Viernes, Septiembre 21 2018

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Especial: El pez y la serpiente

 “Una valiente serpiente salva a un pez de morir ahogado”. El enunciado encabeza uno de los tantos memes suscitados por la crisis humanitaria en la frontera con Venezuela, que se aleja del lugar común de insultar a Nicolás Maduro por agresor o a Juan Manuel Santos por pusilánime. A ella le sigue la imagen de …

Especial: El pez y la serpiente

 “Una valiente serpiente salva a un pez de morir ahogado”. El enunciado encabeza uno de los tantos memes suscitados por la crisis humanitaria en la frontera con Venezuela, que se aleja del lugar común de insultar a Nicolás Maduro por agresor o a Juan Manuel Santos por pusilánime. A ella le sigue la imagen de una serpiente erguida, a la orilla de un río, con un pez entre sus fauces. Aparecen luego los logotipos de los dos canales privados nacionales y al final, en la parte inferior de tan sugestivo cartel, una frase lapidaria: “Así informan los medios de comunicación en Colombia”.

        Los medios están donde ocurren los hechos noticiosos y nadie discute que su pregonado equilibrio se pierda más de lo acostumbrado y se inclinen por los más débiles y desfavorecidos. Pero ante la deportación atropellada y violatoria de los derechos fundamentales de cientos de colombianos en Venezuela, Caracol y RCN han cubierto la noticia desde una óptica lastimera, amarillista, moralizante y descontextualizada. Es vergonzante la desfachatez con la que revictimizan a las personas y azuzan la xenofobia que al mismo tiempo señalan y condenan.

Nadie puede negar que las decisiones arbitrarias y despóticas de Nicolás Maduro violan cualquier precepto humanitario. Nadie, que marcar y derribar viviendas es un acto de injusticia suprema. Nadie, que separar familias es una afrenta en contra de la vida misma. Nadie, que la expulsión con respaldo militar es una provocación. Nadie, que es un episodio de humillación y degradación sin precedentes, porque para nuestra fortuna San Andrés es una isla.

Pero nadie además, puede desconocer que el conflicto interno colombiano ha permeado las fronteras de la nación. Que hordas de nacionales buscan refugio y mejores condiciones de vida allende de las fronteras de la patria, porque sobreviven en una periferia olvidada y perseguida.

Y menos, que si las condiciones aquí fueran mejores, las fronteras del país se llenarían de venezolanos, brasileros, peruanos, ecuatorianos y panameños, que hace algún tiempo fueron nacionales. Pero no es fácil cruzar a Panamá, porque no hemos sido capaces de construir una carretera que rompa el Tapón del Darién. Solo trochas y caminos donde el barro atolla los cascos de las bestias, los pies de los ilegales, las botas de caucho y las de los militares.

Tanto aquí como allá -y ese es el verdadero drama-, los problemas de los más pobres son utilizados como estandarte electoral y politiquero. Tanto en Colombia como en Venezuela las Cancillerías son de una bellaquería inconmensurable. Sus cabezas se abrazan, comen y beben a manteles, mientras sus pueblos salvan obstáculos y arriesgan la vida. A esa hipocresía le llaman diplomacia. Tanto los invasores como el gobierno colombiano, habían sido notificados del desalojo, pero es probable que aquí pensaran que allá no iban a hacer nada. No se sabe entonces qué es más deplorable. Si el lamentable proceder venezolano o el deleznable e inmaduro cubrimiento periodístico y gubernamental colombiano.

El trasfondo de esta crisis provocada -todos lo saben, incluidos los medios- es político. En diciembre son las elecciones parlamentarias en Venezuela. Económico incluso, pues un estado asistencialista que ve sus arcas reducidas, recurre a cortar las ayudas a ilegales o indocumentados que se han beneficiado con su populismo. Y social, pues ni se diga. Venezuela es un polvorín y esta cortina de humo le ha funcionado al gobierno como ninguna otra.

 Si la lucha es contra la delincuencia, Venezuela debería expatriar a tanto refugiado clandestino que cobija sin ningún pudor. Si bien deportar ilegales es un derecho que tienen todas las naciones, ha sido la forma como ha procedido el vecino país, lo que ha caldeado los ánimos y puesto en riesgo a un grupo de nacionales.

No es con agravios e insultos a Maduro que se van a solucionar los problemas de los más pobres en Colombia. No es con injurias a los colombianos que Maduro va a solucionar los problemas de Venezuela. Son tantas las irregularidades migratorias de Colombia, como las injusticias sociales que pretendió combatir el Socialismo del siglo XXI.

Venezuela hoy desvía la atención de sus compatriotas y del mundo, para ocultar una difícil situación producto de la arrogancia del poder, la confrontación ideológica y el precio internacional del petróleo. El Proyecto Bolivariano se cimentó sobre barriles de crudo y hoy tambalea encima de barriles de pólvora social.

Mientras tanto, el presidente venezolano, se fuma unpuroCohiba Genios Maduro5, el mejor tabaco habano del mundo. Y piensa -como la serpiente-, qué mezquina visión la de los medios de comunicación, no queda más que aprovecharla caballero.

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Acerca del Autor

Lizandro Penagos

Nací en San Antonio Abad del Páramo de Nuestra Señora de los Dolores. Un pueblecito del Tolima que produce café, ganado y mucha lástima. Hizo parte de La Cortina, un muro imaginario de las guerrillas liberales, gérmenes de las FARC-EP. Allí nací, sietemesino. Allí mataron a mi padre hace más de 20 años. Allí vive aun mi madre, sola. Y allí pienso escribir literatura. Mientras tanto, hago y enseño periodismo en la UAO. Hice televisión y una hija. Publico donde me dejan y sobre cómo leo la existencia.

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