viernes, enero 15 2021

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El renacuajo y la rellena

Viejo es el chascarrillo que a la rellena llama brazo de reina…africana. Y vieja también la estrategia de humanizar a los animales o personalizarlos.

El renacuajo y la rellena
Crédito de foto: Especial para 90minutos.co

El origen de la vida como la concebimos los seres humanos está ligado a una cosa cabezona que se adelgaza progresivamente convirtiéndose una cola chupada que lo impulsa y al final desaparece. Por supuesto que ya pensó usted en el escurridizo espermatozoide, pero mucho antes de que este inquieto y empalagoso fosforito propagara las especies echándoles polvo a sus iguales en la carrera para incrustarse en un óvulo, la existencia se gestó en alguna charca donde después de millones de años la vida eclosionó desde el agua. En casi todas la culturas la gota de vida emana del agua y es fuente de sus deidades. En el cristianismo, demos por caso, el barro no hubiera sido posible sin el agua y las delicias de la procreación sin la lengua bífida y salivosa de la serpiente. Sin agua no es posible el vino o el diluvio. ¡Se imaginan ustedes a estas alturas soplando barro y sacando mujeres de las sufridas costillas masculinas!

Pero volvamos a la charca primigenia, a ese caldo cósmico cuyo estudio hizo posible hace ya varios años dilucidar el falso dilema de quién fue primero, si el huevo o la gallina. Al margen de los ridículos que aseguran: ¡fue el gallo!, la respuesta científica duró menos que un polvorete: fue el huevo, no porque lo haya puesto una gallina con el apoyo del macho emplumado, sino porque en el extendido y difuso tiempo de la evolución tarda más en conformarse un ave de corto vuelo, que el ovíparo elemento de la yema. No se buscan los huevos en el nido del gallo, aunque con el masculino plumífero se haya rebautizado la cresta del vértice goloso de las féminas. Como tampoco ha de buscarse explicación alguna para que lo que no tiene cerebro piense. Cualquier ser vivo por minúsculo que sea su cerebro, piensa, así sea de manera básica. Otra cosa es que haya gente que pareciera no pensar y animales que parecen asombrosamente más inteligentes que los humanos.

De nuevo al charco. Está comprobado que el agua existe en buena parte del universo. En forma de vapor en la atmosfera de Mercurio, líquida en el interior de algunas piedras volcánicas de la Luna, y en forma de hielo en los casquetes polares de Marte. De modo que cualquiera sea la concepción o percepción sobre la vida hemos de reconocer que del agua emana y que es allí donde se gesta, en una gota de semen o en la emoción de una lágrima; y que, de allí, del agua, emerge el renacuajo primitivo, que hace parte del proceso evolutivo de un ser asquerosamente feo, pero, al fin y al cabo, ser vivo: el batracio. Acusado de atrocidades, utilizado en brujerías y protagonista de cuentos infantiles, debe decirse que, besado por la mujer adecuada, se convierte en príncipe. Pero claro, las mujeres adecuadas son escasas. La mayoría hacen arrodillar a los hombres: detrás de ellas, por supuesto. Inmortalizado en la traducción que hiciera Rafael Pombo, el renacuajo fue víctima de las cervezas y la francachela de doña rata y sus ratones que, sorprendidos por la jauría de gatos, terminaron engullidos todos. Pero cuento es cuento y la realidad es otra.

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Engullir es una palabra tan fea como el sapo y todos sabemos que ese es otro de los tantos nombres asignados al triángulo voraz, de un tiempo para acá, lampiño. Las serpientes engullen, porque a eso que hacen no puede decírsele comer. ¡Guácala! Son voraces como las hienas y también insaciables. Se tragan más de lo que pueden para luego dormir como marmotas mientras su paquidérmica digestión desintegra la presa. Y engordan su tripa única deformándose mientras se desencajan sus fauces y se les brotan los ojos como a sabaleta frita. Como sufren de estreñimiento crónico se convierten en un bola deforme con cola. Ajá, tiene usted razón, como el renacuajo, pero más grande y fea.

Como una morcilla cuando apenas se le ha embutido sangre de cerdo y un millón de arroz con algunas alverjas y grasa picada, pero no se le han hecho los nudos para dividir las porciones que la dejan ver como una camándula negra de colesterol y sangre en descomposición. Si son las del intestino grueso -llamadas las del Obispo- el espectáculo a la vista es más desagradable, aunque picantes se dejan comer. La rellena -hay que decirlo- es un plato de mesas pobres y paladares populares. Nos llegó desde España, pero no hay lugar de Latinoamérica donde no se consuma. En Centroamérica le dicen morronga y en todas partes las hierbas tienen como tarea quitarle el olor a mierda. Bueno, no siempre se logra.

Aunque se parecen, la rellena es inerte, hizo parte como intestino de un ser vivo, pero obvio, a diferencia de la serpiente no piensa y el futuro de la prieta embutida es ser engullida y convertirse en estiércol. Nada más. Jamás son plato fuerte de comensal alguno y solo son una entrada o tapa de la manducatoria central. Tiene un precio, que suele ser el más barato del mercado. Las moscas son sus aliadas y se dañan con facilidad. Son muy delicadas, dicen las cocineras; y muy nocivas, aseguran los nutricionistas. A veces son sabrosas, pero comérselas todos los días, un atentado a la inteligencia.

Viejo es el chascarrillo que a la rellena llama brazo de reina…africana. Y vieja también la estrategia de humanizar a los animales o personalizarlos. La vida humana tiene tantos matices como analogías son posibles entre las personas, los animales y las cosas, pero cuando la comparación, el elogio o la diatriba carecen de buenos argumentos, se deslíe la alusión como las nieves que en breve dejarán de ser perpetuas. Se sabe ya y bastante que la fuerza hidráulica de una lágrima es tan potente como un torrente desbordado, pero también, que el renacuajo no es culpable de ser más evolucionado que la rellena.

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Acerca del Autor

Lizandro Penagos

Nací en San Antonio Abad del Páramo de Nuestra Señora de los Dolores. Un pueblecito del Tolima que produce café, ganado y mucha lástima. Hizo parte de La Cortina, un muro imaginario de las guerrillas liberales, gérmenes de las FARC-EP. Allí nací, sietemesino. Allí mataron a mi padre hace más de 20 años. Allí vive aun mi madre, sola. Y allí pienso escribir literatura. Mientras tanto, hago y enseño periodismo en la UAO. Hice televisión y una hija. Publico donde me dejan y sobre cómo leo la existencia.

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