viernes, octubre 16 2020

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Grillito lector

Porque la buena literatura -y en general las artes bien logradas- superan las discusiones que ocupan a los hombres comunes. Más allá de plasmar lo habitual o lo folclórico, la lectura nos revela tanto como la calidad escritural y nos confronta con las complejidades humanas.

Grillito lector
Crédito de foto: Especial para 90minutos.co

En estos tiempos en los que todo se discute y se pone en duda, aferrado de algún concepto pescado en y con la red virtual, uno podría rebatir el nombre de un emprendimiento que recoge la imagen del grillo verde de la buena suerte como su estandarte. Son legendarias las atribuciones que humanos de todas las latitudes le han dado a este escandaloso animalito que utiliza sus alas para hacer ruido y sus patas para volar. La más recurrente es la de la sabiduría, seguida por la de la fortuna y la consecuente felicidad. Si atendemos esa lógica, la lectura recoge con una vitalidad única estas y otras consideraciones que permiten calificar con acierto eso que a primera vista salta como lugar común.

Grillito lector es una apuesta empresarial de una pareja de amigos. Bueno, de un gran amigo al que considero un maestro excepcional y un consejero espiritual innato; y de su esposa, su cielito, como le dice a la mujer en la que encontró el nirvana después de que cada uno descubrió que no hay ningún tiempo indicado para enamorarse y menos, para encontrar a la persona con la que se compartirá el resto de la vida. Los dos son profesores, esa profesión por momentos ingrata que es calificada por los satíricos como la opción de quienes al no aprender lo suficiente se dedican enseñar. No puede un docente de emprendimiento no ser un emprendedor. No puede uno de periodismo no ejercerlo. No uno de diseño no ser un diseñador esencial. Los dos, entonces, pusieron todo su amor y conocimiento en función de una idea que los tiene vendiendo libros e ilusiones tangibles.

Comenzaron con unas canciones infantiles personalizadas a las que se les cambiaba el nombre del pequeño homenajeado. Toda una novedad. Esos discos compactos con un diseño tan atractivo como particular, se movieron en las redes con la agilidad de quienes desean regalar algo único e inolvidable. Y esa es un rara condición de los regalos, pues no todos llegan a cumplir ese cometido específico. Aunque debe reconocerse sí, que en los regalos -cuando son del alma y no pretenden comprar conciencias, adular o impresionar- además de los objetos se empacan los sentimientos y las emociones. Un regalo es una demostración que nos reemplaza, algo que puede estar cuando no estemos. Que significa atención íntegra y no pretende recompensa alguna. Más que el precio, vale su simbolismo. Todos los pequeñitos de sus amigos y conocidos -que no son pocos- los leyeron porque los adultos los compramos y regalamos como detalles innovadores.

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En fin…

Después incursionaron en los libros interactivos, esa mezcla de historia, de los indestructibles de papel, de los que arrastran el olor a tinta y la magia de la imprenta, los que se palpan y huelen, los que no necesitan batería, ni cables, los que se abren y cierran con la mente, los que nos acompañan y secundan nuestros asuntos; con los textos virtuales, los de códigos de barras, los que necesitan una aplicación, una relación cada vez más frecuente y estrecha que se transforma para no morir, para no desaparecer, los que se leen con el celular, con la tablet o el computador. Pero más allá de la plataforma, los libros que permiten escanear un símbolo y navegar a nueva información o a información complementaria que extiende el universo del conocimiento. Con esos libros interactivos ratifiqué que pelearse con la tecnología es tan absurdo como batallar con un sentimiento y negarlo. Esa riña se perderá siempre, por lo que lo correcto es aceptarlo, aliarse con él y poner ese viento a favor de nuestras velas para avanzar.

Pero con los libros interactivos se desmontaron de una idea preconcebida: que en Colombia no se lee. En cada visita a un colegio, a la escuelita de ese barrio desconocido, en cada feria en un centro comercial o pueblo, en cada espacio al que asistían descubrían cómo los padres y los mismos niños y niñas, se arremolinaban a escuchar el cuento de sus textos, la argumentación de sus temas y personajes, de esas interpretaciones del mundo que la literatura infantil comunica con la difícil complejidad de lo sencillo, de lo asequible, de eso que uno entiende y lo lleva a la conclusión llana: ¿Por qué no se me había ocurrido? Buena parte de las ideas sobre el amor, la amistad, el trabajo, la honestidad, el compañerismo, la lealtad y tantos otros valores, nos llegan por la vía de las fábulas y de la literatura infantil. Y como el grillo, pegaron otro salto, ahora a la literatura juvenil.

Porque la buena literatura -y en general las artes bien logradas- superan las discusiones que ocupan a los hombres comunes. Más allá de plasmar lo habitual o lo folclórico, la lectura nos revela tanto como la calidad escritural y nos confronta con las complejidades humanas. La violencia connatural al ser ha sido, es y será insumo narrativo. Nada más violento que Caperucita Roja o el Correcaminos con el pobre Coyote. Los relatos que la incorporan no siempre logran alejarse de ese caudal irrefrenable de cotidianidad en el que el lector no siempre puede hacer pie y es arrastrado por el torbellino donde no navega, sino que pareciera sumergirse con el peligro de ahogamiento. Pues bien, esta pareja de enamorados emprendedores ha fomentado la lectura de textos que han ido in crescendo, que asumen el pensamiento crítico sin las limitaciones de lo complicado, que atienden un nuevo lector más integral y exigente que más allá de consumir, interpreta. En suma, han promovido el encuentro de autores y lectores que sugieren la idea de construir nuevas visiones de nuestra realidad a partir de valores que se siembran con la lectura. Con la buena y apasionante lectura.

Va muriéndose el domingo mientras escribo el párrafo final de este acaso homenaje a la amistad y a el amor por la lectura. Y los grillos comienzan a cantar en el campo, a avisar que llega noche, a reclamar con su grito el silencio ensordecedor de la penumbra solitaria. A obligarnos a ver que las estrellas distantes también refulgen, que la luna no solo altera las mareas, sino que nos revuelca las aguas internas, las fuerzas hidráulicas que deben salirse del alma para que se lave. Selenitas terrenales que la miramos para ver qué nos responde. Sí, es una locura. Pronto llegará el momento de dormir, de soñar para que la mente descanse y el espíritu se zafe de lo que lo atormenta. La luz del sol ha sido vencida para se enciendan las luces de los hombres. Y entonces ese libro sobre la mesa de noche nos mira y nos ofrece su refugio. Comienza esa relación silente de compañía y aprendizaje que pocas cosas pueden superar en esta vida. Y pocas, muy pocas, personas.

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Cartas a Antonia

Acerca del Autor

Lizandro Penagos

Nací en San Antonio Abad del Páramo de Nuestra Señora de los Dolores. Un pueblecito del Tolima que produce café, ganado y mucha lástima. Hizo parte de La Cortina, un muro imaginario de las guerrillas liberales, gérmenes de las FARC-EP. Allí nací, sietemesino. Allí mataron a mi padre hace más de 20 años. Allí vive aun mi madre, sola. Y allí pienso escribir literatura. Mientras tanto, hago y enseño periodismo en la UAO. Hice televisión y una hija. Publico donde me dejan y sobre cómo leo la existencia.

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