miércoles, octubre 14 2020

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El sepelio de alias ‘Pueblo’

En Colombia cualquiera que llegue con un arma es la ley, porque no hay conciencia de autoridad, ni de respeto. Que sea legal o ilegal importa un rábano.

Crédito de foto: Especial para 90minutos.co

La fascinación de la humanidad por los delincuentes es histórica y ajena solo a algunas culturas milenarias, donde la honorabilidad no ha dejado de ser una virtud que tiene valor y no precio. En Colombia las atrocidades han hecho célebres a quienes deslumbran con ostentación y gastan sin medida. Y eso volvió a confirmarlo la fiesta que se armó para despedir a otro bandido que el viejo remedio de matar no ha desnucado del todo. Alias ‘Pueblo’ es Colombia, o buena parte de ella, la del país rural, campechano y marginado. La Colombia profunda de la que hablan los sociólogos, la nación olvidada y excluida, el arrinconado revés de la nación del que hablara Margarita Serje. En fin, la patria alejada de la senda del desarrollo con algunos avances producto más del impulso rebuscador, que de políticas públicas diseñadas desde ese centro alejado y privilegiado. Más de mil pueblos con sus veredas y corregimientos donde ha llegado la tecnología, pero no el progreso.

‘Pueblo’ fue abatido en Mutatá-Antioquia en una operación que incluyó Policía, Ejército y Fuerza Área. Es decir, armas y balas bendecidas por algún buen capellán que ora e implora del lado de los buenos. El gobierno asegura que era el cuatro cabecilla del Clan del Golfo, pero para los pobladores de la zona era un hombre caritativo, amplio, gastador, amante de los buenos caballos y de las mujeres buenas, esos cuerpos sin alma que se prorratean al mejor postor, a las que trataba como finas yeguas de paso que se montan y protegen, pero no se aman. Las mal llamadas ‘poltras’, polvos de traqueto. Para los analistas y las organizaciones no gubernamentales, el ‘Clan del Golfo’ no es más que un término acuñado por el gobierno para invisibilizar otro reducto de los grupos paramilitares que siempre han actuado en la región y que cambian de nombre, así como las yeguas briosas de montador sin amansare nunca. ‘Los Urabeños’, el ‘Clan Úsuga’ o el ‘Combo de Otoniel’ son la misma cosa, la misma organización de muerte.

Y alias ‘Otoniel’, el narcontarficnate más buscado del país -eso dice Duque-, es primo de alias ‘Pueblo’. El hombre que dirige esta orquesta delincuencial que todo lo celebra con trago, armas, putas y caballos. No importa si es un corone, una vuelta o la pérdida de un secuaz. Un embarque de coca, el asesinato de una ficha de la competencia o la baja de un pana o un policía, que viene siendo lo mismo. Cualquier duelo es inundado con fiestas aparentes que solo ratifican la bajeza y el desprecio por lo correcto. Todos sabemos que, en el bajo fondo, en ese inframundo, hay una ley inquebrantable: la lealtad. Al final la mayoría se tuerce -lo delató un parcero-, pero la paranoia cierra sus círculos y ellos agradecen como saben la probidad de sus subalternos. Con dinero y derroche, despliegan una serie de rituales que anclados en la cultura popular recogen el gran cúmulo de resentimientos sociales de quienes babean por ser algún día como ellos. No importa qué deban hacer, a quién deban matar o con qué deban negociar, el objetivo es ser alguien por cuenta de tener y de gastar, de comprar amigos, felicidad, nobleza, y sexo.

El despilfarro de lo que ha costado sangre, lágrimas y, no puede negarse, algo de sudor. Es un error considerar que el narcotráfico o la prostitución son dinero fácil. Jamás. Arriesgar la vida en la calle o en la cama es un juego peligroso. Y esa ruleta se ha contado casi siempre desde el asombro y no desde la reflexión. Tanta sangre como tinta ha corrido para contar sus excentricidades como hazañas y sus trampas como proezas. Las épicas narraciones de los caballeros son fábulas inverosímiles ante los cuentos de horror que se saben de los señores de la muerte. Cada una más aterradora que la anterior y con ribetes que bordean lo mítico. Para referir solo lo ecuestre, baste recordar los lujos que Gacha le brindó a Tupac Amaru, secuestrado y devuelto capado por sus enemigos para que el capo dejara la guevonada de decir que no tenía precio; el unicornio que Escobar le fabricó a su hija Manuela y murió un par de días después por los galones de pintura rosada que le rociaron y el cuerno incrustado en su frente; o el nombre que le puso Uribe a una yegua, porque una mujer sensata no le paró bolas y él la montaría sí o sí. Al comienzo los caballos les permitieron a los delincuentes que sus fortunas mal habidas cabalgaran. Baste leer Los jinetes de la coca (1987) de Fabio Castillo o Los caballos de la cocaína (2014), de Marta Elvira Soto Franco. Pero ahora son símbolo y tótem vivo.

Un caballo de paso, una reina de belleza o un carro de alta gama le sirven para lo mismo a un delincuente: para arañar el estatus que su condición humana no le permite. En su jerga una mujer es un culo, si son románticos, un culito. De colágeno hablan las lenguas inmundas. Y ellas felices de ser las escogidas. Famosa es la anécdota de la familia Ochoa que como regalo de matrimonio le obsequió al rejoneador Dairo Chica y a su esposa, la reina María Teresa Gómez Fajardo, un ajedrez de oro con una tarjeta donde se leía: “Para que usted vea cómo un peón se puede comer a una reina”. O la de alias Popeye que aseguró que no había mujer que se resistiera a los encantos de El Patrón. Les hacía llegar a la puerta de su casa, un carro nuevo con un ramo de flores encima y en la argolla de las llaves un buen anillo. El resto era medírselo y, luego claro, abandonarlas por ‘fáciles’ para utilizar un término que no hiera susceptibilidades de reputación.

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Desprestigio y privilegio

A alias ‘Pueblo’ lo despidieron con una rumba colectiva donde hubo licor a raudales, disparos al aire y voladores. Camionetas y escoltas. Caballos de paso y mujeres de esas que andan en malos pasos, pasándola bueno, según ellas. Se ubicaron carpas y se brindó comida como en una bacanal de la muerte. La música no dejó de sonar, repitiéndose las canciones que le gustaban al finado como en una ráfaga ensordecedora de ametralladora. Corridos, rancheras y sonsonetes huecos. Música elemental cuyo mensaje es tan plano y vacío como los espíritus de quienes la escuchan y cantan a grito herido. Por supuesto que la música es la banda sonora de la cultura popular y que recoge los imaginarios y representaciones sociales de diversos grupos poblaciones. Sobre eso hay muy poco qué hacer. La cuestión es que personas que se consideran ‘de bien’, multipliquen estas prácticas desde sus escenarios de miseria, con ese anhelo equivocado de ‘ser alguien en la vida’. Lavaperros pobres, pillos con ínfulas de malos, remedos de patrones.

En Colombia cualquiera que llegue con un arma es la ley, porque no hay conciencia de autoridad, ni de respeto. Que sea legal o ilegal importa un rábano. La persona ignorante se deja deslumbrar por un uniforme o un fusil. Las menos ambiciosas caen ante las botas sudadas de un soldado; otras con más afanes emocionales sucumben ante un mando medio. Porque en la delincuencia o en las fuerzas armadas, los capos heredan dominios, los soles de generales distan del brillo que pueda proyectar un teniente o un mayor. O un comandante. De ahí para abajo es medianía, porque no se miden como personas sino por su rango. Pueblerinas abatidas por el sobrevuelo de un helicóptero que les dicen es para ellas. Se debe ser muy ignorante para creer que cualquier mando medio tiene autonomía para definir lo que vale una hora de vuelo. O para considerar que un policía raso pueda comprar la patrulla en la que se pavonea y con la que enreda muchachas que posan de ingenuas, pero inspiraron María de los guardias, de Helenita Vargas. O que un narcotraficante o un bandido regala algo por simple bondad. Todo en su mundo se compra o se vende, a las buenas o a las malas. El poder de las armas iguala.

Como si todo lo anterior fuera poco, una bruja habría sido la clave para la caída de alias ‘Pueblo’, porque Darío Úsuga Torres, lo mismo que su primo ‘Otoniel’ Dairo Antonio Úsuga David, y el listado interminable de delincuentes, era fanático de las llamadas fuerzas ocultas. Al parecer nunca se leyeron La Bruja (2001) de Germán Castro Caicedo. Bueno, los bandidos no leen. Son analfabetos funcionales. Escriben y leen lo básico. Una lista negra, las cuentas de la extorsión, los panfletos amenazantes, la exigencia de un secuestro o los pagos a la corrupción. Suman dinero y muertos. Restan valores y dividen seres humanos, así como apartan el ganado y multiplican violencia. Y claro, también dictan sentencias, de muerte por supuesto. Pero ninguna de las artimañas, los cruces y los amarres de esta bruja, a la que visitaba tres veces al día, le sirvieron a la hora de enfrentar a la muerte que ya le tenía preparado su festín.

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Pinocha

Acerca del Autor

Nací en San Antonio Abad del Páramo de Nuestra Señora de los Dolores. Un pueblecito del Tolima que produce café, ganado y mucha lástima. Hizo parte de La Cortina, un muro imaginario de las guerrillas liberales, gérmenes de las FARC-EP. Allí nací, sietemesino. Allí mataron a mi padre hace más de 20 años. Allí vive aun mi madre, sola. Y allí pienso escribir literatura. Mientras tanto, hago y enseño periodismo en la UAO. Hice televisión y una hija. Publico donde me dejan y sobre cómo leo la existencia.

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