Lunes, Abril 6 2020

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La imbecilidad de nuestro gobernante

“Duque no es un criminal, como algunos aseguran, y seguramente no tiene la capacidad moral para hacerle daño a las personas de manera deliberada, pero es de naturaleza voluntariosa, de carácter débil y frívolo en grado superlativo”.

La imbecilidad de nuestro gobernante

El presidente Iván Duque presenta claros síntomas de una ceguera y falta de conexión con la realidad que nos llevan a dudar seriamente sobre su estado de salud mental. Tal vez no este loco, pero su comportamiento refleja que podemos estar frente a un caso de imbecilidad crónica, progresiva e incurable.

Esto no tendría nada de raro, ni debería alarmarnos, habida cuenta de la existencia de legiones de imbéciles que pueblan el planeta, de no ser por la potencialidad que tiene la imbecilidad de transmitirse con más rapidez que el coronavirus y de infectar a cualquier persona, con independencia de su estrato o clase social, raza, sexo, religión, etc.

En este punto debo aclarar que estas líneas no tienen como objetivo insultar al mandatario de la nación. Lo que trataré de demostrar es que estamos siendo gobernados por un sujeto que tiene serias limitaciones cognitivas para comprender la realidad, lo cual encarna un peligro enorme para todos los colombianos.

Duque no es un criminal, como algunos aseguran, y seguramente no tiene la capacidad moral para hacerle daño a las personas de manera deliberada, pero es de naturaleza voluntariosa, de carácter débil y frívolo en grado superlativo, pero, además, prisionero de las emociones juega a los dados con el futuro del país en cada decisión que toma, inconsciente de las consecuencias de sus actos e incapaz de medir el alcance de sus palabras.

Cuando Uribe lo escogió como su sucesor, DUQUE hizo caso omiso a las críticas y permitió que lo calificaran como títere para no caer en contradicciones con su mentor. Alcanzada la presidencia, con la ayuda de las maquinarias de compra de votos de la Costa Atlántica, según ha dicho AIDA MERLANO, siguió refiriéndose a URIBE como el presidente eterno y nunca reviró por que le dijeran subpresidente, peor aún, guardó el discreto silencio de quien acepta un cumplido.

Durante la campaña presidencial asumió el discurso de su jefe en contra de Venezuela, como una estrategia para ganar los votos de los colombianos que le tienen más miedo al castrochavismo que a una gripa mortal, pero en lugar de morigerar el discurso, una vez lograda la presidencia, lo exacerbo al punto que llegamos a temer por el inicio de una guerra con el vecino país.

Como las palabras de un presidente se traducen en decisiones políticas, los ataques al régimen de Maduro estuvieron acompañados de un caluroso recibimiento a los venezolanos inconformes que en pocos meses repoblaron Colombia. Gracias al éxodo de antichavistas pasamos de 48 a 50 millones de habitantes, en poco menos de dos años.

Duque no fue capaz de prever las consecuencias nocivas que esto podría traerle al país o no le importó. Cuando los venezolanos invadían Colombia, como si huyeran de un país bajo bombardeo, tuvo la genial ideal de promover el ingreso de ayuda humanitaria a Venezuela, convencido de que de esta manera tumbaría a Maduro.  En el colmo de la estulticia comparó la operación humanitaria con la caída del Muro de Berlín y con voz profética anunció que la caída de Maduro era cuestión de horas.

En un arrebato triunfalista anunció el inicio de un cerco diplomático contra Venezuela, convencido de la bondad de la estrategia norteamericana de someter al vecino país a un aislamiento total que obligue a los venezolanos a rebelarse. Los gringos, incapaces por ahora de enviar tropas a Venezuela, consideran que si el pueblo es sometido a condiciones de miseria y  hambre extremas tumbará el régimen en defensa de su superviviencia, aunque no tenga fuerzas para salir a las calles.  Esto prueba que los imbéciles pueblan el planeta por montones y que son cada vez más y más poderosos.

La imbecilidad impide que el sujeto calcule y pronostique el resultado de sus decisiones. Hitler, a la postre un imbécil de marca mayor, no tuvo en la cuenta que al enviar sus tropas al frente oriental para combatir a los rusos durante el invierno, podría correr la misma suerte que el imbécil de Napoleón. Y así fue. Las tropas alemanas quedaron atascadas en la nieve al igual que ocurrió con los ejércitos napoleónicos. Ambos enterraron sus ambiciones imperialistas víctimas de su incurable imbecilidad.

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Duque no se ha detenido un momento a pensar en las consecuencias que le puede traer al país su declaratoria de guerra fría a Maduro. Mientras le lanza frases ampulosos y carentes de significado, la crisis en la frontera se agrava y los venezolanos deambulan por Colombia en busca de empleo, sí, de empleo, en un país afectado precisamente por la falta de oportunidades. Duque abrió los brazos a los venezolanos sin tener nada más que ofrecerles que un puesto al lado de un semáforo; en lenguaje coloquial podríamos decir que actuó igual que pato que no tenía agua para tomar y aun así invitó a las gallinas a nadar.

Las torpezas de Duque se multiplican con el paso del tiempo: bajar los impuestos al gran capital y aumentarlo a los trabajadores y a la clase media, autorizar la exploración de petróleo mediante fracking, poniendo en riesgo las reservas de agua,  flora y fauna de vastas extensiones, entregarle la embajada de EEUU a Pachito Santos, otro imbécil incurable,  apadrinar a Guaidó como si fuera un hijo bobo, embolatar el presupuesto para la educación, proponer un amento para la edad de pensión y la contratación por horas, desmontar el acuerdo de paz con las Farc, atacar la JEP, defender la inocencia de Andrés Felipe Arias, el Robin Hood de los Ricos, promover la cadena perpetua para violadores y asesinos de niños, etc, etc.

Sobre este último aspecto cabe anotar que se trata de una medida que sería inútil, innecesaria y tonta. Hoy en día los violadores y asesinos de niños pueden verse sujetos a penas hasta de 60 años de prisión, más o menos una cadena perpetua. Los casos de esta clase son poco frecuentes, mientras que la gran problemática radica en los miles y miles de niños que son abusados sexualmente, explotados y maltratados. Duque ha defendido la cadena perpetua como si fuera la panacea, sin importarle que el remedio es para casos muy esporádicos, mientras los frecuentes y graves siguen aumentando.

Una muestra más de que algo no funciona bien en el cerebro de quien nos gobierna.

¿Quién soy yo para decirle imbécil al presidente de la república?. Respondo: un ciudadano que a menudo ha cometido imbecilidades, pero que corrige tan pronto es consciente de ellas. Nuestro presidente, en cambio, se ufana de sus torpezas y se ampara en el ejército de idiotas que las publicitan como grandes proezas, porque si algo tiene el imbécil es que se siente orgulloso de serlo.

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Acerca del Autor

Elmer Montaña

Caleño, padre de familia, abogado santiaguino especialista en D.I.H y cultura de paz, derecho administrativo.Ex fiscal, profesor universitario, asesor y consultor, defensor de derechos humanos y director ejecutivo de la Fundación Defensa de Inocentes.

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