Sábado, Septiembre 22 2018

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El arte de mentir

La mentira es un producto exclusivamente cultural,  por lo tanto es un patrimonio de la humanidad. Ninguna otra especie  miente, aunque muchas apelan al engaño, hijo bastardo de la mentira, como mecanismo de defensa para burlar a los depredadores y por parte de estos para cazar a sus presas. Ensayistas ingleses del siglo XIX, como …

El arte de mentir

La mentira es un producto exclusivamente cultural,  por lo tanto es un patrimonio de la humanidad. Ninguna otra especie  miente, aunque muchas apelan al engaño, hijo bastardo de la mentira, como mecanismo de defensa para burlar a los depredadores y por parte de estos para cazar a sus presas.

Ensayistas ingleses del siglo XIX, como OSCAR WILDE, reivindican el valor de la mentira y el insustituible papel que juega en el arte y la literatura.  Sin tapujos, condenan la absurda intención del realismo de reconstruir el pasado y la falta de imaginación de que adolecen aquellos que tratan de plasmar la realidad, sin escatimar los aburridos detalles de la naturaleza.

La iglesia condena la mentira y prevé el mecanismo de la confesión como una forma de redimir al embustero, quien, en todo caso, queda autorizado para seguir mintiendo hasta la próxima confesión, que debe ser precedida de un “acto sincero” de arrepentimiento del infractor, siempre dispuesto a jurar que hará de la verdad el camino hacia la liberación del pecado.

La sociedad reprocha al mentiroso, que ha sido soprendido en falta, pero exalta al ingenioso falsario que sabe cubrir el rastro de su mentira, por evidente que esta sea. Existe una glamurosa clasificación de la mentira, que parte de considerarla como un producto excelso de la inteligencia humana, inevitable y necesaria.

El más reciente estudio indica que existen alrededor de 7 mil millones de mentirosos en todo el mundo y que el número va en aumento, conforme crece la población mundial. De acuerdo con estos datos estadísticos, es imposible erradicar la mentira. Tenemos que resignarnos a ser mentirosos en algún momento de nuestras vidas, y en muchas ocasiones en contra de nuestra voluntad.

Quien no le ha dicho a otra persona que se ve muy bien, cuando en realidad luce como enfermo incurable o le ha mentido a un ser querido para no causarle preocupación. Cantas veces no hemos elogiado un espantoso regalo para no pecar de ingratos o fingido un gesto de agrado mientras nos atragantamos con un repulsivo trozo de comida que nos ha sido brindado con inigualable afecto.

Sin llegar al extremo de elogiar y promover la mentira, es preciso reconocer que existe y fluye de nuestra boca con inusitada frecuencia, así nos digamos mentiras afirmando que somos más fieles a la verdad que cristo, quien entre otras cosas, murió en la cruz sin haberle respondido al faltón de Pilatos la pregunta ¿Qué es la verdad?, que le formuló  mientras se lavaba  manos, al cabo de lo cual salió raudo dejando la respuesta en boca del atormentado mesías.

No podemos renunciar a decir mentiras, pero al menos podemos intentar ser más sinceros,  para equilibrar la balanza. Para reducir la mentira a sus justas proporciones habría que empezar por definir los roles en los que la mentira es inaceptable. Así, por ejemplo, no puede permitirse, bajo ninguna circunstancia mentir en un tribunal. Quien lo haga debe someterse a una dura sanción penal. En la antigüedad por ejemplo al testigo mentiroso se le sancionaba con una pena igual a la considerada para el reo. Si la pena era de muerte, el testigo era  ejecutado en lugar del procesado. En la hora actual esto es impensable, pero resulta absurdo que el perjuro, en virtud de las prebendas legales, tenga la opción de quedar en libertad, como si el asunto hubiese sido una trivialidad, mientras que su víctima tenga que pasar muchos años en la cárcel.

Tampoco se puede permitir, bajo ninguna circunstancia, que un juez, un fiscal o un policía judicial mientan en el ejercicio de sus funciones. Una conducta de esa naturaleza debe proscribirse como el más grave de los delitos y las sanciones inevitables.

Los expertos señalan que el ser humano comienza a mentir a la temprana edad de 8 meses y continúa haciéndolo hasta el fin de sus días, aun así, somos implacables  con aquel que reconoce públicamente haber mentido, tal vez porque es muy fácil condenar la mentira, cuando es ajena.

Mentir es un acto asociado a la inteligencia, pero aprender a reconocerla también lo es. Si aprendemos a aceptar la mentira como algo inevitable, tal vez logremos ser un poco más tolerantes con aquellos que de vez en cuando se liberan ante nosotros de los excesos de sus pesados engaños.

ADDENDA:Junio 2 de 2015. Encuentro Nacional de Víctimas de Falsos Testigos. Bogotá. Centro de Memoria histórica. Info: www.defensadeinocentes.org

Pueden seguirme en twitter:  @elmermontana

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Acerca del Autor

Elmer Montaña

Caleño, padre de familia, abogado santiaguino especialista en D.I.H y cultura de paz, derecho administrativo.Ex fiscal, profesor universitario, asesor y consultor, defensor de derechos humanos y director ejecutivo de la Fundación Defensa de Inocentes.

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