Lunes, Junio 18 2018

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Escéptico pero Sonriente, por Óscar Guzmán

  Desnuda y sin luces   Entre los manjares musicales que he podido degustar al paso de mi vida, se encuentran algunos pasodobles inspirados en la fiesta taurina. Las tubas y las trompetas resuenan de tan magnífica forma que es posible percibir el metálico brillo de los cobres con los oídos. Cuando en el carrusel …

Escéptico pero Sonriente, por Óscar Guzmán

 

Desnuda y sin luces

 

Entre los manjares musicales que he podido degustar al paso de mi vida, se encuentran algunos pasodobles inspirados en la fiesta taurina. Las tubas y las trompetas resuenan de tan magnífica forma que es posible percibir el metálico brillo de los cobres con los oídos. Cuando en el carrusel al azar del reproductor de música le toca en suerte a uno de estos temas, me hace evocar un hermoso juego de retablos (doce en total), que decoraban las escaleras semicirculares de mi casa paterna.

En él se veían, cuadro a cuadro, los momentos más dramáticos de una corrida de toros, con todo y la gallardía de los séquitos y la belleza clásica de algunas sevillanas muy bien puestas. También en Latinoamérica, en torno a las corridas de toros, se vive un ambiente festivo y eufórico que no se siente en otras épocas del año. Es la temporada de los sombreros finos, de los caballos con crines de ensueño y de fastuosas reuniones familiares en los tendidos que se han esperado todo el año. En el caso de los presupuestos más cortos, ha sido preciso llevar a cabo algunos sacrificios, durante varios meses, para adquirir el costoso abono de la plaza de toros. Sí, alrededor de las corridas de toros hay tradiciones memorables y matices culturales dignos de apreciar como si fueran atardeceres… pero sólo alrededor.

Si se mira con ojos limpios y corazón desapasionado, el apego a las tradiciones y a las manifestaciones culturales que visten de elegancia a este contradictorio fenómeno social son las razones por las que sigue vivo y no porque se trate de un “arte” o porque su práctica dignifique de algún modo al género humano o a la naturaleza que de mal modo subyuga.

 Las cosas como son: debajo del traje de luces, hay un hombre con la ventaja de su raciocinio, quien conoce la forma de engañar repetidamente el instinto de un animal que sin poder distinguir el colorido de las banderillas que lo torturan, no es más que un ser acorralado por el miedo; que respira agitado, tratando de defender su vida con las armas propias de su poderosa pero limitada naturaleza; él tan sólo intenta no morir.

Es curioso cómo detrás de un hecho tan simple se hacen tan elaboradas prosas y retruécanos justificadores que intentan desviar la atención de lo real y calmar conciencias intranquilas. En su definición rimbombante de “bravura” un diccionario de tauromaquia incluye esta perla como parte de su definición: “…dícese que la tiene el toro que en la plaza embiste con prontitud y repetición, pelea con alegría en el caballo”. ¿Alegría? Un toro sangrante y desesperado por los gritos que lo aterran podrá experimentar muchas cosas, menos alegría.

Sin embargo, ante la evidencia de tan cruda realidad, los argumentos de la tolerancia o los llamados al amplio criterio son esgrimidos en busca de lograr una cierta “inmunidad diplomática cultural”, una patente de corso para tapar bocas cuando la retórica taurina es incapaz de disimular la inmisericorde agonía del toro.

Me tildarán de intolerante y radical, pero manteniendo el empeño de no dejar subir la temperatura, no son muy diferentes las justificaciones que intentan sostener lo insostenible de la tauromaquia, de aquellas con las que alguna vez se intentó legitimar la declaración de inferioridad de la mujer o la conveniente y lucrativa esclavitud.

Sería como para alquilar balcón ver la reacción de quieres defienden toda esta parafernalia a la que llaman arte cuando no se tratara de toros ni novillos sino de ellos mismos, sometidos por algún tipo de raza superior que en algún tipo de delirio místico considerara culturalmente correcto sacrificar humanos, previa tortura, en un escenario público. Apenas provistos de uñas y desesperación, quizás no esgriman tanta “comprensión” y decidan defenderse o quizás, rogar con lágrimas por sus vidas, estrategia de la que carece el toro y por la cual se asume que “enfrenta al matador con trapío y bravura”.

Si desde la comodidad de nuestras bancas históricas miramos con repudio al circo romano, quizás esta generación deba prepararse en vida a ser objeto del mismo repudio de quienes en un futuro no muy lejano encuentren débiles las justificaciones por las cuales consentimos y paladeamos aún esta forma tan cínica de crueldad que, desnuda, rodeada de miles de luces, de anécdotas, de historia o de simbolismos de virilidad, es eso y nada más: crueldad.

P.D. Mientras se habilita de nuevo el sistema de comentarios del blog, los invito  a expresar sus comentarios sobre este tema y a conocer las entradas anteriores a este blog en este enlace: http://oscar.pildoraroja.org/category/esceptico-pero-sonriente/

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Escéptico pero Sonriente, por Óscar Guzmán

 

¿Ya estás listo para los tres días de oscuridad?

 

Tendremos tres días sin luz solar ni electricidad. Lo dice Kaoru Nakamaru, una princesa japonesa que ha entrevistado a hombres como Saddam Hussein, Julio Iglesias, Muamar Gadafi y al menos 200 personajes de talla mundial. Su video en YouTube es muy convincente. Muchos sitios web hacen eco de la noticia, según la cual,  la NASA pronostica que entre el 21 y el 23 de diciembre habrá un apagón mundial. Al hacer una breve búsqueda en Google con las palabras claves “NASA 3 días de oscuridad” encontrará que la primera página de resultados le ofrecerá historias muy similares que respaldan esta información y le pondrán al tanto, con lujo de detalles sobre el peligro del cinturón fotónico que nos dejará en penumbras durante el mencionado fin de semana. Supe también que un experto en el tema dijo en televisión que durante esos singulares días la tierra se detendría para cambiar su sentido de rotación, con lo cual el mundo entrará en una nueva era. ¿Se está riendo o está llorando?

Cuán fácil es crear histeria colectiva con tan sólo una figura pública (que tiene algún rezago de credibilidad) y un par de pseudocientíficos  que dicen estar respaldados por alguna autoridad superior. Respeto profundamente el derecho que cada quién tiene a creer lo que quiera pero no es posible quedarse indiferente cuando gente buena pero mal informada empieza a padecer angustia por cuenta de las falsas evidencias que circulan sobre este tema, no sólo en internet, sino también en medios masivos.

Conozco personas que ya están haciendo preparativos para refugiarse con sus familias durante esos días en los que, supuestamente, pasarán terribles catástrofes que han sido encubiertas por la CIA, la FIFA y hasta por la tía.

Sin embargo, lo que me motivó a escribir este artículo no fue sólo exponer la enorme falta de sustento científico de quienes hacen tales afirmaciones apocalípticas, con las cuales ya están haciendo su agosto los vendedores de todo tipo de artículos rituales. Lo que me tiene realmente preocupado y le resta longitud a mi sonrisa es que al buscar información rigurosa sobre el tema, encontré que las tres o cuatro primeras páginas de los motores de búsqueda (que resultan de usar las palabras claves que sugerí antes) están llenas de enlaces que llevan a información falsa o fraudulenta y por ningún lado aparecen los vínculos hacia explicaciones serias o al menos posturas oficiales de instituciones como la misma NASA.

Dicho de otro modo, si el ciudadano de buena voluntad y razonable postura crítica desea corroborar si lo que ve y oye es cierto, encontrará que internet, en vez de ayudarlo, lo sume todavía en mucha más oscuridad. Es más,  en un enlace de iReport de la prestigiosa CNN se les coló un reportero ciudadano difundiendo información falsa sobre las supuestas declaraciones de los científicos de la NASA. (Ver para creer: http://ireport.cnn.com/docs/DOC-844334). Con semejante legitimidad, ¿quién lo pone en duda?

Desde luego que la NASA no ha hecho las afirmaciones que se le atribuyen, ni sobre el apagón ni sobre los supuestos 3 días de parálisis de la rotación de la tierra. Sin embargo, sus aclaraciones no son fáciles de hallar especialmente en español, idioma en el que parecen proliferar con mayor vigor las más disparatadas fantasías. De hecho, el único texto oficial en el que la NASA se manifiesta sobre el tema está sólo en inglés (http://www.nasa.gov/topics/earth/features/2012-alignment.html).

Así como “lo único que necesita el mal para triunfar es que los hombres buenos no hagan nada” (Edmund Burk) lo único que hace falta para que el oscurantismo se imponga es que quienes tienen la capacidad de traer luz para disipar las tinieblas permanezcan cómodos e indiferentes en sus balcones  de observación.

La responsabilidad que en ese sentido tienen los medios de comunicación es enorme porque no se pueden quedar citando informaciones de cable y pasando fugaces entrevistas con expertos sin hacer las reflexiones mínimas ni confrontar, con fuentes realmente válidas, lo que se difunde como información etiquetada de científica.

La tierra seguirá girando y el sol seguirá saliendo por el oriente; pero si no hacemos la tarea para lograr que exista un verdadero equilibrio informativo en los temas de ciencia y tecnología en todos los ámbitos, viviremos no sólo días sino décadas enteras de oscuridad intelectual.

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Escéptico pero Sonriente, por Óscar Guzmán

 

 

“No me consta pero…”

 

Sí, como no. Se supone que estamos advertidos de que no todo lo que brilla es oro y que no todo lo que se publica en internet es verdad. Sin embargo, hasta quienes nos consideramos curtidos,  podemos caer en los bien elaborados espejismos que a diario circulan por la red, algunos nuevos y otros más viejos que la panela.

Para la muestra un botón. Hace algunas semanas vi en Facebook y recibí por correo electrónico este mensaje:

Facebook acaba de publicar sus nuevas tarifas: US$ 9.99 mensuales por el servicio Gold Member, US$6.99 mensuales por el servicio Silver Member, US$3.99 mensuales por el servicio bronce, gratis si copias y pegas en tu muro este mensaje antes de la medianoche de hoy. Cuando ingreses a tu cuenta mañana se te solicitará información de pago… Ya es oficial. Salió en las noticias. Facebook cobrará debido a los cambios para implementar el nuevo perfil. Si copias este aviso en tu muro, tu ícono se volverá azul y Facebook será gratis para ti. Por favor, pasa este mensaje o de otro modo tu cuenta será eliminada en caso de no pagar. No sé si esto es verdad, pero ya veremos. No nos cuesta nada copiarlo…

Desde luego, esta información es tan falsa como un billete de tres mil o como una de esas cadenas de correos en las que juran, por lo más sagrado, que Bill Gates amaneció filantrópico y va a girarnos un jugoso cheque por sólo reenviar el mensaje.

Sin embargo, lo que me sorprendió hasta la estupefacción, fue ver que el mensaje había sido reproducido en los muros de Facebook de estimadísimos y siempre respetados colegas periodistas. Sí, ¡periodistas! Los mismos con quienes alguna vez aprendimos una cosa llamada “verificar fuentes” y otra conocida como “buscar todos los ángulos posibles de la noticia”.

Mi ánimo con lo comentado no es, de ningún modo, ofender a mis queridos colegas pero sí resaltar el hecho de que hasta los médicos también se mueren y que si no somos cautos cualquiera de nosotros puede sucumbir ante el legitimador encanto de la internet.

El falso aviso de Facebook no pasa de ser simple una broma para generar alarmismo y hacer perder el tiempo. Sin embargo, ¿se imaginan cuando se trate de manipular en serio a la opinión pública? Esa pregunta la dejo abierta porque no quiero desviar el tema hacia la paranoia propia de las teorías de la conspiración (que son como las brujas; no existen pero que las hay, las hay).  Me interesa más exponer las pequeñas argucias con las que un mensaje de este tipo logra su efecto viral.

“…Gratis si copias y pegas en tu muro este mensaje antes de la medianoche de hoy… Por favor, pasa este mensaje o de otro modo tu cuenta será eliminada en caso de no pagar”. Típico. El argumento del pánico por vencimiento. Nada mejor para anular la capacidad reflexiva y el sentido común que una papa caliente, un asunto urgente que si no se decide ya tendrá nefastas consecuencias. Este tipo de temor es también propio de las cadenas que auguran 20 años de mala suerte si no es reenviado el mensaje. Los creyentes hacen clic y lo reenvían. Muchos escépticos también… por si acaso.

“Ya es oficial. Salió en las noticias”. Y con estas palabras mágicas más de uno le pone el sello de veracidad al enunciado y rápidamente lo reproduce en su muro o lo envía a toda su lista de contactos, con plena certeza de llevar a cabo un valioso servicio social. Este es el clásico ejemplo del poder legitimador de internet que a su vez se apoya en el tradicional poder legitimador de los medios masivos en los que “nunca jamás” pasan información inexacta o incierta (sarcasmo incluido).

¿Desconfianza? Sí, es necesaria una dosis saludable para ir con cuidado. Y es que hasta eso de “ver con los propios ojos” ya no basta. A punta de Photoshop es posible vender unos cuentos increíbles que se ven muy reales en la pantalla. ¿Recuerdan la famosa foto de un turista de gorrito y lentes oscuros a quien al parecer le toman una foto en la azotea de una de las Torres Gemelas justo cuando viene uno de los aviones que las derribaron? Pues bien, yo caí en esa…

“No sé si esto es verdad, pero ya veremos. No nos cuesta nada copiarlo”.  Yo le llamo a este el argumento absolutorio o quita-culpas. ¡Por favor! Es una excusa tan infantil como la de cruzar los dedos para que una promesa no sea válida. Quienes se excusan en este argumento para decir que lo difundieron “por si acaso” manejan la misma ética de la tía chismosa del vecindario que dice, “no me consta pero me dijeron que fulanita”… ¡no le consta pero ya hizo el daño!

Hoy en día, y gracias al alcance universal de las nuevas tecnologías, verificar las fuentes de la información ya no es fuero exclusivo de los comunicadores sociales. En plena era del periodismo ciudadano, todos estamos en capacidad de hacer una búsqueda en Google y examinar entre los resultados los pros y los contras de esa  información que llega hasta nuestros buzones. Lo falso rápidamente sale a flote. Antes de darle clic al botón de reenviar, y dispersar algo en el irreversible flujo de internet, conviene aguantar la comezón de la “chiva” y tomarse un momento para verificar si estamos difundiendo información que tiene algún asidero en la verdad y es lo suficiente relevante para ocuparnos y ocupar a otros en ella. Entre el servidor social y el chismoso digital hay una cortísima distancia que sólo puede salvarse con diligente verificación*.

@Redpillx

 

*¿Estás dispuesto a mirar atrás para ver en qué tantas cosas creías que no eran tan ciertas? Te recomiendo el sitio de Datos Freak (http://www.datosfreak.org/datos/desmitificaciones/). Ahí podrás pasar un rato de diversión o de horror, según como lo tomes.

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Escéptico pero Sonriente, por Óscar Guzmán

 

¿Sentido común o exceso de confianza?

 

Es refrán conocido por muchos que el sentido común es el menos común de los sentidos. Lo que pocos conocen de él es que también es una trampa para el ego. Quienes hemos caído alguna vez en la vanidad de creer que lo tenemos bien desarrollado, regresamos a  la senda de la humildad luego de que ciertos conceptos que parecían tan obvios se cayeran de su estantería para darnos con todo su peso en la cabeza.

Mea culpa. En cierta ocasión, conversaba con algunos amigos sobre lo humano y lo divino y no sé cómo aterrizamos en el tema de los sombreros típicos. En el cruce de frases y anécdotas uno de ellos dijo: “Es que no recuerdo el país en el que se inventaron el sombrero de Panamá”. Mi presurosa boca, proclive a la ironía,  respondió con supuesto ingenio: “¡mejor por qué no te acuerdas de qué color es el caballo blanco de Simón Bolívar!”. Mi sonrisilla mordaz no pudo sostenerse mucho tiempo frente a la firme respuesta de mi interlocutor. “Pues mira, Óscar. Si lo dices porque te parece muy obvio que el sombrero de Panamá es panameño, estás equivocado”.

Fue embarazoso pasar de gracioso a ignorante. Efectivamente, el asunto no era tan obvio como parecía porque el sombrero de Panamá es originario de Ecuador, donde hoy en día se siguen fabricando los más finos ejemplares de este accesorio. Su nombre es resultado de una carambola histórica que lo llevó a cubrir la ilustre cabeza del presidente de Estados Unidos, Theodore Roosevelt, durante su visita a la obra del canal de Panamá. Los ecuatorianos no hicieron nada por corregir el crédito del sombrero y por el contrario se han beneficiado de la confusión durante décadas.

El sentido común es una herramienta muy útil siempre y cuando no se mezcle con el facilismo y la laxitud. Cuando así pasa, se transforma en exceso de confianza que puede salir muy caro especialmente para quienes tenemos la responsabilidad de manejar y emitir información. Todavía está presente en la retina de muchos la vergüenza gráfica de un telenoticiero de Estados Unidos en el que ilustraron una nota sobre el mundial de fútbol de Suráfrica 2010 con un mapa de Suramérica. Una pizca de verificación, por parte del editor o la cabeza pertinente, habría sido suficiente para detectar semejante yerro.

No obstante, la verificación en sí misma no es una vacuna contra las posibles falencias en el ejercicio del sentido común. Colaboré en estos días con la revisión textual de un proyecto comunicativo, cuyos mensajes tenían como base una redacción en inglés. En dicho planteamiento, se hablaba de un alcance de  “one billion people”. Automáticamente y sin necesidad de una maestría en lenguas, la mente lo convierte en un billón de personas (como venía escrito en la traducción). O la campaña era demasiado buena, porque alcanzaría a más gente de la que hay en todo el planeta (somos apenas  como 6.500 millones) o había un error en las cifras, como finalmente resulto ser. Aunque billion y billón son vocablos equivalentes, no sucede así con las cifras que representan. Para el habla inglesa one billion es igual a mil millones, en tanto que en español un billón es un millón de millones. La diferencia entre ambas cifras es abismal y también es consecuencia de otra triquiñuela histórica que, por la fuerza de la costumbre, hizo que ingleses y norteamericanos acuñaran esta errada acepción, pese a los intentos de muchos de los suyos por sacarlos del error. De hecho, nuestro billón es en realidad su trillón.

En consecuencia, expandir las fronteras de nuestro conocimiento general, además de una sana dosis de desconfianza canalizada como verificación, es una buena forma de reducir las posibilidades de caer en las trampas alrededor del sentido común. Además, siempre será sano darle un vistazo a nuestro inventario de certezas y creencias a ver si esas cosas en las que creíamos siguen siendo tan ciertas como pensábamos.

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