Domingo, Junio 24 2018

Ignorancia y democracia

Los políticos -manipuladores por excelencia- lo saben. Y explotarán hasta la saciedad la ignorancia de una sociedad que se mueve más por las emociones que por la racionalidad.

Ignorancia y democracia
Crédito de foto: David Vega especial para 90minutos.co

La ignorancia es atrevida y eso no cambiará nunca. Y si atendemos la certeza de que todos somos ignorantes de alguna cosa, pues la probabilidad de que la premisa acompañe los tiempos hasta la eternidad se convierte en sentencia. La cuestión es que el ignorante fatuo sufre la peor de las condenas: presume de saber, al tiempo que ignora su propia ignorancia. Ahora que en las redes y los memes está tan de moda copiar sin pensar, un término del maestro Eduardo Galeano sirve a esta argumentación. Los ignorantes no son “sentipensantes”, sino seres que anteponen el sentimiento a la razón. Son capaces de matar por lo que sienten, sin aceptar que es posible pensar y entender al otro, expresar una opinión o juicio, sin que ello suponga odiarlo. O asesinarlo.

Es la historia de Colombia. Exacerbar los odios entre iguales, entre compatriotas -para no hablar del concepto bíblico de hermanos- es deporte nacional. El odio todo ha cambiado y entonces aprende a odiar hasta a quien fue su buen vecino, reza la canción A quién engañas abuelo. Les cuesta mucho pensar porque no están habituados a hacerlo, solo a repetir lo que les dicen. Así son los fanáticos, los hinchas, los rezanderos, los chismosos; los uribistas, los santistas, los pastranistas; y todos aquellos que sigan a un caudillo, y ciertamente los ignorantes, cerrados al pensamiento porque no saben distinguir entre lo que necesita demostrarse y lo que no. Solo siguen fieles y ciegos, las indicaciones de sus guías y de sus emociones.

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Pero por qué somos así en sociedad, creo que porque somos peores en familia. Fuimos educados en un falso respeto: lo que papá o mamá dicen no se discute. ¡Ay de aquel que se atreva a contradecirlos! En una ausencia de individualismo pensante. ¡A poner en evidencia sus errores! En una doble moral. ¡A debatir lo que ni puede ni debe ser absoluto! Por ejemplo, la religión. Dejan todo a la justicia divina. Los ignorantes ven un mesías en cada jefe, en cada patrón, en toda autoridad, en aquellos de quienes puedan heredar algo. No importa si es material o un lastre. Pecan y rezan para arrancar de cero. Es característica positiva de los débiles unirse, pero es de los ignorantes amontonarse. Se arremolinan para hundirse en su oscurantismo. O se arropan en un silencio sórdido con sus iguales para -como las hienas-, ejercer como oportunistas carroñeras. No tienen voz propia ni pensamiento genuino.

Discutir con un ignorante por supuesto es peligroso. De inmediato te considerará su enemigo. Su capacidad de discernir es tan básica que se niega a conocer y saber, a entender y comprender, porque no tiene la capacidad de ordenar sus pensamientos y articularlos con la razón. No basa el diálogo en la argumentación, sino en el triunfo. Fieles a la herencia española, creen a pie juntillas que la confesión borra el pecado. La ignorancia no se detiene en situaciones y por eso el ignorante llega rápido a conclusiones radicales que lo convierten en borrego del rebaño. Y claro, los borregos no saben que el pastor es el lobo. Que quien los cuida, primero les quitará su lana; y luego, los venderá al carnicero.

Ahora bien, la ignorancia tiene cura, pero la estupidez es infinita y terminal. Las dos son soberbias es cierto, pero la primera es además altanera porque se niega a entender que el conflicto no es entre el bien y el mal, sino entre ella y el conocimiento. Es maniquea. Y por eso democracias como la nuestra se empeñan en hacer que sus dos pilares fundamentales sean la ignorancia y la pobreza. Un pueblo ignorante y pobre será susceptible de ser manipulado, y peor aún, manoseado. Y por eso cientos de miles de personas y familias se desarticulan, o no pasan de ser otro más de una manada, porque son incapaces de enfrentar sus propias ignorancias. Adiestrados para no pensar.

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Una mente estrecha produce avalanchas en la lengua. Todo aquello que no le cabe en la cabeza lo desborda en aseveraciones sin fundamento, en insultos, en injurias y calumnias que no atienden lo que es correcto, sino lo que le conviene. Demos por caso, la posesión material, que hace feliz al ignorante porque no considera riqueza el saber. No piensa, calcula. Suele entonces también ser preso de la codicia y de la mezquindad, porque el tener -considera- le asegura el ser. Son tan miserables que ni siquiera dan afecto. Su cota máxima de pensamiento es la astucia. Andan por la vida atisbando los errores del mundo sin detenerse en los propios. Le rezan a dos leños cruzados con una viga en los ojos, vociferando las pajas en miradas ajenas.

Vale destacar que un ignorante encontrará en estas líneas una diatriba en su contra y no un intento por reflexionar en torno de una crisis que si bien prolongada en el tiempo, siempre engendra oportunidades. Los políticos -manipuladores por excelencia- lo saben. Y explotarán hasta la saciedad la ignorancia de una sociedad que se mueve más por las emociones que por la racionalidad. Y que sobrevive pensando en el día que llegará su salvador, sin saber -por su ignorancia- que la salvación habita en su ser y que la felicidad camina de la mano no de la obediencia obtusa, sino del ejemplo y el pensamiento certeros.

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Acerca del Autor

Lizandro Penagos

Nací en San Antonio Abad del Páramo de Nuestra Señora de los Dolores. Un pueblecito del Tolima que produce café, ganado y mucha lástima. Hizo parte de La Cortina, un muro imaginario de las guerrillas liberales, gérmenes de las FARC-EP. Allí nací, sietemesino. Allí mataron a mi padre hace más de 20 años. Allí vive aun mi madre, sola. Y allí pienso escribir literatura. Mientras tanto, hago y enseño periodismo en la UAO. Hice televisión y una hija. Publico donde me dejan y sobre cómo leo la existencia.

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