Viernes, Junio 22 2018

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La babosa y la tortuga

Ha vuelto a normalizarse el mundo. Por fin se apagaron los últimos rescoldos de la conflagración decembrina y del cambio de cansancio, las vacaciones. Han regresado los estudiantes y los trancones en el sur de Cali. Colegios y universidades se resignan a moverse a paso lento. Hadad se ha ido y el coronel Rincón ha …

La babosa y la tortuga

Ha vuelto a normalizarse el mundo. Por fin se apagaron los últimos rescoldos de la conflagración decembrina y del cambio de cansancio, las vacaciones. Han regresado los estudiantes y los trancones en el sur de Cali. Colegios y universidades se resignan a moverse a paso lento. Hadad se ha ido y el coronel Rincón ha llegado. Los guardas intentan arrinconarlo. En tiempos de diálogos, la mano armada reemplaza al duro e intransigente manilargo. Armitage propone 80 kilómetros por hora y parrillero hombre. Ha de saber que solo se anda a 60 al lado de la cámara. La ciudad se mueve lenta en las horas pico y los ladrones en moto, a millón. Se inclinan hacia adelante y -cuales garzas zancudas-estiran su pierna izquierda hacia atrás, para tapar con ese pie parte de la placa y su delito flagrante. Al menos esa propuesta, se cayó.

En cuestiones de tránsito, en la capital de Valle del Cauca, las órdenes disfrazadas de recomendaciones son únicamente para los conductores: madrugar más, compartir vehículo, establecer rutas, pagar parqueadero y utilizar el MIO, como si este de verdad cumpliera con los estándares de eficiencia. Se reclama inteligencia vial y compromiso ciudadano, pero muy poco se habla de las responsabilidades gubernamentales. A nuestros dirigentes -duele llamarlos así y sería peor decirles gobernantes- la ciudad se les salió de las manos, porque las tenían llenas de quién sabe qué cosa. Cali es la única capital importante que no tiene variante. Y la tienen, Popayán, Jamundí, Palmira, Buga, Tuluá, Armenia, Ibagué, El Espinal, Melgar y tantas otras, que comienza uno a creer que sobre Cali hay una especie de conspiración nacional.

Pero no. Lo que hay en Cali es una ceguera visceral de su élite. Una élite sentada en lo alto que no desciende a los infiernos de la calle. Por si alguien considera que habla el resentimiento, baste decir que solucionan sus problemas y les interesan muy poco los de las mayorías. La Circunvalar, demos por caso, -un tobogán llamado avenida- se hizo más para favorecer a los constructores y elevar edificios sobres los cerros, que para mejorar la movilidad de la ciudad. Muere en el barrio Caldas y se aduce que es el batallón Pichincha el palo en la rueda, cuando en realidad el mayor obstáculo es el Club Campestre, que invadió terrenos propiedad de la ciudad. Jorge Iván le puso el cascabel al gato, pero ese es el punto de encuentro de los dueños de todo y de los lagartos no Lacoste. Aún si fuera un pleito injusto, por qué no ceder una parte.

Les importa entonces, no perder los privilegios, en lugar de brindárselos o facilitárselos a la comunidad. En el departamento la situación cambia un poco, pues se construyen vías alternas para que rueden los inmensos trenes cañeros de los ingenios, que terminan por servirnos a todos. Debe decirse que las vías principales del departamento son muy buenas y están concesionadas. Tan buenas como las de Quindío, en excelentes condiciones y sin peajes.

Pero regresemos a Cali y a la Circunvalar, para buscar las causas del trancón monumental de la vía Cali-Jamundí. Todas las avenidas así denominadas bordean los cerros y rodean la ciudad. Su objetivo, descongestionar y agilizar. La cuestión es que en Cali, su flujo se interrumpe y le cae a la Calle Quinta -vía que pretende descongestionar-unos metros antes de que esta reciba a la Autopista Suroriental en el sector de San Isidro. ¡Qué locura! Diez carriles se unen allí. Más adelante, recibe el tráfico de Polvorines y Nápoles. En la intersección de la Universidad del Valle, recibe tres carriles más de la Pasoancho y lo que baja de Ciudad Jardín. En Jardín Plaza la 16 hace su aporte. Y para finalizar, justo antes del paso elevado sobre la menospreciada línea férrea, le cae la avenida Simón Bolívar, que ha recibido a la Ciudad de Cali, en el sector de Mariano Ramos.

La vía Panamericana, mal contados, puede recibir unos 20 carriles. El atascamiento es inevitable y resulta claro que no todos van para el mismo lado. Pero por allí circula el transporte nacional, regional y local. El transporte de carga, el de pasajeros tanto municipal como intermunicipal, el privado y el público. Taxis, piratas y colectivos. Motos, bicicletas y peatones. La ciudad se expande en la zona, pronto funcionará otra universidad. Un puente podría darle salida a la ciudad de Cali, una variante al transporte de carga, dos puentes elevados a dos destinos inmediatos Puerto Tejada y Jamundí. Y dos ampliaciones, más espacio vehicular.     

Enero está a punto de morir y con él un tercio de los tres meses más duros de año. La plata escasea tanto como el agua, el dólar no detiene su disparada ni el petróleo su debacle. Y se venden más carros. Y las motos son enjambre. Una babosa discute con una tortuga la rapidez del caracol. Todos están preocupados. Renunció el Defensor -se hizo agua, o babas, o semen- y su exsecretaria no se defiende bien. Coronell le ayuda y todo comienza a moverse en Colombia pensando en el posconflicto. En Colombia lo in es hablar de movilidad. Y Cali lenta, muy lenta, casi parada.

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Acerca del Autor

Lizandro Penagos

Nací en San Antonio Abad del Páramo de Nuestra Señora de los Dolores. Un pueblecito del Tolima que produce café, ganado y mucha lástima. Hizo parte de La Cortina, un muro imaginario de las guerrillas liberales, gérmenes de las FARC-EP. Allí nací, sietemesino. Allí mataron a mi padre hace más de 20 años. Allí vive aun mi madre, sola. Y allí pienso escribir literatura. Mientras tanto, hago y enseño periodismo en la UAO. Hice televisión y una hija. Publico donde me dejan y sobre cómo leo la existencia.

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