Lunes, Diciembre 16 2019

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La carta y el perdón

Hasta hace medio siglo en los Llanos Orientales, matar indios no era considerado delito. Era una práctica común, como matar tigres o anacondas, para no poner en riesgo los hatos ganaderos.

La carta y el perdón
Crédito de foto: Especial para 90minutos.co

Revuelo en las redes –que es donde ahora vuelan las noticias- causó la sugerencia hecha por el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, de pedir perdón a los indígenas de su nación por el arrasamiento provocado por tal Conquista. Así, con mayúscula inicial, porque es lo que dicta la Real Academia de la Lengua Española. Otra prueba de que el dominio no ha culminado. Obró bien este hombre que ya se perfila como el estadista diferente de Latinoamérica, ahora que la derecha enfiló todas sus baterías –incluido el bombardeo mediático- para recuperar el poder. Y a fe, a fuerza y a borrador que lo han logrado.

No pidió devolución del oro o las riquezas de subsuelo, como en algún momento lo han hecho líderes de pueblos indígenas ante la corona. Y no me refiero claro, a la cerveza. No. Si bien el oro, la plata, las esmeraldas o las perlas, no representaban riqueza para los nativos –solo elementos rituales-, permitieron a España y en general a los países colonialistas, mejorar sus finanzas y ampliar sus dominios. De hecho, para sus coterráneos, los mexicas, tenían más valor las pepas de cacao que utilizaban como moneda. Sabían de valores, no de precios.

No exigió indemnizaciones. Tampoco reclamó derechos fundacionales sobre los pueblos que ya existían y que los españoles refundaron para someter. No demandó que se quitara la Virgen de Guadalupe del cerro de Tepeyac, para que siguiera siendo el lugar de veneración y agradecimiento a sus dioses.  No pretendió que se abriera investigación sobre los descendientes de Hernán Cortés, por no haber aclarado que él no era Quetzalcóatl, que jamás fue un Dios –aunque sí una serpiente- que desplumó almas en cada una de sus masacres. No. Solo pidió, que les pidieran perdón. Nada más. Muertos por la cruz, la espada y la palabra.

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Y entonces el mundo –el occidental por supuesto, colonizador, europeizante y decimonónico- se le vino encima. Le han restregado incluso que su abuelo era español y que llegó a México a los 14 años, indocumentado y pobre. Es el mismo mundo que llama ‘Noche Triste’ a lo que los mexicanos llaman ‘Noche Victoriosa’, el triunfo de los indígenas sobre las huestes de Cortés. Vargas Llosa, un señor muy respetable, de plateados cabellos y dientes de caballo, que no se considera inca, sino andaluz aunque nació en Arequipa, requirió a AMLO que se escribiera una carta el mismo y les pidiera perdón él. ¡Eso exigió el escribidor!

Algunos de los argumentos de don Mario dan vergüenza. Reflexiona el Nobel, que México “…hace 200 disfruta de plena soberanía como país independiente, tiene todavía a tantos millones de indios marginados, pobres, ignorantes y explotados”. Como quien dice, ahora la culpa de la situación resultante de un siglo de gobierno de la Nueva España, de 75 años de gobierno del PRI (Partido Revolucionario Institucional, todo un exabrupto) y de 25 años de una derecha corrupta, son culpa de Andrés Manuel López Obrador, que se atrevió a solicitar perdón por los excesos de la Conquista. Atenúa su yerro el peruano cuando asegura: “Ningún país ha resuelto esa injusticia proverbial hacia los indígenas”. Señor, desconocer que la situación actual de los indígenas en Latinoamérica no deriva del pasado, es como desconocer que la lluvia que nos viene encima es producto de la evaporación de las agua aquí abajo. No es culpa de los españoles de hoy es cierto, pero qué cuesta pedir perdón por 50 millones de muertos.

Tal vez, si el presidente mexicano no hubiese enviado esa carta, la inauguración de VIII Congreso de la Lengua que se realizaba en Córdoba (Argentina) había pasado inadvertida. Hoy –no es secreto- solo a algunos dinosaurios nos importa el castellano, una de las buenas herencias de nuestros tatarabuelos peninsulares ibéricos. Tal vez, si no le hubiera pedido también a la iglesia que pidiera perdón, hoy no le daría la vuelta al mundo la imagen de Francisco en el Santuario de Loreto, negándose a que le besaran su anillo. De su mano derecha, valga la precisión.

Son actos de humildad, de acabar con esos comportamientos jerárquicos propios de una sociedad que ya no existe. Y no es una cuestión de irrespeto, sino al contrario, de respeto por el pasado, por la diferencia, por las injusticias, por los abusos, por todo aquello que nos ha hecho sociedad, pero ha tenido un altísimo costo en vidas. La historia está llena de matices que han comenzado a descubrirse, a develarse, a destaparse, a difundirse. Y es preciso que como raza universal, nos desprendamos de superioridades infundadas. Somos más diferentes en la sangre que en la piel. Somos todos iguales ante la muerte.

Son innumerables los hechos del pasado por los que deberíamos perdón a nuestros indígenas, pero el espacio solo permite citar un par de casos. Cajamarca (hoy asediada por la explotación minera de la Anglo Gold Ashanti y su veta La Colosa), fue bautizada así en honor de la masacre perpetrada por Pizarro a Atahualpa y su corte de 8.000 hombres desarmados, en una sola tarde. Solo iban ataviados con plumas a recibirlo. López de Galarza hizo lo propio con nuestros pijaos, para garantizar el paso del centro al occidente del territorio. Hoy el túnel de La Línea, con todo y su progreso, sique arrasando.

Hasta hace medio siglo en los Llanos Orientales, matar indios no era considerado delito. Era una práctica común, como matar tigres o anacondas, para no poner en riesgo los hatos ganaderos. Se denominaba “Guahibiar”, perseguir y cazar indígenas Guahibos. La primera condena la suscitó la masacre de 16 indígenas en finca La Rubiera, el 27 de diciembre de 1967 y que se conoce como El banquete de la muerte, pues los victimarios los habían invitado a comer. Los indígenas han sido borrados de historia, pero nadie puede borrar la memoria. ¡Cuántas cartas y cuántos perdones nos hacen falta!

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Acerca del Autor

Lizandro Penagos

Nací en San Antonio Abad del Páramo de Nuestra Señora de los Dolores. Un pueblecito del Tolima que produce café, ganado y mucha lástima. Hizo parte de La Cortina, un muro imaginario de las guerrillas liberales, gérmenes de las FARC-EP. Allí nací, sietemesino. Allí mataron a mi padre hace más de 20 años. Allí vive aun mi madre, sola. Y allí pienso escribir literatura. Mientras tanto, hago y enseño periodismo en la UAO. Hice televisión y una hija. Publico donde me dejan y sobre cómo leo la existencia.

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