jueves, septiembre 24 2020

.

En fin…

Todos corren para alcanzar aquello que los hace felices. No importa lo que sea. No interesa si tiene validez emocional o monetaria. Todos están en su derecho de perder la vida tratando de buscarla.

En fin…
Crédito de foto: Especial para 90minutos.co

Y todos corrieron despavoridos como anda presurosa la muerte por estos días. Como ha caminado desde que el tiempo existe, unas veces lenta y parsimoniosa; y otras, resuelta y furiosa. Siempre inexorable. Letal. Solo que ahora lo hace de la mano de la confianza y de la ignorancia de los crispados que se soltaron del pánico y de la infoxicación. La desesperación por el encierro y la ansiedad se subieron en lo que fuera. En cualquier cosa que transporte, que movilice, que lleve, así sea el diablo. Al rezago se queda todo, la prudencia, el miedo, la responsabilidad social, el respeto por otro, la conciencia colectiva y, claro, la estrechez económica. De cualquiera parte sale el dinero para viajar, para visitar, para disfrutar, para volver a compartir, para tomarse unos tragos. La resaca vendrá luego, pero hay que estar a gusto con la vida, así sea para perderla con plena conciencia, para echarla por un abismo o para jugársela en esta ruleta rusa que nació en China o en cualquier laboratorio o en la sangre de algún murciélago desgraciado o en alguna parte o ser, para cambiarlo todo y que todo siga igual, pero con tapabocas.

Corrió el mandadero a anunciarlo y todos se ubicaron en el partidor el 1 de septiembre. Y corrieron los gremios a decir que la economía del país ya no resiste más. Y corrió el gobierno a escondidas con otra reforma tributaria arbitraria y preferente. Y corrieron los ahogados hasta el cuello a mover sus negocitos, pero la medida era solo para los grandes, para los de siempre. Para los que las leyes se les hacen a su medida. Y ya había corrido la manada de gobernantes a apoyar a quienes financian sus campañas. Y corrieron a prestarle plata a la pobre aerolínea para que se eleve y dejar por el suelo a las familias más pobres. Corrió el hombrecito a renunciar a su curul y la Corte a cumplir el designio legal para que el más ilegítimo de los fiscales investigue. Y corrió la sangre, que no ha dejado de verterse siempre, en otra masacre. Y corren los campesinos asustados y los indígenas arrinconados y los negros olvidados. Todos corren porque el salvoconducto en Colombia siempre ha sido sálvese quién pueda. Y corre el tiempo que no se detiene y corre el agua en tiempos de verano. Y todos corren para aliviar su alma, aunque en esa carrera puedan perder la vida. Y corrieron a inaugurar el túnel más largo en sobrecostos. Y aunque corre el tiempo, parece que se detuvo en un largo y sostenido: ojalá no pase lo peor.

Lea también: 

Cartas a Antonia

Como en una insurrección generalizada, como en una protesta silente y tácita, todos buscan de dónde agarrarse, de qué echar mano para conseguir el sustento, económico y emocional. Corren a buscar la tranquilidad, el amor, el dinero para sobrevivir. Y corren los dueños a correr a sus inquilinos que no tienen con qué pagarles. Y corren todos para salir a su encuentro con la incertidumbre y el azar. La suerte está echada, lo que pocos saben es que está horizontal en las pocas camas de las UCI que no han ocupado los que tienen cómo pagarlas. Las familias esperaban ansiosas el abrazo permitido por la nueva normalidad, también los amantes alejados por el invisible. Los ladrones no han dejado de robar ni de correr, pero también partieron con más bravura a las calles atestadas. Tampoco los corruptos, que han corrido tranquilos en medio de la pandemia, como lo han hecho desde que los malos son buen ejemplo. Se llenaron las calles y las carreteras, los restaurantes de los pueblos y de los caminos. Y volvieron los trancones. Y las mudanzas. Los trasteos mueven los corotos de quienes vuelven a los pueblos, a los campos, a su esencia. Al lugar del que fueron desterrados por tanta carrera de muerte.

Todos corren para alcanzar aquello que los hace felices. No importa lo que sea. No interesa si tiene validez emocional o monetaria. Todos están en su derecho de perder la vida tratando de buscarla. Si todo depende de la cultura y la educación, habrá de correrse la voz de que somos un país inculto y maleducado. Llevado a esta condición por los que históricamente le han corrido el bulto a la responsabilidad de orientar los destinos de una patria más boba que hace dos siglos. Hordas de colombianos perderán la vida para que otros tantos tontos salven la suya, si les queda algo de conciencia. Sin duda la presencia física es importante para demostrar los afectos, pero amar sin ver en realidad o tocar, es algo que raya con la divinidad. Así como se ama a ese ser que partió de este mundo hace muchos años, pero vive aún en nuestra memoria y en nuestros afectos. Ese es el amor eterno. Que alguien sea el primer y último pensamiento del día es la mejor forma de visitarlo y tenerlo en los adentros del espíritu o de los entresijos. Hay que lavarse las manos es cierto, y rociarse alcohol, y aplicarse hectolitros de gel antibacterial dizque para matar un virus, pero cuánto bien nos haría lavarnos el alma y querer sin poseer, sin esa mezquina y suprema necesidad de ver al otro para que sepa que en realidad se ama. Ese acto de amor no se ha medido en su real dimensión.

La muerte se da sus mañas para hacerse sentir, para saber que ha llegado o está rondando. Creo que siempre avisa. Aunque sus campanazos no suelen alertar a quien escogió con su guadaña, sino a quienes, ocupados con tanta lágrima y dolor, no se dan cuenta que sus advertencias son como un espejo donde se refleja el aplazamiento del turno ineludible. Ella no siempre corre, porque nadie como ella sabe que su carrera no es contra el tiempo sino en su compañía, para vencer eternamente. Un compañero de trabajo está muy grave. Todos los profes de la universidad se han solidarizado con su situación y la consigna después de cada cadena de oración es: debemos cuidarnos. Todos corren a manifestar que la vaina está complicada. Que la única luz al final del túnel es la de La Línea. La idea de volver a la semipresencialdad vuelve a correrse. Nadie quiere arriesgarse. Ni los directivos, ni los profes, ni los estudiantes, ni los padres. El encierro acecha de nuevo y aunque todos corrieron a buscar espacios más libres, menos estrechos que los apartamentos que a veces no dejan espacio ni para pensar, el cuidado se siente.

La lucha del cuerpo contra el virus es implacable. Muda pero escandalosamente mortífera. Todas las esperanzas se cifran en la carrera de resistencia que debe asumir un sistema inmunológico anclado en un sistema de salud precario. El río llanto de las familias es conmovedor. No hay espacio para el duelo, ni para el acompañamiento. La soledad es la soberana tirana. Todos se ocupan en desocupar su alma para implorar piedad. Todas las respuestas son una sola respuesta: la salvación. La realidad innegable destroza. Cierra todas las puertas e invaden con desesperanza. Todos sabemos que la tristeza nace en la cabeza y se instala en la garganta para hacerse nudo y luego desatarse en el corazón y hacer que duela el pecho. Desde adentro forma un torrente y corre hacía arriba para salirse por los lacrimales y desbordarse por la cara. Al dolor físico del paciente -en muchos casos sedado-, se suma el dolor emocional de todos los que lo aman o estiman. La mente y el corazón duran mucho tiempo en desconectarse. Sin embargo, la muerte no es el fracaso, el gran fracaso es no escuchar los campanazos de la muerte; y peor aún, los de la vida.

Pero, como decimos los colombianos para rematar la narración de una tragedia cuando ni los argumentos, ni la palabrería, ni todas las demostraciones han alcanzado para expresar la sumatoria de todo lo que fluye por dentro… en fin.

Le puede interesar: 

El sepelio de alias ‘Pueblo’

Acerca del Autor

Lizandro Penagos

Nací en San Antonio Abad del Páramo de Nuestra Señora de los Dolores. Un pueblecito del Tolima que produce café, ganado y mucha lástima. Hizo parte de La Cortina, un muro imaginario de las guerrillas liberales, gérmenes de las FARC-EP. Allí nací, sietemesino. Allí mataron a mi padre hace más de 20 años. Allí vive aun mi madre, sola. Y allí pienso escribir literatura. Mientras tanto, hago y enseño periodismo en la UAO. Hice televisión y una hija. Publico donde me dejan y sobre cómo leo la existencia.

Noticias Relacionadas