Martes, Agosto 21 2018

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La Furia

Porque eso es, de alguna manera, la literatura. Se escribe para contar pero también para exorcizar, para convencer, para hacer creer, para denunciar, para asesinar fantasmas.

La Furia
Crédito de foto: David Vega especial para 90minutos.co

Repetir que el índice de lectura en Colombia no llega a dos libros por año, desestimularía esto de escribir y hacer ferias en torno de él, pero los quijotes se niegan a desaparecer y con espadas de papel compiten y combaten los molinos virtuales de nuestro tiempo. Entre 1,6 y 1,9 libros per cápita es una cifra que está años luz del consumo de licor por persona en Colombia y que reconfirma aquello del analfabetismo funcional. Y Cali está allí, viviendo de una imagen construida en torno de la rumba y el baile, que se escurre para no hablar de lo que hay detrás de la preparación de esta salsa, bajo este cielo y sobre este suelo.

En medio de la locura de nuestro tiempo, donde se leen pocos libros, aunque se lee en pantallas, o parece que se leyera. Donde se escribe o parece que se escribiera y el chateo es el verbo. Donde parecer es más importante que ser… presentar un libro es como presentarle a la mujer la moza. Algo muy difícil. Uno -y hablo en primera persona porque la ocasión obliga- no le diría a su esposa: Te presento a mi amante. Al margen del valor sublime y el talante heroico y algo suicida que se necesita para hacerlo, hay cosas inconfesables.

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Pero la metáfora apunta a otro espectro. Un amigo confía en el otro para que presente en público su intimidad. Eso que escribió para no poner la cara. Porque eso es, de alguna manera, la literatura. Se escribe para contar pero también para exorcizar, para convencer, para hacer creer, para denunciar, para asesinar fantasmas, para derrumbar imaginarios o para construirlos, para arrancar máscaras o para ponérselas, para tener más amigos o para conseguirse unos enemigos de peso sobre los cuales alzarse posadas las nalgas en sus cabezas. En fin, para muchas cosas.

Por ejemplo, para poner a Cali como protagonista y no como decoración del texto. Para darle un sitial que se aleje del realismo rancio copiado por generaciones enteras que se perdieron; y para inscribirla en esa literatura fantástica que se divierte derrumbando ídolos de barro e ideas prefabricadas. Lejos -y bien lejos-, está La Furia de Humberto Jarrín, de los empalagosos y cannábicos textos del sobrevalorado -por sus amigos de humo-, Andrés Caicedo. Lejos su novela de esos cuentos donde Cali es un simple telón de fondo y no personaje protagónico.

Y refiero al ícono fabricado con mármol de lápida, porque justo cuando la Cali de sus textos, es decir, la de la Avenida Sexta, el barrio San Fernando y el oeste del Liceo Benalcázar, era su malograda escenografía, se gestaba otra ciudad que es la que hoy rescata el profe Jarrín. Más allá de mi aspecto carroñero, no pretendo pelear con el difunto suicida -que quiso o se creyó miembro del El Club de los 27-, pero si ayudar con un par de cincelazos a derrumbar que es el inventor de la narrativa urbana caleña. ¡Paja! Se salva el barrio Obrero de su ¡Qué viva la música! No más.

Cómo no se le había ocurrido a escritor alguno una novela policiaca donde Cali fuera la protagonista. Una vieja entrada en años que se cree una chimba, que se opera sin estar enferma, o que es enferma por la belleza efímera. Que se trasforma para ocultarse, que se camufla. Una mujer fatal picada de muchachita rumbera, arropada por el vaho del licor, que se cura con rumba. Que huele más que perro ciego, que corroe, que raspa ladrillo para aumentar la dosis de basuco y no se le salva ni la iglesia de San Francisco. Una femme fatale donde el aroma de la bareta se mezcla con la brisa inofensiva que baja de Los Farallones, en el Club Campestre o en Aguablanca, en el planchón de Santa Elena o en el Sucre, en cualquiera de sus esquinas, de su pliegues, de su voluptuosidad desgastada.

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Una ciudad dentro de la ciudad, como Aguablanca, que no tiene una sola librería. Cali está por fuera de los grandes conciertos. La que fuera la ciudad de los conventos, del apóstol de la paz, se quedó por fuera de la visita del Papa. Al Transmilenio le faltan buses y al MIO le faltan pasajeros. En menos de dos meses se ha realizado el Oiga, Mire, Lea; la Feria del Libro de Cali; y el IX Simposio Jorge Isaacs. Y aun así sigue sumida en una superficialidad pasmosa, en un letargo del que solo la saca la violencia y su sangre. Y su Feria. Fue la ciudad arquetipo que construimos o que nos impusieron. Una ciudad de ciudades minúsculas. Algunas extravagantes y apestosas.

Por eso La Furia de Humberto. Por eso el asomo de furia en esta líneas, porque como dice el prologuista Julio César Londoño, Jarrín nos pica la lengua con esta novela. Trasciende, se burla del cliché mientras lo relata y nos abofetea, nos confronta. Nos patea esa idea de cielo, de sueño atravesado por un río, que pasa de bulevar a cloaca en unos metros. Propone una discusión que no se ha dado, por lo menos de manera abierta. A la violencia física de la ciudad el autor suma la psíquica, que se oculta como a la moza. Perversa  y arrogante. Sugestiva y deliciosa. Arriesgada e ingeniosa. Me refiero claro, a la novela, no a la moza.

Sobre estas y otras vicisitudes de la novela disertaremos mañana sábado a las 11:00 a.m. (de la madrugada) con Humberto Jarrín, en la carpa Arcadia de la Feria del Libro de Cali. Y ahora en serio: es una conversación entre amigos de letras, sobre esta Cali que nos acoge. Están todos invitados.

La opinión de los blogueros no refleja el pensamiento editorial de 90minutos.co

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Acerca del Autor

Lizandro Penagos

Nací en San Antonio Abad del Páramo de Nuestra Señora de los Dolores. Un pueblecito del Tolima que produce café, ganado y mucha lástima. Hizo parte de La Cortina, un muro imaginario de las guerrillas liberales, gérmenes de las FARC-EP. Allí nací, sietemesino. Allí mataron a mi padre hace más de 20 años. Allí vive aun mi madre, sola. Y allí pienso escribir literatura. Mientras tanto, hago y enseño periodismo en la UAO. Hice televisión y una hija. Publico donde me dejan y sobre cómo leo la existencia.

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