Miércoles, Noviembre 21 2018

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La Feria y las orejas

La crisis de la educación, demos por caso, no es un asunto solo de presupuesto. Nuestro campo disciplinar, está inundado de periodistas recién egresados que no saben de redacción y ortografía. Ni de gramática y sintaxis. Ni de la diferencia entre reportería y periodismo.

La Feria y las orejas
Crédito de foto: Especial para 90minutos.co

Cuando a un periodista le cuelgan el Inri de escritor pueden pasar al menos dos cosas tan determinantes como antagónicas. Si es una joven promesa, sentirá cuando escribe el contrapeso de los maderos sagrados que lo elevarán por encima de cualquier crucifixión, como el próximo Gabriel García Márquez. (Si la metáfora no es clara, digamos que es una cuestión de palancas. O en la melodía de El Gran Combo, un trampolín). Si el ungido en cambio, es una vieja decepción, sentirá un lanzazo en el costado asestado por la miopía tardía de la crítica, que jamás atisbó en él, que fue el mejor discípulo del Nobel y tras su muerte, la reencarnación sublime del maestro de Aracataca.

Cualquiera sea la situación del desdichado cargaladrillos –ya saben ustedes quién nos llamó así-, el estandarte de escritor lo llevará, o bien con obediente estoicismo, o con la disimulada vergüenza de las mujeres inglesas del siglo XVII, que portaban la letra escarlata como designio de su adulterio en una sociedad injusta, moralista e hipócrita. Y la comparación no es temeraria, pues pretende insinuar cómo un periodista, cuyo reconocimiento social bordea en muchas ocasiones el de simple chismoso, alcanza las borrascosas cumbres del escritor, que aún en estos tiempos conserva -junto con el médico y el sacerdote-, cierto halo de respetabilidad. Eso es adulterio. Está casado con el periodismo, pero sale con la literatura, se pavonea con ella y a veces se revuelca, para quedar tremendamente enamorado y asqueado de la fidelidad.

Claro, debe reconocerse que se murió Roberto Burgos Cantor y el país en general no se dio por enterado, pero echaron a Dairo Moreno de Nacional por indisciplinado y por poco colapsan las redes sociales. Son estos tiempos extraños donde la superficialidad es la norma, J. Balvin es Dios y Maluma su discípulo. La cuestión, es que ser periodista es una forma divertida de ser pobre y ser escritor, una forma terrible de serlo. Ante la primera frase solo resta hincarse. Es una joya del arte supremo de la definición. No trataré de interpretar tan providencial sentencia a la luz de la utopía que ha vendido siempre el ejercicio periodístico y la mediocridad que hoy lo avasalla, pues se prueba con suficientes evidencias, pero ya cuando a uno alguien le dice escritor, la vaina se complica.

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Toda definición sabemos, es tautológica y contradictoria. Escritor es el que escribe y los periodistas escriben. Lógica básica, elemental. Si a ello sumamos que todo escritor ha ejercido alguna vez el periodismo, pero no todo periodista ha profesado la escritura como opción de vida, la situación se complejiza por abstracción. Algo va de la sala de redacción y el sueldo, al libro y la literatulización del periodismo. Deberá escribir con más dignidad, con menos resignación al olvido, con más creatividad y menos método, en suma, con más razón y menos carpintería.

Cuando son proclamados escritores, algunos periodistas comienzan por disfrazarse. Asumen poses. Cuando el ego apenas se infla y el aplauso aparece tímido, se dejan crecer el cabello y piensan más con el hígado. Es decir, son bohemios empedernidos. Iconoclastas de taberna. Cuando ya los reconocen en la cuadra, se enroscan una bufanda en el cuello, para que las palabras mantengan tibias por si toca tragárselas. Atrapan las ideas con una boina, para que no se les escapen. Y para cuando ya publicaron su primer hijo, se dejan una barba Jacob y esconden su mórbida mirada tras unos lentes, ojalá redondos, porque han entrado al olimpo de los intelectuales. Esos señores que piensan tanto, pero tanto tanto, que llegan a la conclusión de que el resto de la humanidad es tonta. Y lo más grave –o por lo menos insoportable-, a toda hora quieren decir cosas trascendentalísimas.

Otra cosa es sentirse escritor y no poder vivir sin la pulsión de querer entregar la reflexión libre del tiempo que le ha correspondido vivir. La función del periodista es, si se quiere, mucho más noble, solo entregar su testimonio lo mejor documentado posible. El primero habla desde el yo y el segundo, desde el otro. Los dos, desde el saber escuchar, que bien nos recuerda Alfredo Molano, es una manera olvidada de mirar. De modo que esa relación estrecha y a veces conflictiva entre el periodismo y la literatura, es una tentación que ha expulsado del paraíso literario a muchos periodistas, que siguen en el infierno de la prensa. Allí, si lo hacen bien, leen el entorno; si son honestos, lo sitúan en un contexto; y si son expertos, lo sintetizan para entregárselo resumido a la sociedad porque las audiencias cada vez leen menos.

Sería muy ingenuo pensar que la situación del periodismo va a cambiar para bien. Empeorará. Lo absurdo sería que los periodistas no se preparen para ello. Y utilizar las herramientas de la literatura, es una buena estrategia. Ser periodista y hacer periodismo, es asumido por muchos, como pobreza. Conceptual, informativa, personal. Es divertido hacer parte del borrador de la historia, como llamó al periodismo Phil Graham, quien llegó a ser director del Washington Post, gracias a su matrimonio con la hija del dueño, que lo dejó a cargo mientras él presidía el Banco Mundial. (El hispanista británico Paul Preston habría de corregir la frase muchos años después: el buen periodismo es el borrador de la historia).

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Pero la mayoría de nuestros periodistas no conoce de historia, ni sabe de las relaciones entre el poder y la economía, entre capitalismo y progreso. Sobre ese cúmulo de hechos históricos ignorados u olvidados que unas veces se repiten como tragedia y otras como farsa. Ni de cuestiones tan básicas como la incidencia del consumismo en la degradación del planeta o esa idea de desarrollo que nos está llevando al abismo. Ni siquiera sobre las formas de la pereza o la política.

La crisis de la educación, demos por caso, no es un asunto solo de presupuesto. Nuestro campo disciplinar, está inundado de periodistas recién egresados que no saben de redacción y ortografía. Ni de gramática y sintaxis. Ni de la diferencia entre reportería y periodismo. Ni de la relación intrínseca entre periodismo e investigación. Ni de las distancias conceptuales entre el periodismo interpretativo y el periodismo de opinión. Ni de tantas otras cosas que por no saberlas nos enfrentan a una gran paradoja: mientras el periodismo se transforma y consolida en la cúspide de los negocios, la situación de los periodistas cae en la depresión de lo prescindible.

El resultado de su trabajo está a un clic de cualquiera y gratis. Vale más cualquier otro saber, porque él casi no sabe nada, y debe hacer de todo. Al periodismo lo está matando el mercado. De modo que si a usted señor periodista… (Así se refiere a los colegas el ex presidente Uribe, con un genérico desdén) le dicen escritor, pare bien las orejas, trabaje como un burro, que se le achate el rabo en el intento de afinar bien su pluma, porque aun visto con la misericordia que uno guarda para los amigos que se atreven a publicar, una doble responsabilidad está sobre sus hombros. Ha dejado de ser un periodista del montón –y aquí montón no es peyorativo-, para hacer parte de un puñado.

En adelante, deberá trazar esa línea escritural entre el periodismo y la literatura, con la delicadeza y precisión de un cirujano neurólogo. Y para ello se requiere de ciertos instrumentos. Sobre Las herramientas literarias puestas al servicio del periodismo, hablaremos con el periodista y escritor Jair Villano en la Feria Internacional del Libro de Cali, en el marco ‘El Valle y sus letras’ de la carpa de la Gobernación de Valle del Cauca el jueves 25 de octubre a las 5:00 de la tarde.

Adenda: Ese día también, entre las 12: 45 p.m. – 1:30 p.m. moderaré en la carpa de Telepacífico, el lanzamiento conjunto de tres libros: (In) seguridad, medios y miedos: una mirada desde las experiencias y las prácticas cotidianas en América Latina (Omar Rincón); 100 años de frases publicitarias, análisis del texto publicitario en la revista cromos 1916-2016 (John Jairo León); y Periodismo y mutaciones tecnológicas. Reflexiones sobre el Periodismo universitario del Siglo XXI (Olga Behar).

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Acerca del Autor

Lizandro Penagos

Nací en San Antonio Abad del Páramo de Nuestra Señora de los Dolores. Un pueblecito del Tolima que produce café, ganado y mucha lástima. Hizo parte de La Cortina, un muro imaginario de las guerrillas liberales, gérmenes de las FARC-EP. Allí nací, sietemesino. Allí mataron a mi padre hace más de 20 años. Allí vive aun mi madre, sola. Y allí pienso escribir literatura. Mientras tanto, hago y enseño periodismo en la UAO. Hice televisión y una hija. Publico donde me dejan y sobre cómo leo la existencia.

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