Martes, Octubre 22 2019

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El vía crucis del santo varón Arias

Ahora regresa como un fugitivo, derrotado, desacreditado y expuesto a los más duros e impiadosos ataques. Pese a que fue enviado a un club militar tendrá que vivir bajo la permanente zozobra de ser remitido en cualquier momento a una cárcel de verdad.

El vía crucis del santo varón Arias
Crédito de foto: Especial para 90minutos.co

Andrés Felipe Arias y su familia han vivido momentos difíciles desde el momento en que la Corte Suprema de Justicia lo condenó como autor de los delitos de contrato sin cumplimiento de requisitos legales y peculado por apropiación, cometidos ambos en concurso homogéneo y heterogéneo es decir, que fueron varios contratos que suscribió de manera irregular y también varios los peculados o apropiaciones ilícitas de dinero.

Arias fue juzgado por el órgano de justicia competente y tuvo como defensores a  ex magistrados de la Corte Suprema de Justicia, es decir, contó con una defensa idónea y rodeado de las garantías propias del debido proceso.

Después de un juicio complejo, ampliamente difundido por los medios de comunicación, Arias recibió una sentencia que se compadece con la multiplicidad de delitos, la naturaleza, gravedad y modalidad de los mismos y el daño causado a los bienes públicos.

Los argumentos y pruebas en que se basó la decisión de la Corte se encuentran plasmados en la sentencia SP9225-2014, Radicación n° 37462, (Aprobado Acta No. 226), proferida el 16 de julio de 2014, que recomiendo leer, especialmente a quienes insisten en afirmar que la decisión fue política y no jurídica, que se produjo sin ningún respaldo probatorio y que además es desproporcionada.

Proferida la sentencia condenatoria, Arias se fugó del país y buscó infructuosamente asilo político en EEUU. A los gringos les bastó leer la sentencia para comprender que Arias fue juzgado y condenado por delitos de corrupción y no por delitos políticos.  Por eso perdió la batalla legal en ese país pese al enorme esfuerzo diplomático y legal que hizo el uribismo.

Álvaro Uribe, acostumbrado a reescribir la realidad a su antojo, llegó el extremo de sostener ante los jueces norteamericanos que no existía tratado de extradición entre Colombia y los EEUU, pasando por alto que el mismo Uribe hizo uso y abuso de la extradición durante su gobierno.

De nada sirvieron las lagartadas del flamante embajador de la India que nos representa ante el gobierno de Trump, ni la grandilocuencia del canciller colombiano, ni los lloriqueos del gobierno de Duque;  la justicia norteamericana actuó en derecho y puso fin a los días de fugitivo de ex ministro.

Quienes aconsejaron a Arias fugarse a los EEUU cometieron un error de cálculo imperdonable, al no tener en consideración que en la democracia norteamericana los jueces obran con autonomía e independencia. Tontamente sobrestimaron la influencia de Álvaro Uribe ante la justicia de ese país y tarde se dieron cuenta que solo es un caudillo tropical que en otras latitudes es visto con reserva.

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Debido a esta equivocación Arias tuvo que pasar las verdes y las maduras en una cárcel norteamericana, donde debió enfrentar situaciones que nadie desea ni a su peor enemigo. Otra cosa hubiera ocurrido de haberse quedado en Colombia: en lugar de cárcel lo hubieran recluido en un club militar, con derecho a visitas diarias, buena comida, televisión, internet, platos a la carta, recreación, etc., y desde ese “encierro” habría podido librar la batalla por la doble instancia.

Ahora regresa como un fugitivo, derrotado, desacreditado y expuesto a los más duros e impiadosos ataques. Pese a que fue enviado a un club militar tendrá que vivir bajo la permanente zozobra de ser remitido en cualquier momento a una cárcel de verdad.

El uribismo ha intentado infructuosamente lavar la imagen de Arias mostrándolo como una mártir de la justicia, un perseguido político, un hombre impoluto que no se robó un peso. En ese cometido no faltó el charlatán que comparó a Arias con Mandela ni la uribista que afirmó que suplicio de Nazareno era paseo infantil en comparación con el verdadero vía crucis que padece el Santo Varon Arias, ni el descerebrado que lo equiparó con Einstein, alegando que un genio de esta magnitud no puede ser un delincuente (desconoce el borrico adulador que los peores asesinos en la historia de la humanidad han tenido un IQ muy superior al de Arias).

Arias fue oído y vencido en juicio y debe cumplir su sentencia en una cárcel ordinaria como cualquier prófugo de la justicia que ha sido capturado. Su derecho a la doble instancia no lo habilita para ser tratado con privilegios, como si se fuese  una estrella de la farándula o un héroe nacional. Su presunción de inocencia fue desvirtuada y ahora en calidad de autor penalmente responsable de los delitos por los cuales fue acusado por la fiscalía, debe ser sometido al régimen penitenciario existente. Concederle lujos y prerrogativas constituye una ofensa a la sociedad y la administración de justicia y va en contravía del principio constitucional según el cual todas las personas somos iguales ante la ley.

Colombia es uno los países más corruptos del planeta debido a que la sociedad no ha asumido una posición firme respecto a la persecución de la delincuencia de cuello blanco y permite que ciertos personajes actúen impunemente por encima de la ley  y gocen del derecho de exhibir a los jueces honestos como delincuentes y a los delincuentes como ciudadanos ejemplares.

El país está secuestrado por los corruptos y nos lamentamos por eso, pero con la misma convicción al segundo nos estamos rasgando las vestiduras en  defensa de los Arias y los Santrich, porque la corrupción no tiene bando exclusivo, ni es patrimonio de un determinado grupo político; es un cáncer que ha infectado a toda la sociedad.

Lamento el sufrimiento de la familia Arias, pero lamento más la ausencia de justicia y me repugna que los corruptos cuenten con ejércitos de voluntariosos que los lavan y ensalzan para que no hiedan y puedan convertir el país en una inmensa cloaca.

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Acerca del Autor

Elmer Montaña

Caleño, padre de familia, abogado santiaguino especialista en D.I.H y cultura de paz, derecho administrativo.Ex fiscal, profesor universitario, asesor y consultor, defensor de derechos humanos y director ejecutivo de la Fundación Defensa de Inocentes.

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