Sábado, Junio 23 2018

Eco, las redes y los idiotas

En las redes hay entre muchos otros: locos, soberbios, fanáticos, pedófilos, pornógrafos, criminales, frustrados, despistados e ignorantes, sobretodo ignorantes, así, a secas

Eco, las redes y los idiotas
Crédito de foto: Especial para 90minutos.co

Hace una década ya, explotó el periodismo digital que llegó para cambiar el paradigma de la comunicación y de muchas otras cosas que ella oronda atraviesa. Como el comportamiento, las ventas, la moda, el fútbol, los ídolos, los medios… y paro aquí porque necesito el espacio. Nunca antes habíamos tenido tanta información a nuestra disposición y nunca antes habíamos estado tan desinformados. Nunca antes hubo tal libertad de expresión como en las redes sociales y nunca antes tal nivel de superficialidad y procacidad.

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A los medios de comunicación cada vez les toma menos tiempo llegar a los cien millones de usuarios y a los usuarios -aunque pocos lo sepan- cada vez les cuesta más trabajo comunicarse y alcanzar una milésima de información valiosa. Todos sabemos por cuenta de una búsqueda virtual que toma segundos, que al teléfono (1878) le tomó 75 años, al celular (1979) apenas 16 años, al Facebook (2004) 4 años y seis meses, a Instagram (2010) 2 años y cuatro meses, y a Pokemon (2015) dos meses. Asistimos a una masificación desbordada que en términos de Umberto Eco “le otorga la palabra a una legión de imbéciles”.

No es mí principal ocupación pelear con difuntos -sino debatir con sus ideas a través de sus libros-, pero difiero del filósofo italiano pues además de imbéciles, en las redes hay de todo y más. En las redes hay entre muchos otros: locos, soberbios, fanáticos, pedófilos, pornógrafos, criminales, frustrados, despistados e ignorantes, sobretodo ignorantes, así, a secas. Hay de todo, como en la vida. Pero -como suele ocurrir-, la masa que conforma la mayoría es atrevida por ignorante y tienen -como cualquier premio Nobel-, el derecho a expresarse. Todos ignoramos algo, es decir todos somos ignorantes. Habrá algunos que no lo sepan. Ignorante pues, no es un insulto, sino una condición.

Lo que sí no suelo hacer es discutir con idiotas -peor aún si no los conozco- pues, como bien lo expresó Mark Twain, te harán descender a su nivel y ahí te vencerán por experiencia. De modo que ya habrá advertido usted querido lector habitual, que esta columna intenta analizar y responder con argumentos a la andanada de madrazos de los que fui víctima en las redes por el solo hecho de intentar examinar el carácter frágil de nuestro James Rodríguez, a mí juicio, producto del miedo. Y eso le resta, pero no le quita ser el más exitoso futbolista colombiano de todos los tiempos.

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Pusilánime es miedoso. Asumo que a muchos les sonó raro o agresivo. De ahí su bravura, los perros le ladran a lo que no conocen. Asumo también que pocos leyeron la columna y vociferaron solo con la frase escogida por el blog para engancharlos. Cayeron redonditos. De los insultantes es claro que ninguno la entendió. El analfabetismo funcional es una de las trampas de la pobreza y uno de los problemas que más preocupa a los señores de Naciones Unidas: gente que en teoría sabe leer y escribir, pero que no es capaz de redactar una carta o entender una columna. La cuestión es que jamás habían compartido tanto algo que este ignorante hubiese escrito. Muchas gracias, de corazón.

Lo cierto es que lo viralizado -no virilizado- en las redes suele carecer de relevancia social y ser más bien mecanismos, tubos de escape que no dejan que estalle la cloaca. Discusiones intrascendentes (Uribe-Samper por ejemplo) mientras el mundo sigue su rumbo globalizante y los borregos no descubren que el pastor es el lobo. Es tal la acumulación de basura y el detrito que se descarga en los comentarios de las redes -que por supuesto no alcanzan el nivel de opinión- que resulta tóxico inhalar esos gases de resentimiento y analfabetismo textual, social y conceptual, para darle importancia a agresiones tan anodinas. Pero es menester educar.

La deconstrucción de los medios tradicionales es un hecho irrefutable. Están condenados a la adaptación o la muerte. Algunos pocos han entendido que pueden transformarse y sobrevivir, pero la mayoría ha caído en el juego de las redes. Menos porqués y más qué. Menos historias y más noticias, no importa si son falsas. Breves eso sí. Condensadas. Encapsuladas. Y por supuesto, abiertas a la voz de todos. Se miden los ´likes´ no los ´entendido´. Todos reducidos a ´merengues´ y ´culés´. Esa es la desgracia de la democracia, que muchas veces se compone de tiranías individuales. Sátrapas solitarios y advenedizos. Insolentes que se escudan en el anonimato para destilar veneno y así saciar su hálito carroñero.

Al respecto el semiólogo italiano afirma: “El drama de Internet es que ha promocionado al tonto del pueblo al nivel del portador de la verdad. Es la invasión de los imbéciles”. Y entonces ¡ay de aquel que ose rozar a su ídolo! ¡Pobre del que toque su tótem inmaculado! ¡Miserable el que ponga un espejo al frente del idiota! El cadalso será poco, la hoguera pública un fosforito y su mamá, la señora más deseada por los canallas virtuales. Y cierro con otra frase que pido prestada al sabio difunto: “Sabiduría no es destruir ídolos, sino no crearlos nunca”.

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Acerca del Autor

Lizandro Penagos

Nací en San Antonio Abad del Páramo de Nuestra Señora de los Dolores. Un pueblecito del Tolima que produce café, ganado y mucha lástima. Hizo parte de La Cortina, un muro imaginario de las guerrillas liberales, gérmenes de las FARC-EP. Allí nací, sietemesino. Allí mataron a mi padre hace más de 20 años. Allí vive aun mi madre, sola. Y allí pienso escribir literatura. Mientras tanto, hago y enseño periodismo en la UAO. Hice televisión y una hija. Publico donde me dejan y sobre cómo leo la existencia.

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