lunes, septiembre 28 2020

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Evocación, el pequeño templo de los recuerdos

La emblemática Taberna de Don Dago, situada en el barrio Libertadores, lucha contra una pandemia que la silenció hace cinco meses. Un recorrido por las largas noches de melómanos que arribaron a Evocación buscando una historia perdida en el tiempo… Crónica con aroma de nostalgia.

Evocación, el pequeño templo de los recuerdos
Crédito de foto: Especial para 90 minutos.co

Por Gerardo Quintero Tello

Jefe de Redacción de 90 Minutos

“Traer algo a la memoria. Llamar a los espíritus”…  Evocar. No tengo dudas de que se trata de una de las más bellas definiciones de una palabra que existe en el idioma español.  Creo que no hay una mejor manera de expresar esassensaciones que experimentamos todos aquellos que pasamos por la tradicional taberna Evocación, ese mismo espacio esquinero del barrio Libertadores que tantas noches bohemias nos alumbró.

Después de más de 35 años en ese mismo lugar, Calle 5 No. 19-02,  a una cuadra del Club Noel, su llama parece debilitarse. El acoso de las deudas y la incertidumbre de un lejano retorno que nos deja esta triste melodía del coronavirus parecen silenciar por siempre a Evocación, el templo de la memoria musical y a donde íbamos a reencontrarnos con nuestros viejos que se marcharon dejándonos solo recuerdos.

Y lo menciono de esa manera porque quienes íbamos a Evocación siempre llegábamos buscando algo, una historia perdida, un recuerdo indomado, una pena en el alma, una excusa para sacar una espina del corazón. Yo mismo arribé una noche de viernes a la barra y le pedí al viejo Dago, el alma de ese lugar, que me pusiera ‘Del Triunfo’, una hermosa interpretación de 1935 del Cuarteto de don Pedro Flores, ese genial compositor puertorriqueño de comienzos del siglo pasado. Recién había fallecido mi querido tío Guillermo y no había podido despedirme porque murió sorpresivamente en Chicago sin cumplir su sueño de volver a su terruño amado. Y justo llegué a Evocación pesimista porque no creía que semejante joya musical, que había conocido gracias a mi tío, pudiera tenerla Dago entre sus reliquias musicales. Pero al viejo solo le bastaron unos segundos para pensar y sacar como un mago de su sombrero, la caratula precisa en medio de esas eternas filas de ‘long plays’ que forraban las paredes del pequeño, pero acogedor sitio. La deuda quedó saldada con mi tío. Recuerdo que serví dos tragos de ron en su memoria, no sin antes ofrecerle un tercero a Dago en agradecimiento.

Recuerdos, solo recuerdos, como también le sucedió a Osiel Villada, el jefe de redacción de la web del diario El País, un melómano de vieja guardia, cuya banda sonora está marcada por los boleros, tangos, guarachas y son cubano que se escuchaban en los barrios populares de la ciudad. Osiel no duda en decirme que a donde Dago iba en busca de la infancia perdida porque esa era su manera de conectarse con esos sonidos que tenía almacenados en lo más profundo de su corazón.

Pero, además, trae a la memoria a ese otro Dago, ese hombre que se convertía en un cómplice de la noche, en otro compañero de remembranzas. “Cuando uno podía tener un mejor espacio en la barra, se descubría allí detrás a un hombre con una gran sensibilidad para programar música, una verdadera biblioteca musical andante”.

Eso ha sido parte del encanto de Evocación, un esquinero habitáculo de los amantes de la añoranza, sin mayores pretensiones arquitectónicas, más bien pequeño, más bien incómodo, más bien caluroso, pero que nos hacía sentir a todos como si estuviéramos en la sala de nuestra propia casa.

“Hoy que la lluvia entristeciendo está la noche y las nubes en derroche tristemente veo pasar viene a mi mente la que lejos de mi lado el cruel destino ha posado solo por verme llorar y a veces pienso que es tal vez mi desventura la causa de esta amargura que no puedo soportar, quiero estar al lado de ella para decirle que de ella, para decirle que nunca podré dejarla de amar”

Y así, con la música del arrabal taladrando en el oído llegaba Osiel a pedir ‘Lejos de Tí’, de Raúl Garcés, el tango que su padre le dedicaba a su madre en aquellas noches solitarias cuando tuvo que huir de aquello que llamaron violencia en los años cincuenta y que aún no parece terminar.

Eso siempre ha sido Evocación, el rincón popular donde comienzan y terminan los recuerdos de una noche, la melancolía hecha música… el espacio que don Jesús Dagoberto Hernández, este manizalita de 84 años, amante de los tangos, pero sobre todo de la buena melodía, no dejó cerrar nunca, incluso ni en los años noventa cuando comenzó a implementarse la Ley Zanahoria y muchos negocios quebraron. Pero Evocación sobrevivió y continuó erguido, sostenido en esas más de ocho mil ‘panelas’, verdaderas reliquias de 78, 45 y 33 revoluciones por minuto que no dejaron nunca de sonar. Los ‘malos tragos’ llegaron en marzo pasado cuando la aguja del tocadiscos se silenció, una pandemia que nos fastidia como el sonido de un LP rayado tiene a Evocación contra las cuerdas sin permitir que vuelvan a escucharse los acordes de esas viejas melodías, como ‘ A la luz de la luna’, de Enrique Cardozo, una joya de 1905 que el viejo Dago conserva como un tesoro y que sólo truena a una velocidad de 78 revoluciones por minuto.

El cronista de la vida, Luiyith Melo, es otro de esos veteranos enamorados de la noche, de rumba extensa y ágil conversa. Recuerda que a Evocación llegó por dos razones. La primera, porque su ejercicio profesional de contar historias lo condujo hasta donde Dago y la segunda porque el tango es una herencia musical que le dejó su padre y él necesitaba continuar con el legado. “Lo que más me impresionó inicialmente fue lo pequeño del lugar, pero al mismo tiempo la cantidad sorprendente de acetatos que forraban las paredes el bar en aquella taberna. Me senté en la barra y comencé a hablar con Dago y rápidamente me di cuenta que era una enciclopedia ambulante de la música del arrabal”.

Melo aún se asombra al evocar la memoria prodigiosa de don Dagoberto, capaz de ubicar cualquier tema solicitado con una rapidez sinigual. De hecho cuando algún corazón maltrecho lograba acercarse a la barra para solicitar ‘Mano a mano’, el viejo Dago era capaz de ir soltando una breve reseña del disco, el año en que fue éxito y algunos detalles de la carátula del ‘long play’ que en segundos estaría sonando.

Siempre fue un sitio de la antigua bohemia caleña, que se convertía también en el tertuliadero de periodistas, abogados, médicos, pero también de la gente del pueblo que encontraba en Evocación un pedazo del terruño que se perdió con el paso ineluctable de los años. Melo hace una pausa en su relato, escudriña en su memoria y rememora la vez que el abogado ambientalista Armando Palau recitó en el lugar los versos del ‘Velorio de Papá Montero’, del destacado escritor y poeta cubano Nicolás Guillén.

Bebedor de trago largo/garguero de hoja de lata/ en mar de ron barco suelo,/jinete de la cumbancha:/¡ qué vas  a hacer con la noche,/ si ya no podrás tomártela,/ ni qué vena te dará la sangre que te hace falta,/si se te fue por el caño/ negro de las puñaladas…”

Este vate del periodismo recuerda ese instante como “una noche de tremenda jaculatoria poética, donde además de Palau, un amigo en otra mesa pedía milongas a Dago, mientras yo le suplicaba por el tango ‘Niebla del riachuelo’, inmortalizado en su versión original por Roberto Goyeneche, que le gustaba tanto a mi viejo”. Pero Luiyith también apela a su buena memoria para relatar lo bien que se escuchaban los boleros, el son cubano y hasta cuando se bailaba, porque de vez en cuando Dago sorprendía con alguna cumbia de Lucho Bermúdez o un porro de Pacho Galán. “Es que definitivamente Evocación ha sido un templo de la bohemia y la buena música de Cali”, piensa en voz alta Melo.

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Nostalgias del ayer

Bebedor de trago largo, buen cantor, guitarrero y chupacaña…  Así podría arrancar el perfil de Aymer Álvarez, otro aventurero de la vida, reconocido fotoperiodista y excelso bailarín de tango, bolero y son cubano. De la mano de Marta Mejía, la dueña de la escuela de Música Astor Piazolla, llegó Aymer a Evocación y se volvió un visitante asiduo del lugar, tanto que allí mismo desplegaba con gran talento sus dotes de bailarín de tango y milonga. “De tanto ir, me volví amigo de Dago y su esposa. Lo que más me sorprendía de Evocación eran esas sensaciones que dejaba apenas uno cruzaba la entrada. La energía tan especial del sitio, esas nostalgias del ayer, la cantidad de vinilos que sorprenden. Un hombre admirable, pequeño en tamaño pero gigante en conocimiento musical”, recuerda el laureado reportero gráfico hoy retirado de las lides periodísticas, pero aún con la mecha humeante en la rumba caleña.

Y es que el gusto por la música le viene a don Dagoberto desde su niñez, en su Manizales del alma. Allá aprendió que de las mujeres mejor no hay que hablar, como dice ‘Tomo y Obligo’, ese famoso tango interpretado por uno de sus grandes ídolos musicales, el gran Carlitos Gardel. Hace casi 60 años inició una colección que nunca suspendió, buscando tesoros musicales de Daniel Santos, Charlie Figueroa, Julio Jaramillo, Los Trovadores de Cuyo o Agustín Magaldi. Todos grandes cantantes de épocas idas que marcaron la historia musical de esa Cali de los años cincuenta y sesenta.  Allí en Evocación, ese cofre de recuerdos musicales, don Dago encontró su segundo hogar y hoy es su nieto Andrés el que parece tomar la posta a pesar de los estragos que ha dejado este cierre inesperado.

‘Biblia de la música popular’

Para Ana Milena Gutiérrez, periodista y presentadora de Caracol Televisión, don Dagoberto es una Biblia de la música popular y recuerda cómo para un trabajo periodístico fue con la intención de conversar unos quince minutos y terminó sosteniendo toda una tarde de entretenida charla con el veterano melómano. “A Evocación, que es un sitio muy pequeño pero acogedor, lo hace grande no solo la gran colección de vinilos existente sino, sobre todo, el carisma y la buena compañía que es Dago. A leguas se siente el amor que le tiene a ese lugar, a ese rincón que es tan importante para su familia, para él y para todos los caleños. La taberna se quedó para siempre en mi corazón”, dice Ana Milena sin ocultar la tristeza que hoy le deja el inminente cierre de una historia musical de la ciudad.

Una pena que comparte con Lina Jaramillo, una politóloga caleña que se encuentra desde hace dos años estudiando en New York, a quien le duele la agonía de Evocación y lamenta que la última vez que estuvo en la ciudad, en diciembre pasado, no pudo visitar la taberna. A pesar de ser una mujer joven, que no supera los 30 años, Lina se formó en un ambiente musical donde Rolando La Serie, Julio Jaramillo, Toña La Negra, eran invitados permanentes en las reuniones familiares. Por eso para ella era sagrado ir por lo menos una vez al mes al refugio musical del barrio Libertadores.  ‘Eres todo para mí’, de Frankie Figueroa; ‘La copa rota’, de Alci Acosta; ‘Te esperaré’, de Julio Jaramillo, y ‘Hola Soledad’, de Rolando La Serie, hacían parte de esa selecta ‘play list’ que a esta politóloga no le podía faltar en la mesa de Evocación, siempre acompañada de un buen licor amarillo.

“Recuerdo a Evocación como un sitio pequeñito, pero que como pocos todavía conserva ese aire de barrio de Cali. Siempre que lo visitaba era para escuchar música, tomarme un trago con mis amigos y charlar, solo en plan de disfrutar del ambiente y nada más. Estoy muy triste porque Evocación es una taberna que extraño mucho y que espero que sobreviva porque no podemos dejar perder esa esencia de la música de Cali que va más allá de la salsa, de la rumba, porque hace parte de esa cultura, muy de nosotros, de ir simplemente a un lugar a sentarnos y disfrutar la música”, dice Lina mientras cuenta los días para volver a su Cali del alma y poder volver a disfrutar de su rincón favorito del barrio Libertadores.

Esa es la esencia de Evocación, ese pedacito de Cali que tanto añoramos y al que como en el tango de Carlitos Gardel, siempre esperaremos ´volver’, aunque sea con la frente marchita y las nieves del tiempo plateadas en la sien. Porque al final todo pareciera reducirse a “vivir con el alma aferrada a un dulce recuerdo que lloro otra vez”.

 

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