sábado, septiembre 26 2020

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Importa un carajo

De modo entonces que insistirle a un pueblo sumido en la ignorancia -por sus gobernantes y un sistema educativo precarizado-, que tome conciencia frente a la situación de salud pública, provocada por un virus invisible y agigantada por unos medios que en su gran mayoría no explican, pero siembran pánico, es, si no imposible, sí muy complicado.

Importa un carajo
Crédito de foto: Especial para 90minutos.co

Es más fácil aplanar el Everest que la curva de la insensatez y de la pandemia en Colombia. Aunque podría decirse lo mismo sobre la parábola de la corrupción, la ignorancia, la codicia, la estupidez y otros tantos cánceres de esta Polombia traqueta y premoderna. Frente a estas dos últimas características esta columna -que ya estarán algunos bienaventurados calificando de pesimista-, no se detendrá en la primera, pues está claro que los dineros del narcotráfico que hace varias décadas permean nuestra democracia, ahora la sostienen. Y ya no solo a punta de bala, sino de babas presidenciales y gobiernistas. En muchos aspectos esta patria boba sigue siendo medieval: muchos creen en la salvación mesiánica, en que llegará un salvador que lo solucionará todo, un ser superior que llevará a sus fieles a la tierra prometida y a un mundo feliz. Sin embargo, la vida eterna no deslumbra al connacional y, al contrario, le rinde homenaje indeleble a José Alfredo Jiménez con el coro desgarrador de que la vida no vale nada. El pecado se purga con una especie de aritmética espiritual en el que pecar y rezar no solo empata, sino que elimina el agravio.

De modo entonces que insistirle a un pueblo sumido en la ignorancia -por sus gobernantes y un sistema educativo precarizado-, que tome conciencia frente a la situación de salud pública, provocada por un virus invisible y agigantada por unos medios que en su gran mayoría no explican, pero siembran pánico, es, si no imposible, sí muy complicado. Es una gran paradoja que el colombiano promedio crea en lo que no ve, por ejemplo, las eternas promesas electoreras o los espantos y la hechicería, pero ciegamente desconozca procesos de higiene necesarios para evitar el contagio masivo que se agravará porque otro sistema mantiene en crisis permanente: el de la salud. El contagio será mayor e inevitable, porque no hay camas clínicas para toda la gente. Punto. Un gobierno más honesto habría dicho desde un comienzo: hasta tanto no exista una vacuna, la ‘cuarentena’ será permanente. No este tire y afloje que acude a la gradualidad para engañar a la sociedad y manosearla aún más. De ahí que la gobernabilidad se haya perdido en este estornudo de medidas que más que informar confunden e incitan a la desobediencia.

Las hordas de personas ‘comprando’ (fiando a largos plazos y con altos intereses), las multitudes en la calle incumpliendo las recomendaciones básicas -porque las de todos los picos habidos y por haber cambian más que las cepas de la gripa-, las aglomeraciones en las galerías y centros de abastecimiento del llamado mercado de plaza, las multitudes de pobres en los sistemas de transporte masivo y el gentío de ignotos alcohólicos enrumbados, desesperados como inconfesos adictos por fiestear y putear a como dé lugar, ponen en evidencia una educación básica insuficiente, unos principios familiares débiles y una inconciencia social evidente. No es solo la tal crisis de valores con la que se suelen despachar los problemas. No hay formación ciudadana, ni pensamiento crítico o estructural que promueva el cuidado personal y colectivo. Ahora bien, se prohíbe una reunión familiar o social, un asado, un cumpleaños, una boda (deberían erradicarlas), donde unos pocos se encuentren para disipar el obligado aislamiento, pero autorizan días sin IVA y el trabajo de los más pobres en la calle, de aquellos que no pueden teletrabajar, porque simple y llanamente los computadores y su cacareada virtualidad no lo reemplazan todo.

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Se habla de la tremenda ignorancia del ciudadano, que preocupa por supuesto; pero la de los designados líderes y sus gobiernos, es el verdadero peligro. Pues de ellos depende la manada. A la ausencia de compromiso social del pueblo, de la conciencia propia y respeto por la vida y por el otro, se debe sumar la inconsistencia de los gobernantes que promueven con sus decisiones estas muestras de ignorancia colectiva que los medios se encargan de multiplicar más que la pandemia. Ya ha sido bien discutido que no es sana, una apertura desmesurada de la economía. Que a una catástrofe médica no puede sumársele una económica. Sin embargo, la gradualidad se concentra en salvar primero al banquero que al ahorrador; al constructor que al obrero; al empresario que al emprendedor; y al político que al pueblo. Demos por caso el Congreso, que no volverá a la presencialidad por el riesgo de contagio, pero ya se piensa en que los niños vuelvan a las escuelas. Estos HP (Honorables Parlamentarios) son unos HP (Hombres Pensantes) sin duda. Los macroeconomistas dirán que se salva la vaca para salvar al ternero, pero sin ternero señores, la vaca va rumbo al matadero. Mejorar las condiciones de ingresos del comprador es un principio básico de la economía. Y se comprobó el 19 de junio pasado con la máxima de Álvaro (Mutis, aclaro) que la publicidad hace que se compren cosas que no se necesitan, con el dinero que no se tiene.

Puede ser la presión social o la baja autoestima, incluso trastornos de la conducta en un país donde no se cumplen las leyes y todo se soluciona con incentivos y delaciones. Nuestra justicia es de sapos y recompensas. No se piensa en la legalidad sino en la conveniencia. El que tiene plata compra conciencias -y muchos ajíes- para agilizar la justicia. En Locombia cumplir la ley equivale a ser bobo. Bien lo dijo Gaitán, la ley es para los de ruana, no para los de corbata. Como es tradición en Colombia el presidente (dispense usted el formalismo) no ha cumplido con la grandiosa mayoría de sus trascendentales propuestas hechas en campaña, para el desarrollo y progreso de la nación. A este Duque bisoño e inepto lo obligaron los cacaos que lo cofinanciaron (ya todos sabemos que la otra parte de los recursos la puso el narcotráfico) a cumplir estúpidamente con su promesa de los tres días sin IVA. Y aún a pesar del despelote tiene el descaro de salir a dar un parte de victoria.

Pero bueno, si esto no empeora con los días posteriores al festín de electrodomésticos (las librerías como siempre estuvieron vacías), nos habrán estado cañando. Pero a estas alturas me he desviado de la intención de esta campechana reflexión. Cali es Cali y lo demás es loma, decían los señores contemporáneos de don José Pardo Llada. Desconocían desde la comodidad de sus clubes, esa Cali de ladera que crecía como la traquetización de la ciudad. Esa de los estratos bajos que se trepan a las zonas altas y que hace un cuarto de siglo los ricos descubrieron como excelso mirador para levantar sus torres y condominios. La misma ciudad que inundó antiguas lagunas de desecación (Charco Azul, El Pondaje, Agua Blanca, tapadas con escombros), con gente llegada del pacifico colombiano con sus pocos corotos, pero sus muchas desgracias y violencias a cuestas. Una bomba social que se oculta con rumba y rebambaramba. Una Cali desdeñada (y que desdeña) porque se le considera superflua y liviana, casquivana y ligera, rumbera y vagabunda.

Se rasgan las vestiduras en Bogotá porque la policía desbarató una rumba en la Colonia Nariñense. La primera sorpresa es que hayan logrado ingresar a ese gueto. Cali está llena de lugares vedados para los fuereños, incluida la autoridad. Funcionan con sus propios códigos y valores. Las llamadas fronteras invisibles, son muros de inseguridad y violencia a los ojos de todo el mundo. Sus prácticas culturales vienen ancladas a su ser, como los palafitos costeros a las bases de los ranchos miserables que abandonaron. Su desarraigo los amarra entre otras cosas a la borrachera hasta la beodez y a ese baile que llevan en la sangre; y al movimiento extasiado de sus caderas y pelvis cadenciosas, que son enfurecidas tal vez producto de viajes a la mariguana y el perico. Es probable que no todos sean consumidores, pero la aceptación social es generalizada. Uno de los mayores problemas de esta población es la drogadicción. Cali se preocupó por mejorar las condiciones físicas del Distrito de Aguablanca, pero se olvidó del trabajo social. La cuestión ahora es cómo desmontar la casi única idea de cultura que se ha construido en Cali hace décadas: la de la rumba.

Deshacer un imaginario es complejo. Requiere políticas públicas estructuradas en el tiempo y en las condiciones específicas de las comunidades. Modificar la representación de lo que significa ser caleño exige trabajo permanente en los espacios socioculturales, más allá de las alternancias de gobierno y los planes desarticulados y fugaces. Si estas personas se juegan la vida en cada esquina, qué les va a importar el coronavirus. Más que estupidez, es la ignorancia la que no les permite entender que el mundo pasa por una situación inédita, excepcional, que exige compostura y disciplina social. Las mayorías no tienen formación de calidad, ni pensamiento crítico o conciencia social. Sus prácticas culturales -no equivocadas es esencia, sino inconvenientes en estos momentos- son todo para los históricamente excluidos y marginados, de modo que solo añaden resentimiento al coctel y listo. Reuniones desbordadas, guaro al piso, guateque y algún porrazo al sistema nervioso, para demostrar que existen y que les importa un carajo la vida y la autoridad.

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Acerca del Autor

Lizandro Penagos

Nací en San Antonio Abad del Páramo de Nuestra Señora de los Dolores. Un pueblecito del Tolima que produce café, ganado y mucha lástima. Hizo parte de La Cortina, un muro imaginario de las guerrillas liberales, gérmenes de las FARC-EP. Allí nací, sietemesino. Allí mataron a mi padre hace más de 20 años. Allí vive aun mi madre, sola. Y allí pienso escribir literatura. Mientras tanto, hago y enseño periodismo en la UAO. Hice televisión y una hija. Publico donde me dejan y sobre cómo leo la existencia.

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