Sábado, Diciembre 14 2019

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El entierro de un payaso

Y ahora estoy entre los demás payasos, los payasos de verdad, y yo que sólo estoy vestido de payaso, me confundo entre ellos y nadie podría decir cuál de nosotros es el menos verdadero. Fragmento del cuento Hoy decidí vestirme de payaso de Álvaro Cepeda Samudio.

El entierro de un payaso
Crédito de foto: Especial para www.90minutos.co

Todos los entierros son tristes, pero los de los payasos son tan tristes, que se pintan de tenebrosos. Son más tristes que los de los niños, porque aunque la pérdida de un hijo no tiene nombre, la partida de un payaso es el entierro de la risa y la sepultura de la alegría. Tienen sus propios temas, esas canciones populares que se entonan en los cementerios para que las escuchen los vivos, muertos de tristeza; y los muertos, vivos en el recuerdo: Payaso, de Javier Solís, con su carcajada macabra; o Payaso, de José José, que conocimos en la versión salsera de Andy Montañez; Mi amigo el payaso, de Willie Rosario en la voz de Tony Vega; La cara del payaso, de Nelson y sus estrellas; Cara de payaso, de Tito Rodríguez; y tantos otros que recurren a la vieja metáfora de la máscara que cubre la realidad y lo que pasa cuando acaba la función. En el entierro de Giovanni Arcos Serrano, sonaron casi todos.

Uno no es lo que quiere, sino lo que puede ser, canta José José. Y Giovanni fue payaso. Y de los buenos, reconocido entre el gremio por una facilidad para la buena improvisación con el más difícil de los públicos: los niños, a quienes también visitaba en los hospitales. Nunca fue otra cosa, aunque no se disfrazara. Pikiña -ese era su nombre artístico-, se lanzó hace una semana desde el octavo piso del Edificio Vida, agobiado por las deudas y el ‘gota a gota’, esa modalidad de préstamo que ahoga, que mata. El edificio de los colores, desde el que se arrojó quien se pintaba la cara con todos ellos, fue testigo de la terrible decisión de un hombre que el 29 de junio había cumplido 29 años. Como para aliviar la verdad y devolver algo de la fantasía que tanto entregó, sus colegas lo despidieron vestidos con sus trajes de payaso. La imagen fue sobrecogedora: una seriedad colorida, un dolor pintoresco y una tristeza de narices rojas.

Su rapidez mental para sacarle chiste a todo era asombrosa. En eso coinciden Nelly, Sergio, Johana, Sandra, Fredy, Rubén. Todos. Todos los amigos de la cuadra. No parecía infeliz. No era un hombre infeliz. Era un hombre agobiado. Presionado. Oprimido. Era un buen esposo y un hermano sinigual, movido por la responsabilidad. Un ser que no pudo soportar esa tétrica progresión de recurrir a prestar para pagar, que acaba por engullírselo todo, como una serpiente letal, sórdida y codiciosa. Empujado a la fatalidad, por la avaricia de quienes viven de la necesidad extrema de los acorralados por la escasez, por la insolvencia económica o por la presión desmedida de la sociedad de consumo. Era un hombre alegre al que le gustaba más el fútbol que la póker. Más la risa que la tristeza, pero se deslizó por ese camino del no retorno que toman los que nadie ha podido calificar con exactitud en la proporción, qué tanto tienen de valientes o qué tanto de cobardes. No deben ser cosas de la razón, sino más bien de la compleja condición humana que juega con todo.

Por eso, desde que Giovanny murió, me revolotea en la cabeza la idea de cómo nuestra sociedad desprestigia el concepto y el trabajo de payaso. Cómo su sabiduría, quizás más práctica y elemental, poco mística o profunda, para llegar a los niños, sigue siendo tan sencilla como eficaz. Cómo pueden llenar de alegría la vida de los pequeños a los que -a pesar de toda la refulgencia de la parafernalia tecnológica-, todavía no se les apaga la chispa desde donde emana la luz de la alegría. Allá los chuckys y los guasones tenebrosos, pero los payasos de las fiestas infantiles, juegan con las palabras e invocan ese mundo sin prejuicios de los pequeños. Por eso jamás volveré a decirle payaso a alguien que no lo sea, aunque tenga su nariz redonda, aunque su seriedad provoque risa, aunque rasque la guitara y juegue cabecitas con el balón, aunque pose de títere o malabarista, aunque no sepa de qué le hablan viejo.

Porque tal vez en ninguna otra nación latinoamericana le hayan dicho payaso, tantas veces, a quien funge como gobernante, que en Colombia. Bueno, le han dicho de todo, aunque él no se entere de nada. O se haga el que no sabe. O el que no entiende. O el que no es con él, porque claro, no es con él. Es con el otro y con los señores todopoderosos. Él se contrapone a la figura de competente, de hombre probo en los juicios de la sensatez; mientras se encumbra como amo de los ignorantes. Él juega con las verdades que le dictan, con las que se dice a sí mismo y a quienes difícilmente se mueven de la mano de la razón. Es un gran improvisador y un tremendo actor de este circo.

Nadie sabe que pasará el próximo jueves 21 de noviembre. Pero bien podríamos atrevernos alguna especulación releyendo La parábola del payaso, de Søren Kierkegaard. El precursor del existencialismo, que no era del todo un existencialista, sino más bien un escéptico que no creía en absolutos. Y nos dejó dicho que una de las grandes paradojas del ser humano, es la angustia que provoca la libertad. Una existencia absurda cuyas reglas de juego no conocemos y por tanto no podemos predecir. La historia de un gran payaso que era la estrella del circo, porque nunca el público sabía con qué iba a salir, fue el encargado de dar una noticia que nadie le creyó y los llevó a todos al acabose. Es la metáfora de la desgracia humana y podría ser la de este atribulado país.

Resumo: Ocurrió una vez que empezó un incendio entre bastidores en un circo que actuaba en un pueblo. El circo estaba a reventar, lleno total. El mejor payaso fue designado para salir al escenario a informar al público. ¡Fuego! ¡Todos fuera, deprisa, que se quema todo esto! Creyeron que era un chiste y aplaudieron. Repitió el aviso y aplaudieron. Insistió alarmado, y aplaudieron más fuerte, aún más jubilosos, muertos de risa. El circo quedó hecho cenizas. Gran desastre. Sentencia del gran filósofo danés: “El mundo se acabará en medio de los aplausos de todos los graciosos que se creerán que es una broma”.

Es preciso creerles a los buenos payasos. Y quitarse el traje cuando sea necesario, para que la forma no traicione el fondo. Y si los que se disfrazan de estadistas, con saco y corbata, no se lo quitan, pues es preciso que todos nos quitemos las capuchas de la indiferencia y salgamos a marchar para que algún día se vayan los payasos malos. Que no nos pinten más la cara, para que nadie más en Colombia deba morir, como Giovanny Arcos, atormentado por la necesidad, mientras los dueños del circo se hacen más poderosos. No es un asunto de opulencia o miseria, una simple pelea entre ricos y pobres, sino una cuestión de dignidad.

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