Jueves, Abril 19 2018

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El abuso contra Katerine Martínez y la defensa de las buenas costumbres

El policía ha dejado de ser visto como la encarnación de la autoridad del Estado para convertirse en un sujeto intimidante, agresivo y peligroso y, además, proclive a la corrupción.

El abuso contra Katerine Martínez y la defensa de las buenas costumbres
Crédito de foto: Especial para 90minutos.co

El comandante de la policía de Cali, general Hugo Casas ofreció disculpas a la controvertida modelo y bailarina KATERINE MARTINEZ, a través del programa de televisión Cuatro Caminos, que transmitió el canal RCN, el pasado domingo 13 de agosto. Se trató de un gesto gallardo y sincero que fue bien recibido por la joven, quien fuera ultrajada en una estación de policía del barrio Meléndez.

A mi parecer el alto oficial debió invitar a Katerine al comando de policía y ofrecerle las disculpas personalmente, pero, seguramente, quienes manejan la imagen institucional consideraron que podría resultar contraproducente que Casas fuese fotografiado con una mujer que baila en cueros en centros nocturnos. Somos una sociedad mojigata e hipócrita, que le vamos a hacer.

El meollo del asunto no son las disculpas, que repito, fueron bien recibidas, sino el comportamiento de los policías y las consecuencias que esto acarrea al prestigio de la institución.

En las redes sociales, ese nuevo foro que tanto asusta por la falta de límites y control, la gran mayoría de los comentarios pasaron por alto el abuso policial y se ocuparon del “show” que KATERINE hizo en la estación, para centrarse en el análisis de sus ademanes y gestos con el fin de  establecer si estaba borracha y si se empelotó feliz de la vida. Hubo también quienes se dieron a la tarea de escarbar en la vida de la muchacha para sacar a relucir que se trata de una mujer impúdica “, que perdió su dignidad el mismo día en que decidió bailar semidesnuda”.

Al margen de este debate moralista y cargado de morbo,  es preciso que pongamos atención en el incremento de los abusos policiales, justamente cuando entra a regir el Código Nacional de Policía y Convivencia, que le otorga a los uniformados amplias facultades para disciplinar a los ciudadanos, incluyendo la potestad de privarlos de la libertad, en forma transitoria, para brindarles protección.

Precisamente esa fue la excusa que usaron los policías que trasladaron a Katerine a la estación de Melendez, pero en lugar de protegerla la esposaron a una ventana, como si se tratara de una peligrosa delincuente, y aprovecharon que se encontraba ebria y con una lesión en uno de sus tobillos para lograr que les exhibiera su cuerpo desnudo a cambio de una silla para sentarse.

Las señoras pacatas, de intachable conducta, que consideran que la dignidad de las mujeres depende de la forma como se sientan o se visten y ven en toda mujer sensual una prostituta dispuesta a sustraer a los maridos insatisfechos del tálamo nupcial, consideran que el único pecado de los policías fue haber subido a las redes sociales el video, pero si atendemos la voz de la razón debemos aceptar que la policía enfrenta una grave crisis de respetabilidad y credibilidad, derivada, entre otras causas, de hechos de esta naturaleza.

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La justicia paralela

Las continuas denuncias por actos de violencia policial generan en las personas miedo al uniforme. El policía ha dejado de ser visto como la encarnación de la autoridad del Estado para convertirse en un sujeto intimidante, agresivo y peligroso y, además, proclive a la corrupción. Las capturas de miembros de la policía vinculados a Bandas Criminales, han traído como consecuencia la desconfianza del ciudadano en una de las instituciones más importantes de la sociedad.

Cuando me desempeñé como fiscal tuve la oportunidad de trabajar con la policía, esto me permitió conocer a muchos policías ejemplares, así como a sujetos que deshonraban el uniforme y siempre tuve claro que entre unos y otros las diferencias eran fácilmente observables.

El buen policía se puede detectar de lejos. Luce el uniforme con orgullo, su trato es siempre respetuoso y cordial, pero deja en claro que entre él y el ciudadano existe una línea infranqueable que obliga a comportarse de acuerdo al rol que desempeñan: ni el policía es el camarada ni el ciudadano un súbdito. El buen policía, no se vende por un plato de lentejas ni por un saco de oro,  se esmera en servir y sabe que su misión es proteger a todas las personas sin importar su oficio, raza, credo, ideología, tendencias sexuales, partido político o forma de vestir.

En las sociedades modernas la policía es imprescindible y de su trabajo depende, en buena parte, que las personas podamos vivir seguras y en paz. Por eso debemos expresar nuestra inconformidad y condenar, sin vacilaciones, los desafueros en que incurren algunos miembros de esa institución.

Es una lástima que el caso de Katerin hubiera sido abordado como un desafío a las buenas costumbres y una afrenta al recato femenino y que la censura a los policías hubiera girado en torno al hecho de haber subido el video a las redes sociales. Esta clase de hechos merecen una reflexión sobre la vigencia de los Derechos Humanos y la violencia de género,  pero eso no es posible mientras los hombres sigamos comportándonos como unos animales en celo y muchas feministas consideren que únicamente son dignas de defensa las mujeres sufridas y agobiadas con ojos morados y cara lavada, porque las “otras”, que se emborrachan y se desvisten en lugares de mala reputación, merecen ser abusadas y atropelladas.

Por el lado de la policía tal parece que el asunto propició que se adelantaran “campañas de sensibilización” para que los miembros de la institución comprendan que las mujeres merecen respeto, ojala estos esfuerzos sirvan para que los policías sean fieles al juramento que prestan y  recuperen la confianza y el respeto que han perdido en la comunidad.

La opinión de los blogueros no refleja el pensamiento editorial de 90minutos.co

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Acerca del Autor

Elmer Montaña

Caleño, padre de familia, abogado santiaguino especialista en D.I.H y cultura de paz, derecho administrativo. Ex fiscal, profesor universitario, asesor y consultor, defensor de derechos humanos y director ejecutivo de la Fundación Defensa de Inocentes.

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