban a llenarse los bailaderos de Juanchito. Y empezabas a notar como llegaba el whisky y champañas caros a las mesas… Aquí me volví más loco que nunca. La primera vez que salí de Juan Pachanga, después de tocar toda una noche, descubrí algo poético en medio de tanta locura. Yo venía acostumbrado a amanecer en discotecas de Nueva York, ubicadas en sótanos. Pero aquí tú salías y lo que te encontrabas era el río Cauca y los pescadores comenzando su faena. Eso me parecía hermoso…”.

Y aquí entonces nuevamente la confusa realidad de aquellos años de la sicodelia se entremezcla con la leyenda. Alfredo De la Fe cree que durante su temporada en Juan Pachanga nacieron Juanito Alimaña y Triste y Vacía, dos de los clásicos de Lavoe. Valverde también hace su aporte y recuerda una rumba de tres días de carnaval en Juan Pachanga con Larry y Yusti. “El sol nos azotaba, nos despedimos y fui a subirme a la camioneta de Miguel Yusti, cuando Héctor le preguntó a Larry:

-¿Dónde me voy?

-Acá, le respondió.

Larry sacó del parqueadero un carro deportivo que tenía solo dos puestos, él andaba con su mujer, a quien se le conocía como La Flaca, atrás había un asientito de reserva, pero como para llevar a un perro, y Larry le repitió: “Súbete ahí”.

Héctor no tuvo otra alternativa. Fue una de las tantas escenas de amor y odio que protagonizaron el cantante y el empresario. Incluso, una vez, Héctor quiso meterle candela a un carro de Larry”.

Los tropeles de Landa y Lavoe rompieron la relación. Al tiempo que el flaco de la salsa emprendía su regreso a Nueva York, ‘el loco’ Landa comenzaba su declive. Los excesos de la rumba y el derroche le pasaron factura. Larry se quedó sin dinero, consumido por la droga y el alcohol, solo y quebrado. De nuevo el mito dice que los patrones decidieron darle una oportunidad y lo mandaron ‘cargado’ a Miami, para que volviera a pararse. Sin embargo, su suerte ya no era la misma. Allá fue capturado por la Policía en posesión de droga y fue condenado a 20 años de prisión.

La leyenda no termina, pues hasta los últimos días de su vida son borrascosos. Unos aseguran que fue molido a golpes en prisión y otros que después de una rumba en plena cárcel, con el Conjunto Clásico, una sobredosis le truncó sus sueños de volver para montar de nuevo los Carnavales de Juanchito.

El locutor y empresario artístico Alberto Echeverry, conocido como ‘Comidota’, entrevista a Landa.

Una tercera versión, relatada a un amigo de Landa por el músico Leo Casino, su compañero de celda, sugiere que Larry murió en uno de sus tantos trucos. “Él se metió unas pastillas que aceleraban las pulsaciones del corazón. Quería que lo sacaran de la prisión a una clínica y ver si podía volarse para regresar a Colombia, ya lo había hecho una vez. Pero los guardias no le creyeron y Larry falleció prácticamente en su celda”, asegura la fuente.

Su muerte, entonces, no podía ser diferente a como fue su vida, es decir, excesiva, caprichosa y misteriosa. Con un poco más de 40 años, la historia de Larry se cerró. Todo tiene su final, Larry, como lo pregonó tu compadre Héctor, nada dura para siempre.

Acerca del Autor

Gerardo Quintero

Comunicador social-periodista que ejerce el bendito oficio desde hace 26 años. Actual Jefe de Redacción del Noticiero 90 Minutos. También se desempeñó como jefe de cierre del Periódico El País y editor internacional y de Cali. En esa casa periodística trabajó durante más de 20 años y aún está vinculado a través de la columna de Opinión Hora de Cierre. Durante un par de años se desempeñó como Editor Nacional y del Pacífico de Semana Rural. Ha ejercido la docencia en las universidades Autónoma de Occidente y Católica. Los ritmos caribeños han hecho parte fundamental de su legado periodístico y sus mejores piezas periodísticas, tanto en prensa como en televisión, tienen como eje central personajes e historias que surgieron alrededor del impacto de este género en su ciudad del alma, nuestra amada Cali.

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